martes, 31 de enero de 2012

EDUCAR EN LA INTIMIDAD CON JESUS

      Desde siempre la comunidad cristiana ha acompañado la formación de los niños y de los muchachos, ayudándoles no sólo a comprender con la inteligencia las verdades de la fe, sino también viviendo experiencias de oración, de caridad y de fraternidad. La palabra de la fe corre el riesgo de quedarse muda, si no encuentra una comunidad que la lleva a la práctica, haciéndola viva y atrayente.
    Todavía hoy las parroquias, los campamentos de verano, las pequeñas y grandes experiencias de servicio son una preciosa ayuda para los adolescentes que recorren el camino de la iniciación cristiana para madurar un compromiso de vida coherente. Aliento por tanto a recorrer este camino que permite descubrir el Evangelio como la plenitud de la existencia y no como una teoría.
     Para que todo esto sea eficaz y dé fruto es necesario que el conocimiento de Jesús crezca y se prolongue más allá de la celebración de los sacramentos. Esta es la tarea de la catequesis, como recordaba el beato Juan Pablo II: “La peculiaridad de la catequesis, distinta del anuncio primero del Evangelio que ha suscitado la conversión, persigue el doble objetivo de hacer madurar la fe inicial y de educar al verdadero discípulo por medio de un conocimiento más profundo y sistemático de la persona y del mensaje de Nuestro Señor Jesucristo (exhortación apostólica Catechesi tradendae, 19).



   La catequesis es acción eclesial y por tanto es necesario que los catequistas enseñen y den testimonio de la fe de la Iglesia y no su interpretación. Precisamente por este motivo fue redactado el Catecismo de la Iglesia Católica para que la Iglesia de Roma pueda comprometerse con renovada alegría en la educación de la fe. La estructura del Catecismo deriva de la experiencia del catecumenado de la Iglesia de los primeros siglos y retoma los elementos fundamentales que hacen de una persona un cristiano: la fe, los sacramentos, los mandamientos, el Padrenuestro.
   Para ello es necesario educar en el silencio y la interioridad. Confío que en las parroquias los itinerarios de iniciación cristiana eduquen en la oración para que penetre en la vida y ayude a encontrar la Verdad que habita nuestro corazón. La fidelidad a la fe de la Iglesia, además, debe conjugarse con una “creatividad catequística” que tenga en cuenta el contexto, la cultura y la edad de los destinatarios. El patrimonio de historia y de arte que custodia Roma es un camino ulterior para acercar a las personas a la fe. Invito a todos a recurrir a las riquezas de este “camino de la belleza”, que lleva a Aquel que es, según san Agustín, la Belleza tan antigua y siempre nueva.




   ¡No tengáis miedo de comprometeros por el Evangelio! A pesar de las dificultades que encontráis para conciliar las exigencias familiares y laborales con las de las comunidades en las que desempeñáis vuestra misión, confiad siempre en la ayuda de la Virgen María, Estrella de la Evangelización.
   El beato Juan Pablo II, que hasta el final se entregó para anunciar el Evangelio y amó con particular afecto a los jóvenes, intercede también por nosotros ante el Padre.
BENEDICTO XVI

lunes, 30 de enero de 2012

UN DIA FAMILIAR

   Jornada maravillosa la de ayer, con unas veinte familias llenas de vida que venían a renovarse en la vivencia de su vida cristiana. Qué hermoso ver a pequeños y grandes, de procedencias bien diferentes, como una misma familia.

   Los encuentros con el Padre Enrique que dirigía la jornada fueron muy emocionantes
   Los participantes apreciaron mucho su predicación y bebían sedientos sus palabras
   El Padre se sintió muy en familia enseguida.
   Las mujeres a cargo de la Hna Mª Lourdes también gozaron mucho. La Hermana venía acompañada de Nathalie, joven francesa, señora auxiliar comprometida con la Obra, quien no sólo tomó hermosas fotos de la jornada, sino que compartió su testimonio de conversión del judaísmo y del beneficio de los Ejercicios Espirituales.

   en la comida con Luís e Isa festejamos el aniversario de Bautismo de nuestros queridos rusitos: Dana, Constant, Catia, y Nastia

   También festejamos los aniversarios de Elisabet y Albert de los que no decimos la joven edad por discrección.


   Tras un diaporama de los rusitos Guinart, el clan Serra y adeptos nos cantaro un villancico que había ganado un premio en la clase de Judit.

   Compartimos un audiovisual sobre las JMJ antes de celebrar la Eucaristía de clausura. En esta percibimos que el joven Constan había crecido un pequeño palmo pues ya veíamos su cabecita entera detras del altar.

   Nos costó mucho la despedida después de un día tan intenso. Todos nos quedamos deseosos de ver llegar el próximo encuentro en el que esperamos puedan estar presentes aquellos que por la enfermedad y por otras razones n pudieron compartir esta jornada

sábado, 28 de enero de 2012

ORAR CON SANTO TOMÁS DE AQUINO


Concédeme, oh Reina del Cielo, 
que nunca se aparten de mi corazón el temor y el amor de tu Hijo Santísimo; 
que por tantos beneficios recibidos, no por mis méritos, 
sino por la largueza de su piedad, 
no cese de alabarle con humildes acciones de gracias;
 que a las innumerables culpas cometidas suceda una leal y sincera confesión 
y un firmísimo y doloroso arrepentimiento 
y finalmente, que logre merecer su gracia y su misericordia.
 Suplico también, oh puerta del cielo y abogada de pecadores,
 no consientas que jamás se aparte y desvíe 
este siervo tuyo de la fe, 
pero particularmente que, en la hora postrera, 
me mantenga con ella abrazado; 
si el enemigo esforzare sus astucias, 
no me abandone tu misericordia y tu gran piedad. 
Por la confianza que tengo en ti puesta, 
alcánzame de tu Santísimo Hijo el perdón de todos mis pecados y 
que viva y muera gustando las delicias de tu santo amor. 
Amén


Concédeme, Dios misericordioso, que desee yo con ardor lo que Tú apruebas,
 que lo busque con prudencia, lo reconozca con verdad, 
lo cumpla con perfección, en alabanza y gloria de tu nombre.
Pon orden en mi vida, y concédeme conocer lo que quieres que haga; 
concédeme cumplir debidamente lo que sea útil para la salvación de mi alma.


