lunes, 29 de julio de 2013

Testimonio de fe y "de amor"

  Con puntualidad que desafiaba cualquier crítica a la organización, estando ya a las 19.30 horas locales la noche vencida sobre Río de Janeiro, comenzó el sábado la vigilia de oración de los jóvenes con el Papa. Era el penúltimo gran acto de la JMJ, y la tercera noche seguida en el que más de un millón de personas se juntaban en la playa de Copacabana, tras la acogida del jueves y el Via Crucis del viernes.
   Como en ambas fechas, la escenografía volvió a ser colorida y espectacular. Decenas de jóvenes procedentes de congregaciones y comunidades franciscanas (toda la noche tuvo ese peculiar estilo) fueron construyendo durante el acto una iglesia de madera, de respetable tamaño, que desmontaron después antes de la adoración eucarística que cerró la vigilia.
   A modo de hitos en esa construcción, cuatro jóvenes ofrecieron su testimonio de fe y "de amor", como proclamó el introductor de la ceremonia. También San Francisco de Asís, dijo "fue un joven que respondio a Cristo en su tiempo y construyó una iglesia para el nuevo Pentecostés".
   El primero en subir al estrado, Carlos, de 30 años, confesó haber sido "un joven educado en los valores cristianos". Pero cuando su padre perdió su trabajo, siendo él adolescente, llegaron momentos malos y se metió en las drogas ("marihuana, ácido, cocaina"). "Ya no me reconocía", dijo, a medida que se convertía en una persona agresiva y rebelde: "Excluí definitivamente a Dios de mi vida".
   Nada le detenía, ni su madre llorando ante él: "Hijo, ¿sabes cómo sufre una madre por no poder confiar en su propio hijo?". Cuando supo que su hermano ingresaba en el seminario para ser sacerdote, su respuesta fue ahondar en el mal. Empezó a robar, a vender droga, "a convivir con traficantes y tiroteos".
  Luego se echó una novia practicante de la magia negra. La dejó embarazada y la chica abortó de tres meses. "Aquello nos dejó tan chocados que comprendimos que teníamos que cambiar de vida". Paradójicamente, cuando su novia le planteó a quién podrían tomar como modelo, él se acordó de alguien a quien odiaba: "Pensé en Jesús Crucificado".
  Era el principio de la restauración. Un día, caminando por la playa de Ipanema, se encontró con una amiga que le invitó a ir a misa. Era Domingo de Pascua. No sabe por qué, pero fue. "Poco a poco fui volviendo a la Iglesia. Dejé los vicios y me acabé confesando. ¡Qué importante es verbalizar un error y admitir que sin Dios no podemos nada!".
  Entonces llegó la reconciliación con sus padres: "Sé que no soy el hijo que esperabais, pero quería pediros perdón por todo el sufrimiento que os he causado". Y se encontró con la respuesta de su madre: "Hijo, no digas tonterías, eres mi mejor orgullo". Y lo comparó con la reacción de Dios: "Aunque nos alejemos de Él, Él siempre está ahí".
  El siguiente fue un joven misionero con sotana, quien relató su experiencia como "sacerdote en tierras desconocidas", en la selva del Mato Grosso. "He sido testigo de la grandeza y la riqueza de nuestra Iglesia", proclamó, cuando tuvo que adaptarse a la cultura local "por el bien de la misión y del pueblo, por la dificultad de colaborar sin herir la fe de las personas".
   El padre Flavio Matías explicó que todos los jueves dice misa a las 6.15 horas de la mañana a los jóvenes miembros de una tribu. Ellos y él tienen que recorrer kilómetros por la selva para acudir, de ahí que no pueda ser más frecuente.
  Pero es "un pueblo sencillo y humilde que por la falta de sacerdotes tienen que luchar para mantener la fe". Es una "Iglesia que sufre": "Y siento que estoy en el sitio correcto, por la presencia del sacerdote, la presencia eucarística y la presencia de la Palabra. Dios me toca a través de las cosas simples, y eso ha aumentado mi deseo de servir más a la Iglesia. Al ayudarles a crecer en la fe, crezco yo también".
  Y concluyó con una frase muy de Francisco y su predicación del olor a oveja: "No hay otra forma de ser pastor que estar con las ovejas. No basta con indicarles el camino, hay que hacerlo con ellas".
  El tercero fue Felipe Passos, de 23 años. Salió en silla de ruedas, aunque tardamos en saber por qué.
   Contó que "desde niño buscaba sentir el amor de Dios más profundamente, tener una experiencia con Dios más fuerte". Esa historia empezó a hacerse realidad en la JMJ de Madrid: "Pude ir, casi sin dinero, gracias a la ayuda de muchas personas. Viví experiencias que fueron enraizando y purificando mi fe. En el día de la Vigilia tuve una experiencia muy fuerte con Jesús. Miré aquella cruz de Juan Pablo II peregrino del amor, miré el icono de Nuestra Señor, miré la multitud como la estoy mirando ahora, y sentí en el silencio del Papa Benedicto XVI aquel silencio que él pidió".

