lunes, 28 de marzo de 2016

EL CAMBIO DE LA PASCUA

¿Qué cambió a causa de la Pascua? Los no creyentes se burlan de la Resurrección. Los teólogos debaten la tumba vacía. Nadie puede “comprobar” la Pascua. No obstante, una cosa queda claro: la primera Pascua transformó a un grupo variopinto de discípulos temerosos y confundidos, en testigos exultantes del Jesús resucitado. Su experiencia de Jesús como el Cristo, los convirtió en heraldos intrépidos de las Buenas Nuevas, a pesar de la persecución y hasta los límites del mundo conocido.


¿Qué cambia en nuestras vidas a causa de la Pascua? El mundo es todavía un desastre. Mira Siria, Ucrania, la República Centroafricana, el Sudán Meridional. El sufrimiento no se ha desaparecido; la muerte todavía llega a cada uno. Como individuos o como tribus, grupos étnicos o partidos políticos o naciones, infligimos dolor los unos a los otros. Pero el Cristo resucitado está muy cerca de quienes sufren: “Ven, y pon tus dedos en las marcas de mis palmas y tu mano en la herida de mi costado.”
Algunos de nosotros evitamos el sufrimiento, creyendo que eso traerá la felicidad; al contrario, Dios está con los deprimidos. Cuando apoyamos a la gente que sufre, encontramos al Dios misericordioso. La Pascua nos obliga a buscar a otros dondequiera que sufran, especialmente cuando el sufrimiento es de gran escala. Cuando uno sabe estas cosas, será bendecido si las pone en práctica.

Esto es el camino hacia adelante: creer que compartimos un planeta, que dependemos los unos de los otros para sobrevivir, y que podemos aliviar el camino de otros. La vida no se trata de darle seguimiento a nuestros avances o fallas de virtud; se trata de mantener los ojos fijados en Dios. Se trata de que Dios nos invita a bajar nuestras defensas y a dirigirnos hacia una nueva manera de amar. Cuando el amor sostiene las balanzas, como dice el poeta Kabir, éstas dejan de funcionar. No se necesita medir, comparar, imponer justicia, o dar a cada uno su merecido; ninguno de nosotros merece lo que Dios ya nos está regalando.


Reconciliación, compasión, perdón y comunidad, todos se hacen posibles cuando experimentamos la Pascua. Dios anhela nuestros corazones y quiere que nos acerquemos a él, pero también que nos acerquemos a nuestros vecinos, tanto los cercanos como los lejanos. La pascua es una llamada a la solidaridad.
La Pascua en el mundo real, implica volverse más y más amorosos. No importa nuestra vocación, nuestro trabajo verdadero es llevar este amor para reconfortar a todos que anhelen a Dios; ir a donde vaya Dios, que es siempre hacia fuera al desconocido, al extranjero, al pobre y olvidado—a los ‘dones nadie’ de este mundo. Eso es la fuente de la alegría de la Pascua.


                                                                                                 Hna. Marilyn Lacey 



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