Que me dirija a ti, Señor, por un camino seguro, recto, 
agradable, y apto para llevarme al término;
un camino que no se extravíe entre las prosperidades y las adversidades, 
de modo que te dé gracias en las cosas prósperas, 
y en las adversas conserve la paciencia, 
no dejándome exaltar por las primeras ni abatir por las segundas.
Que nada me regocije ni me atribule, 
fuera de aquello que a ti me lleve o me aparte de ti. 

Que no desee gustar o tema desagradar a nadie sino a ti. 



Que todo lo perecedero se vuelva vil ante mis ojos por tu causa, 
Señor, y que todo lo que contigo se relacione sea amado por mí; 
y Tú más que todas las cosas. 
Que toda alegría que existe sin ti me fatigue y, 
fuera de ti, nada desee. 
Que todo trabajo, Señor, me sea agradable si es para ti, 
y todo reposo ajeno a ti me sea insoportable. 
Concédeme elevar frecuentemente mi corazón a ti, 
y cuando desfallezca, que me apene de mi falta 
con propósito firme de corregirme.


Hazme, Señor, obediente sin contradicción, 
pobre sin defecto, casto sin corrupción, 
paciente sin protesta, humilde sin ficción, 
alegre sin disipación, triste sin abatimiento, 
maduro sin pesadumbre, diligente sin inconstancia, 
animado por tu temor sin desesperación, sincero sin doblez, 
hacedor del bien sin presunción, 
capaz de reprender al prójimo sin soberbia, 
edificándolo con palabras y ejemplos sin fingimientos.


Dame, Señor Dios, un corazón vigilante, 
que ningún pensamiento curioso arrastre lejos de ti; 
un corazón noble, que ninguna indigna afección lo desvíe; 
un corazón firme, que ninguna adversidad destroce; 
un corazón libre, que ninguna pasión violenta subyugue.


Concédeme, Señor, Dios mío, una inteligencia que te conozca, 
una diligencia que te busque, una sabiduría que te encuentre, 
una vida que te plazca, una perseverancia que te espere con confianza 
y una confianza que al fin te posea. 
Concédeme ser afligido por tus penas en la penitencia 
y que en el camino de mi vida use de tus alegrías para la gloria.
 Señor, que vives y reinas, Dios por todos los siglos de los siglos. 
Amén.

viernes, 27 de enero de 2012

Actitud confiante


   El Papa cumplirá 85 años este año pero ha conservado una juventud de espíritu envidiable para muchos. La prueva, la frase clave de su felicitación por el nuevo año en el Mensaje anual por la paz. "Os invito a considerar el año 2012 con una actitud confiante..." Y para precisar su pensamiento una palabra se repite como una llamada urgente en las intervenciones entorno a la Navidad: la educación. 
    Confesemos que ¡hay que ser atrevidos , por los tiempos que corren, para manifestar tal confianza en el porvenir!
     Esto está muy lejos del "¡ indignaros!" de Sthéphane Hessel, cuyos jóvenes discípulos de la Puerta del sol, de la Plaza Cataluña o de Nueva York, han producido una revolución algo vana, contra un sistema que en efecto, no funciona.



     "Confianza" nos dice el Papa
    "El mundo está  pierdiéndose porque ha perdido la confianza. No hay cosa peor que perder la confianza. Prediquemos la confianza: 'todo es terror, todo es terror'. No es así: prediquemos la confianza." escribía en su tiempo el Padre Vallet. 
    Los cristianos si salimos de nuestra mediocridad tenemos resortes más que suficientes para sacar este pobre mundo del atolladero. Los medios no nos faltan: Palabra de Dios, sacramentos, formación, ejercicio de la caridad, Ejercicios espirituales para mantener en forma el espíritu,...
     Los cristianos, si tenemos fe de verdad, sabemos que el estado actual es pasajero, que la victoria contra los poderes del mal que tanto barullo arman y tanto destruyen, esta victoria está asegurada. Empeñémonos y tomemos los medios para CONFIAR.
     "Os invito a considerar el año 2012 con una actitud confiante..." 

jueves, 26 de enero de 2012

Consagrado al Padre por todos




  Queridos hermanos y hermanas:
  En la catequesis de hoy centramos nuestra atención en la oración que Jesús dirige al Padre en la «hora» de su elevación y glorificación (cf. Jn 17,1-26). Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: "La tradición cristiana acertadamente la denomina la oración 'sacerdotal' de Jesús. Es la oración de nuestro Sumo Sacerdote, inseparable de su sacrificio, de su 'paso' [pascua] hacia el Padre donde es “consagrado” enteramente al Padre" (n. 2747).


   Aquella noche, Jesús se dirige al Padre en el momento en que se está ofreciendo a sí mismo. Él, sacerdote y víctima, ora por él mismo, por los apóstoles y por todos aquellos que creerán en Él, por la Iglesia de todos los tiempos (cf. Jn 17,20).
   La oración que Jesús hace por sí mismo es la petición de su propia glorificación, de la propia "elevación" en su "hora". En realidad, es más una declaración de plena disposición a entrar, libre y generosamente, en el diseño de Dios Padre que se cumple al ser entregado, y en la muerte y resurrección. La "hora" se inició con la traición de Jesús (cf. Jn 13,31) y culminará con la subida de Jesús resucitado al Padre (Jn 20,17). La salida de Judas del cenáculo es comentada por Jesús con estas palabras:“Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él”(Jn 13,31). No es casual que comience la oración sacerdotal diciendo: "Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique a ti" (Jn 17,1). La glorificación que Jesús pide para sí mismo como Sumo Sacerdote, es la entrada en la plena obediencia al Padre, una obediencia que lleva a la más plena condición filial: "Y ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes de que el mundo fuese"(Juan 17,5). Es esta disponibilidad y esta petición es el primer acto del nuevo sacerdocio de Jesús, que es un donarse por completo en la cruz, y justamente sobre la cruz --el supremo acto de amor--, Él es glorificado, porque el amor es la verdadera gloria, la gloria divina.


