viernes, 5 de febrero de 2016

Dios me llama

En un artículo que cayó recientemente en mis manos, hacían la siguiente pregunta ¿puede un joven sentir la vocación  a una consagración especial? La respuesta la daba el mismo articulista,  “¡¡claro que sí!!   Dios puede hacer sentir su voz a cualquier edad. De hecho igual que, un joven oye mejor que una persona entrada en años, de la misma forma puede escuchar con más facilidad la voz del Señor. Por supuesto no a través de los oídos del cuerpo sino del corazón”.
El razonamiento es claro, cuanto más joven menos viciada y más pura el alma que, a medida que crecemos nos ata a vicios y defectos. Estoy de acuerdo. Pero ¿podemos recuperar esa juventud en la madurez?  Me explico.
Olvidemos la edad por un momento, y centrémonos en la pureza, en el alma. Es cierto, podemos y debemos considerar a un niño como el ser más puro, ajeno a todo conflicto, a toda violencia, a toda maldad.
A medida que crece, irá entrando  en la vorágine del mundo, de la mentira, del dolor, de la lujuria, del egoísmo. A partir de ese momento, todo cambia. Conocerá la ambición, abrazará la codicia y esa alma inocente, pura, limpia quedará trastocada. Su espíritu se vestirá de materia, su cuerpo se hará dueño y señor, se gustará, envilecerá, y sentirá el orgullo de ser.
Y el Señor le llamará y, quizás él quiera escuchar esa llamada, y al escucharla le provoque una respuesta; habla Señor, te escucho, ¿qué quieres que haga?

A la gente mayor nos cuesta más escuchar. Demasiadas voces oídas, demasiadas mentiras, muchos farsantes, curanderos, magos, adivinos, y hasta psiquiatras. Nuestra capacidad de escucha esta maleada, nos cuesta más discernir, reconocer la verdad,  la autenticidad en las palabras, y por malicia, las tenemos siempre por interesadas.
El amor, la bondad, la trascendencia, la eternidad.
Escuchar, discernir, conocer, reconocer.
Decía que los niños son los seres más puros, que están libres de maldad, su mayor deseo es ser queridos, esperan recibir todo el amor y son capaces de querer incondicionalmente, no por lo que  somos, sino por quién somos.
Tengo 55 años, maleado, harto de escuchar palabras, mentiras, de dejar ensuciar mi alma y, yo mismo ensuciarla.
¡¡Claro que Dios habla a cualquier edad¡¡  pero hay que querer escuchar y para eso es preciso limpiar el alma, volverse niño con todo el valor pero,  creerse poco o  mejor, creerse nada.
Volver al principio, saber que nada está perdido, que hay un perdón.
De nuevo aquel niño, sorprenderse, volver a amar, sin límite ni condición. Dejarse amar.
Oír esa voz que te llama, pidiendo disponibilidad…… Señor, te escucho ¿qué quieres que haga?
En ese momento, en mi miseria, en mi tristeza, en mi humildad, en mi inocencia, decidí tomar el camino de regreso.  Recuperar mi vida, mi limpio llanto y de amor las lágrimas, mi alegría,  mi sonrisa y como aquel niño, coger Su mano.
Desdibujé ese cuerpo cansado, coloreé de nuevo mi espíritu, renací en la esperanza y en mi cara reflejé a ese niño, mayor, pero de nuevo alegre, ufano.               
Reconocí mi Vocación por tanto tiempo oculta, latente, pero por tanto tiempo esperada.
Vocación sí, porque a pesar de mis años, de alguna arruga en la frente, y algunas más en las manos, de unos zapatos polvorientos soportando unos pies cansados, El Señor me habla.

Dios me dice, niño……… ¡¡¡bienvenido a casa¡¡¡
Pere

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