miércoles, 31 de julio de 2013

PATERNIDAD

   Ignacio, el de Loyola, el de Manresa, el de Barcelona, el de Tierra Santa, el de Alcalá, el de Salamanca, el de París, el de Roma, el de los Ejercicios Espirituales, el de la Compañía de Jesús, tiene una verdadera paternidad cerca de nosotros, cerca de la Obra de de los Ejercicios Parroquiales que tuve el consuelo de iniciar, siendo aún casi novicio, por la huerta de Gandía, por la región Valenciana; que Dios me hizo organizar por Cataluña, transplantar al Uruguay, establecer en Francia…
  Cerca asimismo de la Institución de los Cooperadores Parroquiales de Cristo-Rey, que es hija de sus Ejercicios, hija de su genuino espíritu, hija también de las sabias Constituciones y Reglas con que dotó de vida y movimiento, de armas de estrategia y táctica de espiritual milicia a su gloriosa Compañía de Jesús.
  ¡Dichosos mis primeros Ejercicios Espirituales! Tuve casi que adivinarlos. ¡Qué poquísimos seglares los hacían entonces, en España al menos! ¡Casi nadie!... Al terminarlos un monaguillo de la Cueva, hoy religioso sacerdote de la Compañía de Jesús, me acompañó a la igesia del Rapto (desaparecida, ¡qué lástima!) Allí, junto a aquella estatua yacente (también, me temo, destruída), y que decía aquel día mil cosas a mi alma; solo, quise quedar solo, con la resolución más firme de consagrar toda mi vida a quellos Ejercicios, que acababan de descubrirme un mundo Nuevo y de revelarme la objetividad más real de la religion cristiana, me sentí hijo del Peregrino, hijo espiritual, que acababa de dar de Nuevo, el Santo, a luz (San Pablo, Gal. IV-17) con sus milagrosos y fecundísimos Ejercicios Espirituales.
  Y así le reconocí allí y tome allí por Padre a ese grande convertido, a ese grande santo, que se me antoja simbolizado y preanunciado por el Angel del Apocalipsis, que teniendo un pie en los continents y otro en los mares, mostraba al mundo un “librito abierto”, así: “librito” que invitaba al Apóstol San Juan, o al mundo, a devorar...
  Llena de consolaciones al alma el misterioso “librito”, revolviéndole a uno, sin embargo, hasta las entrañas.
  Dulce como la miel y amargo como el ajenjo…
  ¡Pero si el mundo lo devorase, sin perder de él parte ninguna, ni los títulos de sus cubiertas!...
P. Vallet, julio1946

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