   El segundo momento de esta oración es la intercesión que Jesús hace por los discípulos que estaban con Él. Son aquellos de los que Jesús puede decir al Padre: "He manifestado tu Nombre a los hombres que tú me has dado tomándolos del mundo. Tuyos eran y tú me los has dado; y han guardado tu palabra" (Jn 17,6). "Manifestar el nombre de Dios a los hombres" es el resultado de una nueva presencia del Padre en medio de la gente, de la humanidad. Este "manifestar" no es sólo una palabra, sino que es realidad en Jesús; Dios está con nosotros, y así el nombre --su presencia entre nosotros, el ser uno de nosotros--, se "ha realizado". Por lo tanto, esta manifestación se realiza en la encarnación del Verbo. En Jesús, Dios entra en la carne humana, se hace cercano en modo único y nuevo. Y esta presencia alcanza su cumbre en el sacrificio que Jesús hace en su Pascua de muerte y resurrección.
   En el centro de esta oración de intercesión y de expiación a favor de los discípulos está la petición de consagración; Jesús dice al Padre: "Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad" (Jn 17,16-19). Me pregunto: ¿Qué significa "consagrar" en este caso? Sobre todo debemos decir que "Consagrado" o "Santo", en propiedad sólo es Dios. Entonces consagrar quiere decir transferir una realidad --una persona o cosa--, a la propiedad de Dios. Y en esto están presentes dos aspectos complementarios: por una parte quitar las cosas corrientes, segregar, "apartar" la vida personal del hombre para ser donados totalmente a Dios; y por otra, esta segregación, esta transferencia a la esfera de Dios, tiene el significado propio de “envío”, de misión: precisamente porque entregada a Dios, la realidad, la persona consagrada existe "para" los otros, es donada a los otros. Darse a Dios significa no vivir más para sí, sino para todos. Y es consagrado quien, como Jesús, es separado del mundo y apartado para Dios en vista de una tarea y, como tal, está a disposición de todos. Para los discípulos, será continuar la misión de Jesús, ser entregado a Dios para estar así en misión para todos. En la tarde de la Pascua, el Resucitado, apareciéndose a sus discípulos, les dice: "¡La paz con vosotros! Como el Padre me envió, también yo os envío” (Jn 20,21).


   El tercer acto de esta oración sacerdotal extiende la mirada al final de los tiempos. En ella, Jesús se dirige al Padre para interceder a favor de todos aquellos que serán llevados a la fe mediante la misión inaugurada por los apóstoles, y continuada en la historia: "No ruego solo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí". Jesús ora por la Iglesia de todos los tiempos, ruega también por nosotros (Jn 17,20). El Catecismo de la Iglesia Católica dice:“Jesús ha cumplido toda la obra del Padre, y su oración, al igual que su sacrificio, se extiende hasta la consumación de los siglos. La oración de la Hora de Jesús llena los últimos tiempos y los lleva hacia su consumación”(No. 2749).
   La petición central de la oración sacerdotal de Jesús, dedicada a sus discípulos de todos los tiempos, es aquella de la futura unidad de todos los que creerán en Él. Tal unidad no es un producto mundano. Proviene exclusivamente de la unidad divina y viene a nosotros del Padre mediante el Hijo y el Espíritu Santo. Jesús invoca un don que viene del cielo, y que tiene su efecto --real y perceptible-- en la tierra. Ora “para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado" (Jn 17,21). La unidad de los cristianos, por un lado, es una realidad oculta en el corazón de las personas que creen. Pero al mismo tiempo, esta debe aparecer claramente en la historia, debe aparecer para que el mundo crea, tiene un propósito muy práctico y concreto y debe aparecer para que todos sean realmente uno. La unidad de los futuros discípulos, siendo unidad con Jesús --que el Padre ha enviado al mundo--, es también la fuente originaria de la eficacia de la misión cristiana en el mundo.


  "Podemos decir que en la oración sacerdotal de Jesús se realiza la institución de la Iglesia... Propiamente aquí, en la última cena, Jesús crea la Iglesia. Por qué, ¿qué otra cosa es la Iglesia, si no la comunidad de los discípulos que, mediante la fe en Jesucristo como enviado del Padre, recibe su unidad y se implica en la misión de Jesús para salvar al mundo, conduciéndolo al conocimiento de Dios? Aquí encontramos realmente una verdadera definición de la Iglesia. La Iglesia nace de la oración de Jesús. Y esta oración no es sólo de palabra: es la acción por la que Él se "consagra" a sí mismo, es decir, se "sacrifica" para la vida del mundo (cfr. Gesù di Nazaret, II, 117s).
   Jesús ora para que sus discípulos sean uno. En virtud de esa unidad, recibida y mantenida, la Iglesia puede caminar “en el mundo” sin ser "del mundo" (cf. Jn 17,16) y vivir la misión confiada a ella para que el mundo crea en el Hijo y en el Padre que lo envió. La Iglesia se convierte entonces, en el lugar donde continúa la misión misma de Cristo: llevar al "mundo" fuera de la alienación del hombre de Dios y de sí mismo, fuera del pecado, a fin de que vuelva a ser el mundo de Dios.


