martes, 29 de marzo de 2016

SED FUERTES EN LA FE

Transcribo parte de un mensaje del año 1904, realizado por San Pío X a unos jóvenes Franceses, dándoles unos consejos que, en mi modesta opinión, tendrían plena vigencia hoy en día, no solo para los jóvenes si no para cualquiera que siga o quiera seguir a Cristo.

«Sed fuertes para custodiar y defender vuestra fe, cuando tantos la pierden; sed fuertes para conservaros hijos devotos de la Iglesia, cuando tantos le son rebeldes; sed fuertes para mantener en vosotros la palabra de Dios y manifestarla con las obras cuando tantos la han expulsado del alma; sed fuertes para vencer todos los obstáculos que encontrareis en el ejercicio de la acción católica, para vuestro mérito y para ventaja de vuestros hermanos.
No tengáis miedo de que la Iglesia con estos consejos quiera imponeros grandes sacrificios o prohibiros los lícitos recreos; solamente quiere haceros notar el valor de vuestra edad, que es la edad de las bellas esperanzas y de los santos entusiasmos; de manera que en el otoño de vuestra vida podáis coger copiosos frutos, de cuyas flores estuvo llena vuestra primavera; y por esto sólo os recomiendo que pongáis como fundamento de todas vuestras obras el santo temor de Dios y la cristiana piedad. La piedad os es necesaria, porque debiendo ejercitar sobre vuestros compañeros un apostolado, necesitáis la ayuda que el Señor no otorga ordinariamente más que a los buenos que se la piden. La piedad os es necesaria para alcanzar el fin de vuestras obras con el buen ejemplo, porque dice el poeta: son más lentas en excitar los ánimos las cosas que entran por los oídos que las que se presentan a los ojos. A lo que añade el filósofo: el camino largo que se recorre con los preceptos se vuelve breve con los ejemplos. Que no se pueda aplicar a vosotros el conocido proverbio: predica bien, pero razona mal. 

La piedad os es necesaria no sólo para conservaros buenos cristianos, si no también para no degradar vuestra naturaleza de hombres. Estoy bien lejos de juzgar con severidad el tiempo presente, porque hay hombres óptimos en cada clase, en cada condición, en cada edad; pero sangra el corazón al ver a tantos jóvenes que habiendo olvidado ser cristianos, tienen por lo menos disminuida la dignidad humana. Alguien podrá decir que es exagerada esta proposición porque, si todos reconocen en muchos la indiferencia por la religión, y una casi total inobservancia de las prácticas cristianas, no todos consideran que se haya socavado la dignidad humana. ¿Quizás se encuentren, a pesar de todo, en muchos de estos indiferentes e inobservantes por lo menos las virtudes naturales? ¿Dónde está la razonable obediencia, el respeto a la autoridad, la justicia severa e independiente, el patriotismo desinteresado, la libertad respetada y, con estos principios insertados por Dios en nuestros corazones, aquél fundamental de no hacer a los otros lo que no quisiéramos que nos hicieran a nosotros mismos?
¡Oh! Persuadiros, queridos jóvenes, que sin una buena base religiosa aun la simple honestidad natural se desvanece; y por lo tanto os aconsejo nuevamente que améis la piedad, que practiquéis la religión, y entonces estaréis fuertes también para vencer los respetos humanos, para no avergonzaros de ser cristianos católicos no solo de palabra sino con obras, y de este modo conservando en vosotros la palabra de Dios: es decir, siempre viva la fe recibida en el Santo Bautismo, volveréis fructífero vuestro apostolado porque vuestros mismos adversarios, que aparentemente os escarnecen, para sus adentros harán homenaje a vuestra virtud, y vosotros sin casi daros cuenta obtendréis en su conversión el más espléndido de los triunfos».


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