sábado, 6 de febrero de 2016

Para dejar a Dios lucirse en nuestra vida


Las tres lecturas de este domingo tienen un denominador común, sus protagonistas presentan claramente su pequeñez, su debilidad.  

Primera lectura, el profeta Isaías dice: “Yo, hombre de labios impuros,…”.

En la segunda, Pablo dice, hablando de sí mismo: “Por último, se me apareció también a mí”. “Porque yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de llamarme apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios”.

En el evangelio, Pedro dice: “Apártate de mí, Señor, que soy un pecador”.

Todos están reconociendo su pequeñez, su debilidad. Y será este reconocimiento que hará que Dios pueda actuar en ellos. Porqué este reconocimiento es condición para la acción de Dios. No ir de sobrados, de autosuficientes, ser muy humildes. 

Isaías se siente hombre de labios impuros. Y Dios, lo hará uno de los profetas más importantes de todo el Antiguo Testamento.
¡Pablo, el perseguidor, será el apóstol que llevará la fe a la gentilidad! ¡Ningún evangelizador como San Pablo! ¡Ninguno!

Y Pedro, que no se siente digno de estar cerca de Jesús, será, el primer Papa.

A partir de aquí dos ideas:

a)  A veces, se ataca al cristianismo porqué genera un sentido de culpabilidad. Pienso que es injusto, es incorrecto. Lo que hacemos es constatar nuestra debilidad, nuestra pequeñez, nuestra incoherencia. Queremos hacer el bien, y muchas veces, como dice San Pablo, es el mal lo que hacemos. Por tanto, es un sentido de realismo. Y, por otro lado, es una pequeñez, una debilidad que tiene delante un interlocutor: Dios. Es una pequeñez que tiene delante una presencia curadora, sanadora, restauradora, transformadora.

Una pequeñez (y finitud) sin un interlocutor lleva a la desesperanza. Si yo capto mi pequeñez (y finitud) y soy ateo o agnóstico, me quedo en la pequeñez, y no salgo de ella, y esto me lleva a la desesperanza, al sin sentido.

En cambio, una pequeñez con interlocutor es una puerta para recibir la gracia de Dios.


Santa Teresa del Niño Jesús lo expresa con mucha poesía en el manuscrito B cuando habla del “pajarillo”. “Yo me considero un débil pajarillo cubierto sólo de un ligero plumón. No soy un águila, pero a pesar de mi extrema pequeñez me atrevo a mirar al Sol”. “El pajarillo quisiera volar hacia ese brillante Sol… Lo más que puede es alzar las alitas, pero en cuanto a volar, no está en su débil poder”. “¡Oh Jesús, cómo se alegra tu pajarillo de ser débil y pequeño! ¿Qué sería de él si fuese grande? Nunca tendría la audacia de comparecer en tu presencia”. “Un día, yo lo espero, vendrás, a buscar a tu pajarillo

Expresa su pequeñez radical, de una manera gozosa, pero, delante de un interlocutor, y es la pequeñez, la que le sitúa ante Dios y provoca que Dios baje a ayudarle.

b) La segunda idea es que situados en las puertas de la Cuaresma, esta actitud de vernos pequeños y débiles, es muy adecuado para situarnos en un camino de conversión. Desde el “yo ya estoy bien”, “yo ya soy bueno”, “yo ya hago mucho”... no hay espacio a la conversión. No hay espacio a la acción de Dios. 

Nos hace falta la pequeñez y el deseo de hacer nuestro el “duc in altum”, que hoy dice Jesús, que quiere decir: boga mar adentro, ir más al fondo, hacer un paso más, seguir avanzando. Amén.

 Francesc Jordana




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