viernes, 27 de mayo de 2016

LA ENVIDIA DEL DIABLO (PAPA FRANCISCO)



El Papa se preguntó cómo entran «las divisiones en la Iglesia». Y la respuesta fue una invitación a olvidar por el momento «esta gran división entre las Iglesias cristianas» e ir directamente, por ejemplo, a «nuestras parroquias». El problema, advirtió Francisco, es que «el diablo ha entrado en el mundo por envidia, dice la Biblia, ha sido la envidia del diablo la que hace entrar el pecado en el mundo». Así, «existe el egoísmo porque yo quiero ser más que el otro y muchas veces –diría que es casi habitual en nuestras comunidades, parroquias, instituciones, obispados– nos encontramos con divisiones fuertes que comienzan precisamente de los celos, la envidia, y esto lleva a murmurar uno del otro, se murmura tanto».

 Y refiriéndose a un modo de sentir difundido en las parroquias, «en mi tierra es muy común», el Papa confió: «Una vez oí decir algo en un barrio: ‘Yo no voy a la iglesia porque mira esta, va todas las mañanas a misa, recibe la comunión y después va murmurando de casa en casa: para ser cristiano así, prefiero no ir, como va esta chismosa’». Y prosiguió: «En mi tierra, a estas personas se las llama ‘cizañeras’: siembran cizaña, dividen, y las divisiones comienzan con la lengua por envidia, celos y también por cerrazón». Esa «cerrazón» que lleva a sentenciar: «No, la doctrina es esta, y bla, bla, bla».

Al respecto, el Papa recordó que el apóstol Santiago, en el tercer capítulo de su carta, dice: «Somos capaces de poner el freno en la boca al caballo. También una nave, con un pequeño timón, puede ser guiada, y nosotros, ¿no podemos dominar la lengua?». Porque la lengua, escribe Santiago, «es un miembro pequeño, pero se gloría de hacer grandes cosas». Y «es verdad», confirmó Francisco: la lengua «es capaz de destruir una familia, una comunidad, una sociedad; de sembrar odio y guerras, envidia». Y volvió a proponer las palabras de la oración de Jesús: «Padre, pido por los que creerán en mí, para que todos sea uno, como tú y yo». Pero «cuánta distancia» hay entre la oración de Jesús y la vida de «una comunidad cristiana que está habituada a murmurar». Y «por esto Jesús pide al Padre por nosotros».

De ahí la invitación a «pedir al Señor la gracia de que nos dé la fuerza para que en nuestras comunidades no haya estas cosas». Pero, sugirió el Pontífice, «Jesús nos dice cómo debemos ir adelante cuando no estamos de acuerdo o algo del otro no nos gusta: ‘¡Llámalo, habla!’». Y si tu interlocutor «no entiende o no quiere, llama a un testigo y haz que sea mediador». Jesús «nos enseñó» este estilo. Pero «es más cómodo murmurar y destruir la fama del otro».

Para hacer aún más concreta e intensa su meditación, Francisco contó un episodio de la vida de san Felipe Neri: «Una mujer fue a confesarse, y confesó que había murmurado». Pero «el santo, que era alegre, bueno y también de manga ancha, le dice: ‘Señora, como penitencia, antes de darle la absolución, vaya a su casa, agarre una gallina, desplume la gallina y después vaya por el barrio y siembre el barrio con las plumas de la gallina, y luego vuelva’». Al día siguiente, prosiguió Francisco su relato, «volvió la señora: ‘Hice eso, padre, ¿me da la absolución?’». Elocuente la respuesta de san Felipe Neri: «No, falta otra cosa, señora, vaya por el barrio y recoja todas las plumas», porque «murmurar es así: ensucia al otro». En efecto, añadió el Papa, «el que murmura, ensucia, destruye la fama, destruye la vida, y muchas veces sin motivo, contra la verdad».


Por eso «Jesús pidió por nosotros, por todos nosotros que estamos aquí, y por nuestras comunidades, por nuestras parroquias, por nuestras diócesis, ‘que sean uno’».
En conclusión, Francisco exhortó a pedir «al Señor que nos dé la gracia», porque «es tanta, tanta la fuerza del diablo, del pecado que nos impulsa a las divisiones, siempre». En efecto, es necesario dirigirse al Señor para que «nos dé la gracia, nos dé el don que realiza la unidad: el Espíritu Santo», prosiguió el Papa deseando «que nos dé este don que realiza la armonía, porque él es la armonía, la gloria en nuestras comunidades». Y que «nos dé la paz, pero con unidad».
Por eso «pedimos la gracia de la unidad para todos los cristianos, la gran gracia y la pequeña gracia de cada día para nuestras comunidades, nuestras familias».
Y también «la gracia de poner el freno en la lengua».

Fuente: L’Osservatore Romano, ed. sem. en lengua española, n. 20




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