lunes, 1 de octubre de 2012

Patrona de las misiones


Comenzamos hoy el mes que la Iglesia dedica a rezar por las misones, mes también del santo Rosario. Y lo comenzamos con una santita cuyo resplandor es inmenso y abarca el universo entero. Una joven carmelita, fallecida con tan solo 24 años y que ha sido nombrada por Juan pablo II patrona de las misiones, en el mismo rango que San Francisco Javier cuyo celo apostolico le llevo a las Indias y a las puertas de China. He escogido el siguiente articulo sacado de la revista Illuminare para  profundizar con todos esta grandeza misionera del alma de Santa Teresa del Niño Jesús.
"Nos cansamos de repetir que toda la Iglesia es misionera y que esta responsabilidad radica ya en el bautismo.
Lo sorprendente es encontrar esta dimensión en una monja de clausura del siglo pasado y, además, con una claridad tan meridiana. Es verdad que vive en un tiempo determinado, en el que es intensa y casi exclusiva la verticalidad hacia Dios con el deseo de salvar almas, pero no por ello deja de llamar la atención su universalidad. En esta universalidad no sólo alcanza a todos los hombres —«El celo de una carmelita debe abarcar el mundo» (Manuscritos, cap. X)—; es tan grande su corazón que quisiera abarcar también todos los tiempos —«Quisiera ser misionera, no sólo durante algunos años, sino haberlo sido desde la creación del mundo y seguir siéndolo hasta la consumación de los siglos» (Ms. B 3rº)—. 

Yo he sido misionero durante muchos años, pero me resulta alucinante descubrir el espíritu de esta mujer. Pensamos en el misionero poco menos que como un hombre heroico, intrépido o como un quijote que se lanza a la aventura, o como alguien que tiene una vocación muy especial reservada para unos pocos. A veces hasta nos hacen creer que somos “distintos”, como si la misión dependiera sólo del misionero o de la misionera que parte a tierras extrañas. Confieso que en muchos momentos difíciles de mi vida de misión, recordando mis lecturas de seminarista, pensaba en todos aquellos que me estaban apoyando con sus oraciones; en aquellas religiosas de clausura que rezaban y se sacrificaban para que yo fuera fiel al Señor y que la semilla creciera en aquel campo. 


En santa Teresa del Niño Jesús vemos, a contraluz, lo que realmente es una vocación misionera. Identificada con Cristo, vive el amor apasionado de su causa y el deseo vehemente de salvar almas. Todo ello lo hace con esa difícil sabiduría de convertir en fácil y accesible lo que aparentemente resulta imposible. Ella misma se queda sorprendida con su descubrimiento: «¡Al fin he hallado mi vocación! ¡Mi vocación es el amor! Sí, hallé el lugar que me corresponde en el seno de la Iglesia, lugar, ¡oh Dios mío!, que me habéis señalado Vos mismo; en el corazón de mi madre la Iglesia seré yo el amor... Así lo seré todo, así se realizarán mis anhelos» (Manuscritos, cap. XI)."


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