martes, 1 de marzo de 2016

SER SANTOS

Vivimos en un mundo que ha renunciado a plantearse las cuestiones fundamentales y cuya influencia negativa en la vida cristiana se deja sentir con fuerza tratando de convertir la fe en una ideología o en una simple moral. Como consecuencia de lo cual la santidad ha dejado de ser una preocupación esencialmente unida a la fe. Es verdad que entre los cristianos no se niega el valor de la santidad, pero ésta se convierte en una opción casi imposible, a la que sólo unos pocos pueden aspirar en virtud de unas capacidades o condiciones extraordinarias. Los demás, el común de los cristianos, deben conformarse con buscar simplemente la salvación mediante la práctica de un estilo de vida sospechosamente acomodado a muchos de los criterios y valores del mundo.


Sin embargo, y a pesar de que se haya generalizado esta visión tan empobrecida de la fe, cuesta creer que Dios se haya tomado el extraordinario trabajo de proyectar un asombroso plan de redención, que incluye la encarnación del Verbo y la pasión y muerte de su Hijo en la Cruz, con el único propósito de conseguir una humanidad formada por personas razonablemente buenas.
No parece que sea ésa la intención de Jesús cuando llama a todos sus seguidores a ser «perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48), o cuando les invita a cargar con la cruz como único modo de seguirle (cf. Mt 10,38), porque «el criado no es más que su amo» (Jn 13,16). Precisamente esta identidad de vida con él constituye la esencia de la vida cristiana y es la consecuencia fundamental del bautismo, que nos ha hecho participar de la vida divina, uniéndonos indisolublemente a Cristo y convirtiéndonos en verdaderos hijos de Dios.
Ya en al Antiguo Testamento Dios había hecho un llamamiento claro a la santidad, que es el alma de la Alianza: «Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo» (Lv 19,2; 11,44; 20,7). Algo que no está referido a ningún grupo determinado, sino a todos los que forman el pueblo elegido, sin excepción alguna. Y ese llamamiento se hará verdaderamente posible por la gracia bautismal.
En el Nuevo Testamento no se entiende la posibilidad de vivir como cristiano si no es como cristiano «perfecto», es decir, plenamente identificado con Cristo por el Espíritu Santo, y entregado a amar al Padre y a los hermanos con el amor que Dios ha derramado en su corazón con el Espíritu Santo (cf. Rm 5,5). En este sentido, San Pablo nos habla de los diferentes carismas que construyen el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia; pero no concibe que exista ningún carisma, vocación o estado que comporte un llamamiento mayor o diferente a la santidad que es propia del cristiano.


En el mismo sentido encontramos una extraordinaria unanimidad entre los Padres de la Iglesia, que nos descubren que las primeras comunidades cristianas, que habían bebido de las frescas fuentes de la vida y del mensaje de los Apóstoles, sólo entendían la vida cristiana como la plena identificación con el Señor hasta el total sacrificio de uno mismo, y ello como la única consecuencia posible del bautismo. Si éste supone la regeneración plena de la persona, hasta convertirla en hijo de Dios, no puede tener otro fruto que una vida plenamente identificada con Jesucristo, el Hijo de Dios, al que el bautizado se ha unido esencialmente y con todas las consecuencias

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