domingo, 28 de febrero de 2016

HOMILIA DOMINGO 28 FEBRERO

Queridos hermanos y hermanas,

San Pablo no deja nunca de sorprendernos. Hoy pide a los cristianos de Corinto que aprendan la lección de la historia. ¡¡Todo aquello que pasó era una lección y una advertencia para ellos y para nosotros!! Si es una lección para los cristianos de Corinto, también lo es para nosotros.

Dice San Pablo: “No quiero que ignoréis, hermanos, que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos fueron bautizados en Moisés por la nube y el mar; y todos comieron el mismo alimento espiritual; (se refiere al maná), y todos bebieron la misma bebida espiritual, (se refiere a la roca de la que manó agua) pues bebían de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo. Pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios”… Acaba diciendo San Pablo: “Todo esto les sucedía como un ejemplo y fue escrito para escarmiento nuestro“.

Es también una advertencia para nosotros. Más cuando este texto está situado en este tercer domingo de Cuaresma en un contexto de conversión. Es una lección para nosotros. San Pablo habla de unos que parecía que caminaban por caminos de salvación (“todos...”) y, finalmente, no fue así, no se salvaron. “Pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios”… Que cada uno se aplique a sí mismo esta palabra...

San Pablo nos expone esta lección que en el evangelio se ve iluminada. Jesús, a través de dos ejemplos, pide la conversión.

Con el primer ejemplo Jesús lanza un mensaje muy claro y que hemos de acoger: todos necesitamos conversión. ¡Todos! ¡Yo el primero! Narra dos acontecimientos y viene a concluir: que nadie no crea que es más bueno que los demás por el hecho de no haber sufrido estas tragedias. Todos necesitamos conversión. “Si no os convertís, todos pereceréis lo mismo”.

Con el segundo ejemplo Jesús da un paso más, “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no le encuentro”. Mensaje claro y contundente: la conversión vinculada a los frutos.



Y para hablar de los frutos querría hacerlo a través de la primera lectura. Donde hemos contemplado un Dios que se deja conmover por las penas y el grito de queja  de los oprimidos. Y se dispone a actuar como protector y libertador de aquellos que no se pueden proteger a sí mismos.

Pero, Dios necesita del esfuerzo y la implicación del hombre, Moisés. Sin Moisés no hay liberación.

Dios oye el grito del pueblo, se conmueve, quiere su  liberación, pero, necesita la colaboración del hombre.

¿No somos nosotros como un nuevo Moisés?
¿No estamos llamados a liberar a nuestros hermanos de tantas y tantas esclavitudes?
¿No abundará tanto el mal en nuestra sociedad, porqué los cristianos estamos especialmente inactivos?

¿No ha propuesto el Papa Francisco, el año de la misericordia, donde el núcleo son las obras de misericordia, para desvelarnos?

Leemos en el mensaje de esta Cuaresma: “Por eso, expresé mi deseo de que “el pueblo cristiano reflexione durante el jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina”.

Y un poco más adelante, dice una frase genial,  profundísima: “Lázaro es la posibilidad de conversión que Dios nos ofrece y que quizá no vemos”. Acercarnos al pobre como fuente de conversión para nosotros, cosa no fácil de ver.


Las obras de misericordia son el camino para cavar y abonar nuestra tierra y, así, pueda dar fruto. No es fácil, ciertamente, así es la conversión.

                                                    Francesc Jordana


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