martes, 22 de marzo de 2016

ADORACION

Señor, desde mi niñez mis padres me han enseñado a rezar, a orar, a recitar el Padre Nuestro y el Avemaría y ha sido mi sustento espiritual hasta estos días.
También he participado en grupos de la Parroquia, en cursos sobre Oración y todo ello me ha enriquecido mi dimensión espiritual. He aprendido a leer tu palabra, a comprenderla y a escudriñarla, gracias a las enseñanzas que recibí de muchas personas, sacerdotes a quienes todavía hoy sigo recordando por su dedicación y disponibilidad, pero también a laicos, quienes con su ministerio me han brindado su tiempo y su conocimiento para ahondar en tu Palabra.

Luego, en la realidad de la vida, en las dificultades y pruebas que fui experimentando, empecé a sentir la división que tenía en mi interior, entre lo que sabía de tu Palabra y “vivir” tu Palabra con mis hermanos, familiares y con el ambiente que me rodeaba.
Sinceramente, entré en un conflicto muy grande, porque comenzaron a aparecer por doquier mis contradicciones e inconsistencias. Me vi reflejado en San Pablo, sujeto a otra ley, la del pecado, haciendo lo que no quería y no haciendo lo que deseaba. Ahora que estoy hablando contigo, te digo que esto me deja preocupado. Cuando por diversas circunstancias, he dejado de leer y cumplir tu Palabra, he perdido la referencia: comencé a deslizarme cada vez más hacia abajo. Cuando sin darme cuenta permití que se diluyera el sentido del pecado, lo cometí y volví a cometerlo y aún mas: no he quedado perturbado! Pero, seguí deslizándome más abajo. Cuando las necesidades de las personas y sus llamadas de auxilio comenzaron a serme indiferentes, un día, lo recuerdo bien, me sentí realmente vacío y acobardado.
Ayer, me prestaron un libro, el cual sostiene que la solución a estos problemas es simplemente saber adorar. Señor, asísteme e instrúyeme. Dime que significa la adoración.

Hijo, cuando me encontré con la mujer Cananea, ella estaba muy sedienta y Yo le ofrecí un manantial inagotable para calmar su sed. Le dije: Adora al Padre en Espíritu y en Verdad, porque Él se complace y busca adoradores que lo hagan de esa manera.
No es nada difícil, simplemente escucha. Ahora estás en el piso de un gran fondo oscuro. Si miras a los costados, sientes que te aprisionan las paredes que se achican segundo a segundo. Te sientes como atrapado y sin ninguna salida, te falta la luz, y no puedes huir ni correr. Estás quieto, sin movimiento y muy rígido. No temas. Comienza a adorar. Inclina tu cabeza hacia arriba, y verás lo único que puedes percibir: un tenue rayo de sol. Este es el inicio. Esta luz te alcanza.
No preguntes nada, calla por un pequeño tiempo. Sólo mira hacia arriba. Mira y fija tu mirada a lo invisible, pero con fe y mucha confianza. El sol te alumbrará un poco más y así verás grandes cosas, aún mayores de lo que han visto otras personas. Siéntelo, Él está ahí, no busques su rostro porque es inescrutable. Escucha su murmullo, abre tu corazón ahora para que disfrutes su dulzura y misericordia. 
   
Tiéndele la mano porque ha venido a estrechar su mano con la tuya y luego déjate llevar. Él te alzará como en un soplo, vendará tus heridas y se sentará junto a ti sobre una roca.
Temblarás ante su presencia, tus emociones se colmarán de plenitud por su cercanía, tus lágrimas caerán a borbotones por la inmensa alegría que experimentarás en su nube de gozo y felicidad. Ahora estás con Él. Míralo, escúchalo, pero no hables. Él te entiende y te responderá tus interrogantes. Sólo disfruta en calma y quietud. Ensancha tu corazón y observa a tu alrededor. Percibe los colores, la nueva dimensión de las cosas, las flores que crecen, el agua que fecunda el desierto seco de lo que pisabas y entonces sólo di: Gracias Padre! Nada más.
La adoración es extasiarse con gozo y gratitud simplemente ante su Presencia, el silencio del lenguaje del Amor. Si por algún motivo tu alma se entristece, vuelve a la adoración. Él te necesita así, humilde y confiado en creer que de nuevo vendrá cuando lo llames. No busques su rostro. Lo encontrarás; en todas las cosas y personas que te rodean. Y cuando lo encuentres y tu amor se plasme en una oración de alabanza, estarás adorando. Y porque Él así lo prefiere, te volverá a buscar. Pero no lo olvides: déjate hallar.



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