   Queridos hermanos y hermanas, hemos tomado algunos elementos de la gran riqueza de la oración sacerdotal de Jesús, que les invito a leer y meditar, para que nos guíe en el diálogo con el Señor y nos enseñe a orar. También nosotros, por ello, en nuestra oración, pidamos a Dios que nos ayude a entrar, más de lleno, en el proyecto que tiene para cada uno de nosotros; pidámosle ser "consagrados" a Él, pertenecerle cada vez más, para poder amar cada vez más a los otros, cercanos y lejanos; pidámosle ser siempre capaces de abrir nuestra oración a la amplitud del mundo, no cerrándola en la petición de ayuda para nuestros problemas, sino recordando delante del Señor a nuestro prójimo, aprendiendo la belleza de interceder por los demás; le pedimos el don de la unidad visible entre todos los creyentes en Cristo --la hemos invocado con fuerza en esta Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos--, recemos para estar siempre dispuestos a responder a cualquiera que nos pida razón de la esperanza que hay en nosotros (cf. 1 P 3,15). Gracias.

miércoles, 25 de enero de 2012

"Mirad cómo se aman"

   Llegamos al final de esta Semana de oración por la unidad de los cristianos durante la cual se han multiplicado en tantos lugares las iniciativas de diálogo y acercamiento entre las diferentes iglesias. Demos gracias al Señor por todo ello pidiéndole que fecunde todos los gestos que no salen en las primeras páginas de los diarios de mayor tirada pero que son los que verdaderamente transforman al mundo desde el interior. 
  No es por casualidad que esta Semana concluye en la fiesta de la conversión de San Pablo. Es tan maravillosa y esperanzadora esta conversión. Aquel celoso judío fue alcanzado por Cristo quien le hace descubrir que lejos de estar muerto, aún vive, y sigue vivo en los miembros de su Iglesia.
  Cristo sigue alcanzando a los hombres y mujeres de este mundo que buscan la Verdad, aún sin saberlo, y a veces por derroteros que son insospechados para muchos. Pero cuenta también con una Iglesia que dé un testimonio de identificación auténtica con El. ¡Ojalá nuestros contemporáneos puedan descubrir en nosotros lo que se decía de los primeros cristianos. Que yo sepa, no se decía "mira como son competentes", "mira qué organizados", o "mira qué espabilados, qué buena suerte tienen". Lo qué si que consta es que se decía "mirad cómo se aman".

   Y como nos decía el Santo Padre la semana pasada, no dejemos de orar y trabajar por la unión, más allá de esta semana, uniéndonos a la oración y los deseos profundos que el Corazón de Jesús expresaba a sus íntimos momentos antes de su Pasión.
   "Que todos sean uno,
como Tu Padre y yo somos uno.
Yo en ellos y Tu en mi,
que sean perfectamente uno
para que el mundo crea"

martes, 24 de enero de 2012

REGENERADA


   De los días de Ejercicios, he pasado desde hace algún día a los ejercicios de cada día. Y muy naturalmente, puesto que el Señor que me ha estado mimando durante 8 días de intimidad con El, no me deja de su mano, ni me dejará, estoy muy segura. "Sé de quien me he fiado", compartía con mis hermanas al acabar esta experiencia.
  Y puesto que algunos queréis saber cómo me ha ido, y muchos sois los que me habéis encomendado en estos días os voy a decir que la palabra re-ge-ne-ra-da que una de vosotros empleaba al pedirme noticias, sintetiza muy bien esta experiencia de encuentro con el Señor. Yo no dejo de admirarme a cada vez, y yo diría cada vez más, de cómo el Señor nos da a cada momento lo que más necesitamos, unificando de una manera admirable nuestra vida. Nada, que el Señor no deja de sorprendernos, y siempre nos pilla.




   He sido muy sensible a la gratuidad del amor del Señor por mí. Sabe perfectamente lo que soy, sabe de mi fragilidad. Y sin embargo, tantos años de fidelidad, de mimo, de no soltarme a pesar de que yo vaya un poco 'a mi bola'. 
   La predicación del Padre Ibo Bochatay me ha gustado mucho, aunque fuera "en conserva" (es decir gravada). He apreciado su celo misionero contagioso, arraigado en un amor apasionado por Cristo. Un celo al alcance de todos los que están en la retaguardia como de los que están en el frente, porque se trata de testimoniar en toda circunstancia del Amor. ¡Gracias Padre y que el Señor continúe ayudándolo a inflamar las tierras africanas! También la solicitud del acompañamiento espiritual del P. Cueto ha sido muy benéfica.
   ¡Si los hombres supieran lo que ganarían en felicidad, paz, serenidad, sinceridad, Amor dejando varios días las obligaciones cotidianas para dedicarse al Señor, para dejarse amar e iluminar por El! Francamente, nuestro mundo no sería el mismo.

   ¡¡¡Gracias!!!!
   Gracias que no dejo de dar al Señor por su actuación amorosa de cada instante. 
   Pero también gracias a los que habéis colaborado conmigo en esta gracia recibida. Os deseo a todos los que esto leéis, que Jesús os conceda también a vosotros lo antes posible la gracia de retiraros con El, para que vuestras vidas se transformen. Lo que nosotros podemos es bien poca cosa comparado con lo que puede El.
   ¡Que El os bendiga a todos por el Corazón de su Madre amantísima y de San José, la Trinidad de la tierra!

