viernes, 13 de enero de 2017

EN LA CRUZ NO HABÍA NADA....




En la cruz no había nada: ni belleza humana, ni poder, ni riqueza, ni fama. Sólo había amor. Un amor despojado de todo atractivo humano, revestido de fracaso, de abandono y de mucha desnudez. Y así, en ese amor crucificado, vivía el Señor el mayor despojo de sí mismo y la mayor entrega al Padre. Y a la cruz sigue la sepultura, el desaparecer de toda figura y rostro humano en esa tiniebla y oscuridad en la que se hace fecundo el grano enterrado.

Has de tener la valentía y el coraje de no ser nada, de no ver o entender lo que Dios permite en tu vida, de querer enterrarte en el anonimato y el olvido de los hombres, de pasar desapercibido a los ojos de muchos, de no ambicionar esa honra humana, tan efímera como voluble, que infla el orgullo y hace estéril tantos apostolados. Que no te asuste vivir tu fe en el rincón de los pequeños, de los que no son importantes a los ojos de los hombres, de aquellos con los que nadie cuenta, de los que nunca son consultados, valorados o aplaudidos. Y no con una actitud de victimismo egocéntrico sino con la conciencia viva y alegre de que te estás crucificando con Cristo.
Despojarse de uno mismo es el camino para gustar el amor de los íntimos de Dios, ese que anida en el corazón de la cruz y que hace creíble tu vida cristiana. No pretendas vivir tu fe cristiana sin mucha renuncia y negación de ti mismo, porque te enredarás en la maraña de un continuo flirteo con la santidad y con la mediocridad, sin llegar nunca a la auténtica entrega a Dios.



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