viernes, 27 de enero de 2017

RESPUESTA DE LO CRISTIANOS AL DRAMA DE MORIR


Los sentimientos que me gustaría tener en aquella hora (y que actualmente tengo) son estos: pensar que voy a descubrir la ternura. Yo se que es imposible que Dios me decepcione. ¡Solo esa hipótesis es absurda! Yo iré hasta Él y le diré: No me glorío de nada más que de haber creído en tu bondad. Ahí es donde está mi fuerza. Si esto me abandonase, si me fallase la confianza de tu amor, todo habría terminado, porque no tengo el sentimiento de valer nada sobrenaturalmente. Pero, cuanto más avanzo por la vida, mejor veo que tengo razón al representarme a mi Padre como indulgencia infinita. Aunque los maestros de la vida espiritual digan lo que quieran, aunque hables de justicia, de exigencias, de temores, el juez que yo tengo es aquel que todos los días se subía a la terraza para ver si por el horizonte asomaba el hijo pródigo de vuelta a casa. ¿Quién no querría ser juzgado por Él? San Juan escribe: <<Quien teme, no ha llegado a la plenitud del amor>> (1 Jn 4, 18). Yo no temo a Dios, y el motivo no es tanto que yo le ame,como el que sé que me ama Él. Y no siento la necesidad de preguntarme por qué me ama mi Padre o qué es lo que Él ama en mi. Me costaría mucho responder. Pero yo sé que Él me ama porque es amor, y basta que yo acepte ser amado por Él, para que me ame efectivamente. Basta con que yo realice el gesto de aceptar.

Padre mio, gracias porque me amas. No seré yo el que grite que soy indigno. Porque , efectivamente, amarme a mí tal como soy, es digno de tu amor esencialmente gratuito. Este pensamiento de que me amas porque te da la gana me encanta. Y así puedo librarme de todos los escrúpulos, de la falsa humildad  que descorazona, de la tristeza espiritual, de todo miedo a la muerte. 

Padre Augusto Valensin


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