lunes, 23 de enero de 2012

Que todos sean uno


   Queridos hermanos y hermanas!
   Empieza hoy la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos que, desde hace más de un siglo, se celebra cada año por cristianos de todas las Iglesias y comunidades eclesiales, para invocar aquél don extraordinario por el que el mismo Señor Jesús oró durante la Última Cena, antes de su pasión: “Te pido que todos sean uno. Padre, lo mismo que tú estás en mí y yo en ti, que también ellos estén unidos a nosotros, de este modo, el mundo podrá creer que tú me has enviado”.
   La práctica de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos fue introducida en 1908 por el padre Paul Wattson, fundador de una comunidad religiosa anglicana que luego entró en la Iglesia católica. La iniciativa recibió la bendición del papa san Pío X y fue luego promovida por el papa Benedicto XV, que animó su celebración en toda la Iglesia católica con el breve Romanorum Pontificum, del 25 de febrero de 1916.
   El octavario de oración fue desarrollado y perfeccionado en los años treinta del siglo pasado por el padre Paul Couturier de Lyon, que apoyó la oración “por la unidad de la Iglesia como quiere Cristo y conforme a los instrumentos que El quiere”. En sus últimos escritos, el padre Couturier ve tal Semana como un medio que permite a la oración universal de Cristo "entrar y penetrar dentro del Cuerpo cristiano"; debe crecer hasta convertirse en "un inmenso, unánime grito de todo el Pueblo de Dios", que pide a Dios este gran don. Y precisamente en la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, el impulso del Concilio Vaticano II a la búsqueda de la plena comunión entre todos los discípulos de Cristo encuentra cada año una de sus más eficaces expresiones. Esta cita espiritual, que une a cristianos de todas las tradiciones, acrecienta nuestra conciencia del hecho que la unidad hacia la que tendemos no podrá ser sólo el resultado de nuestros esfuerzos, sino que mas bien será un don recibido de lo alto, que hay que pedir siempre.
   Cada año, los materiales para la Semana de Oración los prepara un grupo ecuménico de una diferente parte del mundo. Este año, los textos han sido propuestos por un grupo mixto compuesto por representantes de la Iglesia católica y del Consejo Ecuménico Polaco, que comprende a varias Iglesias y comunidades eclesiales del país. La documentación ha sido luego revisada por una comisión integrada por miembros del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y por la Comisión Fe y Constitución del Consejo Ecuménico de las Iglesias. También este trabajo conjunto en dos etapas es un signo del deseo de unidad que anima a los cristianos y de la conciencia de que la oración es la vía primaria para lograr la plena comunión, para que unidos hacia el Señor andemos hacia la unidad. El tema de la Semana de este año –como hemos oído- está tomado de la I Carta a los Corintios: “Todos seremos transformados por la victoria de nuestro Señor Jesucristo” (cfr 1 Cor 15,51-58), su victoria nos transformará. Y este tema fue sugerido por el amplio grupo ecuménico polaco que he citado, el cual, reflexionando sobre su propia experiencia como país, quiso subrayar lo fuerte que es el apoyo de la fe cristiana en medio de las pruebas y trastornos, como los que caracterizan la historia de Polonia. Tras un amplio debate, fue elegido un tema centrado en el poder transformador de la fe en Cristo, en especial a la luz de la importancia que esta reviste para nuestra oración en favor de la unidad visible de la Iglesia, Cuerpo de Cristo. Inspiran esta reflexión las palabras de san Pablo que, dirigiéndose a la Iglesia de Corinto, habla de la naturaleza temporal de todo lo que pertenece a nuestra vida presente, marcada también por la experiencia de “derrota” del pecado y de la muerte, frente a lo que nos trae la “victoria” de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte en su Misterio pascual
   La historia particular de la nación polaca, que conoció períodos de convivencia democrática y de libertad religiosa, como en el siglo XVI, ha estado marcada, en los últimos siglos, por invasiones y derrotas, pero también por la constante lucha contra la opresión y la sed de libertad. Todo esto ha inducido al grupo ecuménico a reflexionar de manera más profunda sobre el verdadero significado de “victoria” --qué es la victoria- y de “derrota”.   Respecto a la “victoria” entendida en términos triunfalistas, Cristo nos sugiere un camino bien diverso, que no pasa a través del poder y la potencia. De hecho, afirma: "Si uno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el siervo de todos" (Mc 9,35). Cristo habla de una victoria a través del amor que sufre, a través del servicio recíproco, la ayuda, la nueva esperanza y el concreto consuelo dado a los últimos, a los olvidados, a los rechazados. Para todos los cristianos, la más alta expresión de tan humilde servicio es Jesucristo mismo, el don total que hace de Sí mismo, la victoria de su amor sobre la muerte, en la cruz, que resplandece en la luz de la mañana de Pascua. Nosotros podemos tomar parte en esta "victoria" transformadora si nos dejamos transformar por Dios, sólo si realizamos una conversión de nuestra vida y la transformación se realiza en forma de conversión. He aquí el motivo por el que el grupo ecuménico polaco ha considerado especialmente adecuadas para el tema de la propia meditación las palabras de san Pablo: "Todos seremos transformados" por la victoria de Cristo, nuestro Señor" (cfr 1 Cor 15,51-58).
   La plena y visible unidad de los cristianos, que anhelamos, exige que nos dejemos transformar y conformar, de manera cada vez más perfecta, a la imagen de Cristo. La unidad por la que oramos exige una conversión interior, tanto común como personal. No se trata simplemente de cordialidad o de cooperación, es necesario reforzar nuestra fe en Dios, en el Dios de Jesucristo, que nos ha hablado y se ha hecho uno de nosotros; hay que entrar en la nueva vida en Cristo, que es nuestra verdadera y definitiva victoria; hay que abrirse los unos a los otros, tomando todos los elementos de unidad que Dios ha guardado para nosotros y que siempre nuevamente nos da; hay que sentir la urgencia de dar testimonio al hombre de nuestro tiempo del Dios vivo, que se ha dado a conocer en Cristo.
   El Concilio Vaticano II puso la búsqueda ecuménica en el centro de la vida y de la actuación de la Iglesia: "Este santo Concilio exhorta a todos los fieles católicos a que, reconociendo los signos de los tiempos, cooperen diligentemente en la empresa ecuménica" (Unitatis Redintegratio, 4). El beato Juan Pablo II subrayó la naturaleza esencial de tal empeño, diciendo: "Esta unidad, que el Señor dio a su Iglesia y en la cual quiere abrazar a todos, no es accesoria, sino que está en el centro mismo de su obra. No equivale a un atributo secundario de la comunidad de sus discípulos. Pertenece en cambio al ser mismo de la comunidad". (Enc. Ut Unum Sint, 9). La tarea ecuménica es por tanto una responsabilidad de toda la Iglesia y de todos los bautizados, que deben hacer crecer la comunión parcial ya existente entre los cristianos hasta la plena comunión en la verdad y en la caridad. Por tanto, la oración por la unidad no está circunscrita a esta Semana de Oración, sino que debe convertirse en parte integrante de nuestra oración, de la vida orante de todos los cristianos, en todo lugar y en todo tiempo, sobre todo cuando personas de tradiciones diversas se encuentran y trabajan juntas por la victoria, en Cristo, sobre todo lo que es pecado, mal, injusticia, violación de la dignidad del hombre.
   Desde que nació el movimiento ecuménico moderno, hace más de un siglo, siempre hubo una clara conciencia de que la falta de unidad entre los cristianos impide un anuncio más eficaz del Evangelio, porque pone en peligro nuestra credibilidad. ¿Cómo podemos dar testimonio convincente si estamos divididos? Ciertamente, por lo que se refiere a las verdades fundamentales de la fe, es mucho más lo que nos une que lo que nos separa. Pero las divisiones permanecen, y se refieren también a diversas cuestiones prácticas y éticas, suscitando confusión y desconfianza, debilitando nuestra capacidad de transmitir la Palabra salvífica de Cristo. En este sentido, debemos recordar las palabras del beato Juan Pablo II, que en su encíclica Ut Unum Sint habla del daño causado al testimonio cristiano y al anuncio del Evangelio por la falta de unidad (cfr nn. 98, 99). Es este un gran reto para la nueva evangelización, que puede ser más fructífera si todos los cristianos anuncian juntos la verdad del Evangelio de Jesucristo y dan una respuesta común a la sed espiritual de nuestro tiempo.
   El camino de la Iglesia, como el de los pueblos, está en las manos de Cristo resucitado, victorioso sobre la muerte y sobre la injusticia que Él ha soportado y sufrido en nombre de todos. Él nos hace partícipes de su victoria. Sólo Él es capaz de transformarnos y convertirnos, de débiles y titubeantes, en fuertes y valientes para hacer el bien. Sólo Él puede salvarnos de las consecuencias negativas de nuestras divisiones.
    Queridos hermanos y hermanas, invito a todos a unirse en oración de modo más intenso durante esta Semana por la Unidad, para que crezca el testimonio común, la solidaridad y la colaboración entre los cristianos, esperando el día glorioso en el que podamos profesar juntos la fe transmitida por los apóstoles y celebrar juntos los sacramentos de nuestra transformación en Cristo.
   Gracias”

