miércoles, 27 de junio de 2012

Yo creo en Dios, me divierto y soy feliz


   Volviendo un día  hacia mi casa, pasó delante de mí un joven conduciendo su coche en el que, por detrás,  había puesto una pegatina en la que estaba escrito: “Yo creo en Dios, me divierto y soy feliz”   Me llamó la atención y me gustó. En este tiempo en que parece que “lo que se lleva” sea declararse agnóstico, o, peor aún, ateo, es bueno que algunos manifiesten su opción por lo contrario, sin ningún complejo, para dar testimonio ante los que nos miran como “de otra esfera”.
   Y no solamente para los que no comparten esta visión del mundo, sino también para nosotros, que, presionados por el ambiente exterior, puede surgir el “ateo o el agnóstico que llevamos dentro” y que quiere hacerse presente en los momentos difíciles de nuestra vida, al que  rechazamos pidiendo auxilio al Señor.

  “Yo creo en Dios y me divierto”. Buen mensaje para los que creen que somos pesimistas, aburridos, con miedos e inseguridades no cristianas. Pues no, que haya algún  creyente que en ciertos momentos sea así no es motivo para que se piense lo mismo de todos. Al contrario, la alegría serena, realista, que nace del sentirse muy amados de Dios, esa nadie te la puede quitar. Por ello San Pablo nos exhorta “Estad siempre alegres en el Señor” (Flp 4, 5). y la razón que aduce es El: “Señor está cerca”
   Es cierto que la palabra “diversión” está devaluada. En demasiados casos se entiende en un contexto de hacer mal uso de la libertad. Eso no es divertirse, eso no es “enterarse de la vida”.  La vida te la da Dios con su amor, para devolvérsela repartiendo amor a los demás, buscando su bien. La verdadera diversión está asegurada cuando te abres al don de Dios. Entonces das fruto con más o menos salud, con más o menos cansancio o ganas. Y esto te llena el corazón, te sientes verdaderamente “realizado”.
   Pero además de “divertirse” en el letrero del joven había la afirmación: “y soy feliz”. Esta verdadera felicidad responde a la razón profunda de nuestra existencia que, San Agustín resume así: “Nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que repose en ti”. Y en ese “reposar en ti” está la felicidad de la que nada ni nadie nos podrá apartar. Es la que nos promete Cristo diciendo: “Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar” (Jn 16, 22).
   Y, si por lo que fuere no nos abrimos  a su “vuelta”, Él no dejará de invitarnos con esa frase que se repite en el Antiguo Testamento: “Volved a mí todos”, para llenarnos de su felicidad.
   Hagamos del mensaje de ese joven un programa de nuestra vida: creer, abrirse al don y ser feliz.
De todo corazón,

     Rosario


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