Fue en ese momento: "Puedo deciros que oí la voz de Dios. Después volví a Brasil con el corazón en llamas, lleno del Espíritu Santo". Y sabiendo que la siguiente etapa era en Río de Janeiro, dos años después.
   Él y sus amigos del grupo de oración estuvieron durante meses trabajando para reunir el dinero con el que poder ir a Río. Ese dinero estaba en casa de Felipe. Pero el 13 de enero, dos días antes de cumplir los 23 años, le asaltaron: "Dos personas entraron en mi casa para robar ese dinero. Yo miraba a mi madre y a mis hermanos y recordaba todo el esfuerzo hecho para realizar ese sueño. Me dispararon, y mi vida pudo terminar allí".
  Pero no fue así.  "La misericordia de Dios fue tan grande, que Dios en menos de dos minutos hizo que vinieran dos bomberos a sacarme de la parada cardiovascular que tuve antes de ir al hospital. El médico le dijo a mis padres que no sobreviviría. Mi madre dijo que sí, con fe en la oración. Recibí la extremaunción. Y estoy aquí".
   Una campaña nacional e internacional de oración pidió para que se salvase. "Yo estaba en coma inducido e intubado, pero conseguí pedir la Eucaristía. La misericordia de Dios ese día fue enorme. Dios me dio una cruz, que es mi silla de ruedas".
  Y entonces Felipe empezó a interactuar con el millón y medio de personas que le escuchaban: "Quiero que cada uno coja su cruz del peregrino y la mire: obispos, cardenales, todos, miren a la cruz. Hoy esta cruz en mi vida es mi silla. ¿Cuál es tu cruz?".
  Les pidió que se la quitasen del cuello para mirarla y se arrodillasen ante ella y gritasen "Esta es nuestra cruz". ¡Lo hicieron! Y proclamó: "Un día intentaron derrumbarme con mi cruz, pero no lo consiguieron. Esta cruz me ha levantadao y es la cruz de la resurrección, de la victoria, de una nueva generación de adoradores, de jóvenes con fe, con fuego en el Espíritu Santo. Amén".
  Por último, tomó el micrófono Ana Vitoria Ferreira Vidal, una joven de 21 años que trabaja en recursos humanos, estudia 3º de administración y desempeña labores apostólicas en la diócesis.
  Pero eso es ahora. Cuando tenía doce años, su madre, enferma de anorexia, siempre entre la vida y la muerte, que le decía que la odiaba, la arrastraba hacia el mal. Ana Vitoria era adicta a los horóscopos, a "la musica prohibida", a hablar con tacos y blasfemias.
  Un día, sin embargo, escuchó por azar en la radio una canción sobre el amor de Dios, que cambió su vida: "Cuando tuve esa experiencia me enamoré de un Dios que se deja encontrar, que pone en nuestro corazón el deseo de buscarlo y amarlo".
  "Mi refugio estuvo en las Sagradas Escrituras: Dios prepara mi corazón para cualquier problema", dijo, y citó Isaías 49, 15 como expresión de ese amor divino: "¿Puede una madre olvidarse de su criatura, dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo no te olvidaré".
  Su madre padecía convulsiones, no podía andar, no creía en Dios. La llevó a un encuentro de sanación, y volvió caminando. Su existencia dio un giro, como la de su hija.
  Tras los testimonios, se cantó la Oración de San Francisco y se procedió a la adoración eucarística, acompañada por canciones de un repertorio de nueva música cristiana, que algunos intérpretes cantaron de rodillas: En tu presencia, Todo mío, Lord I need you, Gloria, Tan sublime sacramento (versión moderna del Tantum Ergo) y Recibe la fuerza precedieron a la Salve Regina en latín, para rematar con un Jesus Christ, you are my life, que miles de personas entonaron abrazándose, con un magnífico regusto de fin de fiesta.
De Religión en libertad

No hay comentarios:

Publicar un comentario

A la hora de expresarse tengamos en cuenta la ley de la Caridad