domingo, 22 de enero de 2012

Durante toda mi vida he deseado la Union


   « He recordado al bonísimo Padre Eterno que pensara que aquella oración eran las ansias del Corazón de su Hijo Jesús. Y yo procurando unirme y hacerle constar los afectos de aquel Corazón en los momentos solemnes de su Testamento y rogando … al Señor: sabes que por gracia vuestra, durante toda mi vida, he deseado la unión de las personas… » 


   « He visto que si todos buscamos con amor con amor la gloria de Jesús y no la nuestra, necesariamente ha de venir la unión mutua, tierna, sincerísima, afectuosa. El amor sincero de Jesús, que enternece y enciende los Corazones, no puede producir otra cosa. ¡ Qué hermoso sería y qué divino el mundo! ¡Cómo todo el mundo vería ser esto cosa divina ! »


  « En  la Oración de la unión de todos que he hecho después de bastante rato de dulce unión, muy consolado, entendiendo muchísimo el  Corazón de mi Señor y Padre y de mi Diosecito Jesús en la Cena en la que creería que con tanta ternura  debía llorar, mientras hacía aquella plegaria tan de corazón al Padre, que todos lo apóstoles, como yo hoy lloraba conmovido al contemplarlo y deseando con mucho sentimiento, mucho lo que el Corazón de mi Jesús tanto deseaba y pidiendo al Padre que ya que el Corazón de Jesús tanto lo quería, que lo hiciese; he rogado con mucha ternura por los superiores religiosos, etc. y por los que me habían hecho sufrir, dividiendo, separándose.»
Padre Vallet

viernes, 20 de enero de 2012

ESPIRITUALIDAD DE COMUNION



  El Papa Juan Pablo II en su Carta apostólica "Novo Milenio Ineaunte" (al comienzo del nuevo milenio), nos proponía también una "Espiritualidad de comunión", y esto es aún valido pues aún estamos al comienzo de este milenio:
 
« Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo. 
¿Qué significa todo esto en concreto?  

 
Antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades. 
Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado. 
Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como « uno que me pertenece », para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad.  
 
Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un « don para mí », además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente. 
En fin, espiritualidad de la comunión es saber « dar espacio » al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Ga 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias. No nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento».

 

   Sin esta visión de fe, a menudo las relaciones degeneran en conflictos. Si dejamos de ver a Cristo en aquellos que nos rodean las relaciones se convierten en insoportables decía Madre Teresa.

miércoles, 18 de enero de 2012

ORAR POR LA UNION

   Comenzamos hoy la semana de oración por la unidad de los cristianos que para nosotros es un momento importante del año. La razón es sencilla:
   La espiritualidad de la "Union" era el gran ideal de nuestro Fundador el P. Vallet, que había tantas veces contemplado a Jesús en el capítulo 17 de san Juan, en su Discurso después de la Cena, en donde Jesús suplicaba a su Padre de mantener en la unidad a aquellos que creerían en él por la predicación de los Apóstoles.
   El Corazón de Jesús parecía ver dolorosamente cómo el espíritu del mal intentaría destruir su obra de salvación sembrando la cizaña de la división. Esto no tardó mucho en constatarse en la Iglesia y ... esto continua. 

