La Iglesia ¿divina o humana?


   Se cuenta que un día Napoleón dijo un día al Cardenal Consalvi, secretario de Estado del Papa Pío VII: 
- “¡Destruiré su Iglesia!”
- “No, no la destruirá”, le contestó el Cardenal
   Fastidiado, Napoleón le dijo con mayor convicción:
- “Sí, yo destruiré su Iglesia”
- “¡No, no lo conseguirás!”, le repitió el Cardenal. “Si malos Papas, sacerdotes inmorales, y miles y miles de pecadores no lo han conseguido, ¡¿como piensan tú conseguirlo?!”



  Esta discusión nos interpela sobre la mirada que tenemos de la Iglesia. Lo mismo que había tres maneras de considerar a Jesús durante su paso en la tierra:
- El hijo de José de Nazaret
- el hombre que hacía milagros
- el Hijo de Dios,
   Podemos tener también tres miradas muy diferentes sobre la Iglesia.
  Primero una mirada sociológica, que se queda en las apariencias (los escándalos de la pedofilia, Vatileaks...), o en las estadísticas: los cristianos son 2,18 millares en el mundo, entre los cuales la mitad son católicos.
  Una segunda mirada, más penetrante, sabrá ver los valores difundidos por la Iglesia a lo largo de los siglos en la educación y en la cultura en general, pero también en la defensa de los derechos de las personas y de la familia, la concepción del bien común, la salud. En Etiopía por ejemplo 1% de los católicos ofrece el  90% de la ayuda social del país: “La Iglesia hace mucho bien”.
  La tercera mirada será la de la fe. La Iglesia aparece en su realidad profunda como el Cuerpo de Cristo habitado por el Espíritu Santo que la dirige y permanece en ella como su Huésped. Sólo la mirada de fe puede captar verdaderamente el Misterio de la Iglesia, su grandeza, su profundidad. La Iglesia, , es Cristo: como El, ella es a la vez divina y humana, y hay que amarla enteramente.


   Así comprendida “la Iglesia es un misterio, tiene la cabeza escondida en el cielo, su visibilidad no se manifiesta adecuadamente, decía el Cardenal Journet. Si buscas lo que la representa sin traicionarla, mirad al Papa y al episcopado enseñando la fe y las buenas costumbres, mirad a los santos del cielo y de la tierra; no nos miréis a nosotros pobres pecadores. O más bien mirad como la Iglesia cura nuestras heridas y nos conduce a trancas y barrancas a la vida eterna. La gloria grande de la Iglesia es la de ser santa con miembros pecadores.”



   Podemos distinguir pues en la Iglesia su “persona” y su “personal”. “La persona de la Iglesia es indefectible, su personal no lo es” decía el filósofo Jaques Maritain. La frontera de la Iglesia pasa pues por el corazón de sus miembros: la Iglesia toma para sí lo que es santo y puro en cada uno, deja fuera lo que es pecado y mancha.

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