sábado, 20 de agosto de 2016

QUE DELICIAS TAN DELICADAS, QUE DELEITES TAN PUROS....


Cuando en la Iglesia saludamos a María como causa de nuestra alegría y como consuelo de los afligidos, no exageramos; expresamos sencillamente lo que es muy cierto e indudable. Su pureza inmaculada y su dignidad de Madre de Dios encierran por sí solas un tesoro de alegrías, del orden más elevado. De estas entrañas insondables brota límpido como el cristal, y en exclamaciones de alborozo sube al cielo el surtidor del Magníficat.
El que María sea también la Madre dolorosa, en nada altera ni disminuye el caudal de alegrías; al contrario, esto la dispone mejor para ser consuelo del triste y el regocijo de la humanidad doliente.


¡Qué delicias tan delicadas, qué deleites tan puros, que alegrías tan dulces engendra el trato filial con esta Madre en la vida del cristiano!
De ello no puede tener idea quien desconozca y menosprecie este trato.

Paul W. von Keppler





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