   La Union y la comunión son un tesoro a conservar y desarrollar. el Corazón del Padre Vallet vibraba al unísono del Corazón de Jesús en este punto particular.
   Quiso que en nuestras comunidades rezáramos cada día explicitamente por la unión, una oración que quiso componer él mismo y que nos permite de unirnos a Jesús en el Cenáculo cuando rezaba para que "todos sean UNO"

   Entre la multitud de textos que hacen alusión a ello he aquí uno escrito en diciembre del 1927:
   « La unión más tierna e íntima me ha venido al hacer la oración por la unión de todos en uno. Durante esta gracia de unión entendía los afectos del Corazón de mi Jesús en la Ultima Cena, y la benevolencia y amor con que el Padre me la aceptaba por la unión con la de Jesús y por ser las ansias de Jesús. … He comprendido que agradaba mucho al Padre por Jesucristo y su Corazón de una muy íntima unión con la Iglesia... con las otras Congregaciones... de todos los católicos y de los pobrecitos disidentes,  de toda clase separados de la Iglesia ».

viernes, 13 de enero de 2012

Entro en el silencio...

   Por unos días el blog va a permanecer en silencio.
   La encargada de esta misión comienza esta noche sus Ejercicios Espirituales, bien merecidos después de un año bien movido e intenso. Los realizaré en nuestra comunidad de Francia junto con otra hermana y con el acompañamiento espiritual del P. Cueto que ha reemprendido en Chabeuil su labor de escribir la vida del P. Vallet.
   Los comienzo con gran alegria de este encuentro mas profundo con el Señor que no me decepcionara. segura que el silencio es el gran altavoz de Dios.
   Me atrevo a mendigaros vuestra oración para que nos abramos plenamente al deseo de Dios en nuestras vidas, para que nuestro Corazón bata al unísono con el Suyo.
   Os permanezco muy unida y os llevo conmigo al desierto en mi oración, cualquiera que seas y desde donde abras este modesto blog.
  ¡Que el Señor os bendiga!

jueves, 12 de enero de 2012

La oracion de Jesùs en la Ultima Cena


Queridos hermanos y hermanas,
En nuestro camino de reflexión sobre la oración de Jesús, presentada en los Evangelios, me gustaría meditar hoy sobre el momento, muy solemne, de su oración en la Última Cena.


Además, justo en los días en que se estaba preparando para despedirse de los discípulos, la vida del pueblo estaba marcada por la proximidad de la Pascua, es decir, del recuerdo de la liberación de Israel de Egipto. Esta liberación, experimentada en el pasado y esperada de nuevo en el presente y en el futuro, tomaba vida en las celebraciones familiares de la Pascua. La Última Cena se enmarca en este contexto, pero con una novedad de fondo. Jesús mira su Pasión, Muerte y Resurrección, siendo plenamente consciente. Él quiere vivir esta Cena con sus discípulos, con un carácter totalmente especial y diferente de los otros convites; es su Cena, en la cual ofrece Algo totalmente nuevo: a Él mismo. De este modo, Jesús celebra su Pascua, anticipa su Cruz y su Resurrección.


Esta novedad se refleja en la historia de la Última Cena del Evangelio de Juan, el cual no la describe como la Pascua, justamente porque Jesús quiere inaugurar algo nuevo, celebrar su Pascua, relacionada sí, con los acontecimientos del Éxodo. Y para Juan, Jesús murió en la cruz en el momento mismo en que, en el templo de Jerusalén, los corderos de la Pascua estaban siendo inmolados.
Entonces, ¿cuál es el meollo de esta cena? Lo son aquellos gestos de la fracción del pan, de distribuirlo a los suyos y de compartir el cáliz del vino con las palabras que los acompañan, y en el contexto de la oración en la que se insertan: es la institución de la Eucaristía, es la gran oración de Jesús y de la Iglesia. Pero veamos más de cerca este momento.
En primer lugar, las tradiciones neotestamentarias de la institución de la Eucaristía (cf. 1 Co. 11:23-25, Lc. 22, 14-20, Mc.14:22-25, Mt. 26:26-29), indicando la oración que introduce los gestos y las palabras de Jesús sobre el pan y el vino, usan dos verbos paralelos y complementarios. Pablo y Lucas hablan de eucaristía/acción de gracias: "tomó pan, dio gracias, lo partió y lo dio" (Lucas 22:19). Marcos y Mateo, en vez, subrayan el aspecto de elogio/bendición: "tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio" (Mc 14:22). En ambos, los términos griegos eucaristeìn y eulogeìn se refieren a la berakha hebrea, que es la gran oración de acción de gracias y bendición de la tradición de Israel, que marcaba el inicio de las grandes fiestas. Las dos diversas palabras griegas indican las dos direcciones intrínsecas y complementarias de esta oración. La berakha, de hecho, es ante todo acción de gracias y alabanza que se eleva a Dios por el don recibido: la Última Cena de Jesús, este es el pan --elaborado a partir del trigo que Dios hace germinar y crecer de la tierra--, y del vino producido a partir del fruto madurado sobre la vid. Esta oración de alabanza y acción de gracias que se eleva a Dios, vuelve como una bendición, que viene de Dios sobre el don y lo enriquece. Dar gracias, alabar a Dios se vuelve así una bendición y la ofrenda dada a Dios retorna al hombre bendecida por el Todopoderoso. Las palabras de la institución de la Eucaristía se sitúan en este contexto de oración: en ellas, la alabanza y la bendición de la berakhase vuelven bendición y transformación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús.
Antes de las palabras de la institución vienen los gestos: aquello de la fracción del pan y del ofertorio del vino. Quien parte el pan y pasa la copa es sobre todo el cabeza de familia, que acoge en su mesa a los familiares, pero estos gestos son también los de la hospitalidad, de la acogida a la comunión cordial con los extranjeros, que no forman parte de la casa. Estos mismos gestos, en la cena con la que Jesús se despidió, adquieren una profundidad del todo nueva: Él da una señal visible de acogida a la mesa en la cual Dios se da. Jesús en el pan y en el vino se ofrece y se transmite a Sí mismo.
Pero, ¿cómo se puede realizar esto? ¿Cómo puede Jesús darse, en aquel momento, a Sí mismo? Jesús sabe que la vida está por serle quitada a través del tormento de la cruz --la pena de muerte de los hombres que no son libres--, aquella que Cicerón definió la mors turpissima crucis. Con el don del pan y del vino que ofrece en la Última Cena, Jesús anticipa su muerte y resurrección realizando aquello que había dicho en el discurso del Buen Pastor: "Yo doy mi vida para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita: yo la doy. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo. Este es el mandato que he recibido de mi Padre" (Jn 10:17-18). Por lo tanto Él ofrece de antemano la vida que le será quitada y de este modo transforma su muerte violenta en un acto libre de donación de sí para los demás y a los demás. La violencia se convierte en un sacrificio activo, libre y redentor.


