domingo, 20 de marzo de 2016

HOMILIA DOMINGO DE RAMOS



Queridos hijos e hijas de Dios,

La belleza de lo que hemos escuchado y contemplado, nos salva. Estamos en unos días donde quisiera proponeros que cuando participemos de los actos litúrgicos, cuando recemos en familia o individualmente, miremos de descubrir la belleza de lo que contemplamos o rezamos.

Decía Urs Von Balthasar, gran teólogo del siglo XX: “La belleza salvará el mundo”. Cada vez veo más claro que es así. Nuestra sociedad consumista, materialista, egoísta, individualista, relativista no la salvará hablar de la ley de Dios, ni de las obligaciones morales, ni poner a la gente delante de su incoherencia,... La salvará la belleza de la Buena Nueva, y la Buena Nueva es Cristo.

Seducidos por la belleza de Cristo, seducidos por la belleza del Dios hecho hombre, seducidos por la belleza de su mensaje, seducidos por la belleza de sus gestos (lavar los pies), seducidos por la belleza de  su promesa, seducidos por la belleza de su entrega, de su amor, nos convertiremos. La belleza nos llevará a la conversión.
Pero, la belleza, para que nos impacte, hace falta que sea contemplada.

Centrémonos en el relato de la pasión que hoy hemos leído.

Cómo no quedar seducidos por la belleza de un Dios que ama hasta el extremo, hasta dar la vida. Cómo no quedar seducidos ante un Dios que ha querido manifestar su amor de la manera más clara y palpable posible.

Pongo un ejemplo: un chico coge el metro, veinticinco minutos de metro, a la salida espera a su novia, para acompañarla siete minutos en el trayecto que a pie hace del metro a su casa. Está de exámenes y no hay tiempo para más. ¡¡El chico marcha contento!! ¿Por los siete minutos que ha pasado con ella? ¡¡No!! Marcha contento porque ha podido manifestar su amor. Ha perdido una hora y media de su tiempo para estar siete minutos con la muchacha. Ha manifestado su amor claramente...

Jesús con la muerte en cruz, ha querido manifestar  su amor de una manera clarísima, incontestable. No podía hacer nada más grande, ni más claro. No podemos dudar de este amor. Cómo no quedar seducidos por un amor tan palpablemente manifestado...

 Seguimos contemplando. Cómo no quedar seducidos por la belleza del Cristo, perdonando a sus verdugos. Jesús perdonando a aquellos que le están pegando, escupiendo, flagelando, crucificando...

Todos hemos hecho experiencia de lo que nos cuesta perdonar... Cómo no quedar seducidos ante uno que dice desde la cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”...

Podríamos seguir contemplando otros aspectos de la belleza del Cristo. Lo haremos los próximos días. Ahora quisiera manifestar que esta belleza que contemplamos se traduce en la belleza de vidas cristificadas. La belleza de Cristo produce belleza en nuestras vidas.

Pongo dos ejemplos que viví este jueves. El primero, en el despacho parroquial, vino una persona a encargar una misa de acción de gracias. Estuvimos un buen rato hablando y me explicaba cómo Dios le había ayudado, cómo Dios le ayudaba cada día, y, de vez en cuando, se emocionaba hasta dejar caer alguna lágrima, al recordar lo que Dios había hecho por él. La belleza de la fe.
El segundo hecho me pasó también el jueves. Fui a la Mutua de Terrassa para ver a un amigo que con cuarenta y seis años tiene un tumor en la cabeza y está en coma. Ahora ya está en el cielo. Cuando llegué estaba su madre,  su mujer y dos hermanos. No había lloros, ni angustias, ni desesperación. Había fe. La belleza de una fe que da paz y esperanza en momentos donde nadie podría entender que los hubiera.

Roguemos un poco más en estos días. Descubramos la belleza de Cristo y que esta ilumine nuestras vidas. Amén.

Frances Jordana









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