Una vez más en la oración, iniciada según las formas rituales de la tradición bíblica, Jesús revela su identidad y su voluntad de cumplir totalmente su misión de amor total, de ofrenda en obediencia a la voluntad del Padre. La profunda originalidad del don de sí a los suyos, a través del memorial eucarístico, es la culminación de la oración que marca la cena de despedida con ellos. Al contemplar los gestos y las palabras de Jesús esa noche, vemos claramente que la relación íntima y constante con el Padre es el lugar donde Él realiza el gesto de dejar a los suyos, y a cada uno de nosotros, el Sacramento del amor, el"Sacramentum Caritatis". Dos veces en la Última Cena resuenan las palabras: "Hagan esto en memoria mía" (1 Cor. 11, 24.25). Con el don de Sí mismo, Él celebra su Pascua, convirtiéndose en el verdadero Cordero que lleva a cumplimiento todo el antiguo culto. Esta es la razón por la que San Pablo, hablando a los cristianos de Corinto afirma: "Cristo, nuestra Pascua, [nuestro Cordero pascual!], ha sido inmolado. Así que, celebramos la fiesta... con panes ázimos de sinceridad y verdad" (1 Cor 5,7-8).
El evangelista Lucas ha conservado un valioso elemento adicional de los acontecimientos de la Última Cena, que nos permite ver la profundidad conmovedora de la oración de Jesús por los suyos aquella noche, la atención por cada uno. Iniciando con la oración de acción de gracias y de bendición, Jesús añade al don de la Eucaristía, el don de Sí mismo, y, al mismo tiempo que da esta realidad sacramental decisiva, se dirige a Pedro. Al final de la cena, le dijo: "Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido el poder cribaros como trigo, pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos" (Lucas 22:31-32). La oración de Jesús cuando se acerca la prueba también para sus discípulos, los sostiene en su debilidad, en sus esfuerzos por comprender que el camino de Dios pasa a través del Misterio pascual de la muerte y resurrección, anticipado en la ofrenda del pan y del vino. La Eucaristía es el alimento de los peregrinos que se convierte en fuerza también para el que está cansado, agotado y desorientado. Y la oración es sobre todo para Pedro, para que una vez convertido, confirme a sus hermanos en la fe. El evangelista Lucas recuerda que fue justo la mirada de Jesús la que buscó el rostro de Pedro en el momento en que este acababa de realizar su triple negación, para darle la fuerza de continuar su camino detrás de Él: "En aquel mismo momento, mientras que aún estaba hablando, cantó un gallo. El Señor se volvió y miró a Pedro. Recordó Pedro las palabras que le había dicho el Señor"(Lc 22,60-61).

Queridos hermanos y hermanas, participando de la Eucaristía, vivimos de una manera extraordinaria la oración que Jesús ha hecho y hace continuamente por cada uno, a fin de que el mal, que todos enfrentamos en la vida, no logre vencer, y actúe así en nosotros el poder transformador de la muerte y resurrección de Cristo. En la Eucaristía, la Iglesia responde a la indicación de Jesús: "Hagan esto en memoria mía" (Lc 22,19; cf 1 Co 11, 24-26.); repite la oración de acción de gracias y de bendición, y con ella, las palabras de la transustanciación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Nuestras Eucaristías se realizan en ese momento de oración, en un unirnos siempre y de nuevo a la oración de Jesús. Desde el principio, la Iglesia ha comprendido las palabras de la consagración como parte de la oración realizada junto a Jesús; como una parte central de la alabanza llena de gratitud, a través de la cual el fruto de la tierra y del trabajo del hombre, nos viene nuevamente donados como cuerpo y sangre de Jesús, como auto donación de Dios mismo en el amor acogedor del Hijo (cf. Jesús de Nazaret, II, p. 146.). Participando en la Eucaristía, nutriéndonose de la Carne y la Sangre del Hijo de Dios, unimos nuestras oraciones a la del Cordero Pascual en la noche suprema, para que nuestra vida no se pierda, a pesar de nuestra debilidad y de nuestras infidelidades, sino que sea transformada.
Queridos amigos, pidamos al Señor que, después de habernos preparado debidamente, también con el Sacramento de la Penitencia, nuestra participación en su Eucaristía, que es esencial para la vida cristiana, sea siempre el punto más alto de todas nuestras oraciones. Pidamos que, unidos profundamente en su propia ofrenda al Padre, también nosotros podemos transformar nuestras cruces en sacrificio, libre y responsable, del amor a Dios y a los hermanos. Gracias.