sábado, 15 de octubre de 2016

MARÍA NOS INVITA A LA SANTIDAD


“Armados de tantos y tan saludables medios, todos los cristianos de cualquier condición o estado son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de la santidad por la cual es perfecto el propio Padre”. (Concilio Vaticano II, 31) “Sed santos como Vuestro Padre del Cielo es Santo” (Mt 5,48). ¡He aquí el llamamiento universal! Y para corresponder a esta vocación primera debemos, en cumplimiento de la Santa Voluntad de Dios, llegar a la perfección cristiana en todos nuestros pensamientos, palabras y acciones. Lo que el Señor nos pide no debe contrariar ni entristecer nuestro corazón, por el contrario, como respuesta de amor para con Él, debemos estar inmersos en un estado de paz, alegría y felicidad, ya aquí en la tierra, en oposición al espíritu del mundo. Volvernos santos, siguiendo los deseos de Dios, se traduce en el mayor bien que podemos hacer a la humanidad, pues “un alma que se eleva, eleva al mundo”. Infelizmente nos ocupamos con nuestras pasiones mundanas y exageramos el cuidado con lo que es pasajero, oscureciendo el sentido real de la vida… ¡Fuimos creados para el Cielo! Todo lo que emprendemos en esta tierra (que es pasajera) debe ser una prueba de que servimos sólo a Dios y no al mundo, con lo que tiene de efímero y vacío, como el poder, el dinero, la moda, los bienes materiales y de lujo, el culto desmedido a la belleza, etc… Lo que se convierte en obstáculo para la santificación es el apego a las malas inclinaciones y deseos y, también, la excesiva dependencia de los consuelos humanos. 

El trabajo que emprendemos para la conquista de la santidad es árduo, mas Dios viene siempre en auxilio de aquellos que luchan y esperan en su Gracia. Se vuelve muy difícil, en los tiempos actuales, donde somos abandonados a nuestras propias fuerzas, vivir la santidad a la que fuimos llamados. 

Para conseguir tan gran merced, Dios nos dio a María, su Madre Santísima, como atajo bendito, y guía seguro para la eternidad. La Virgen María es el modelo de santidad que supera todos los otros, siguiéndola no nos perderemos. Como Madre, Nuestra Señora nos acompaña desde el nacimiento hasta que alcanzamos la “perfecta estatura de Cristo” (Ef 6,13); después, su mayor preocupación es la misión de formar santos, conformándonos con su Hijo Jesús. Por tanto, siendo nuestra santificación acción de Dios, (juntamente con nuestra correspondencia) no huyamos de esta mediadora y Madre de todas las gracias. Sólo hallaremos la Gracia si encontramos a María, porque: - Sólo Ella encontró la Gracia de Dios para Sí y para cada uno de nosotros. “Alégrate ¡oh llena de Gracia, el Señor es contigo! (Lc 1,28); - A Ella, debe el Autor de todas las gracias, su ser y su vida; “He aquí que concebirás y darás a luz un Hijo, y le pondrás por nombre Jesús” (Lc 1,31); - Dios Padre, dándole su Hijo le dio a Ella todas las Gracias. “Por eso el Santo Ser que nacerá de Ti será llamado Hijo de Dios” (Lc 1,35); - Dios la escogió como tesorera, ecónoma y dispensadora de todas las gracias. “Dijo entonces su Madre a los sirvientes: Haced todo lo que Él os diga”. (Jo 2,5); - Así como en el orden natural tenemos padre y madre, en el orden de la Gracia, también tenemos que tener a Dios por Padre y a María por 18 Madre. “Jesús y Teresa son hijos de la misma Madre… en nuestra feliz condición es nuestro feliz deber imitar a Jesús con todo nuestro ser, ser hijo de María” (Santa Teresita del Niño Jesús); - María recibió de Dios un particular dominio sobre las almas para alimentarlas y hacerlas crecer en Él. “El alma perfecta es tal, solamente por medio de María” (San Bernardino de Siena); - “María es en verdad el molde divino para hacer santos.” (San Agustín). Para vencer todas las dificultades, que nos presenta el camino de santificación, es necesario encontrarnos a la Virgen María. Es en Ella en la que obtendremos la abundancia de gracias. Y eso sólo acontecerá cuando le profesemos una perfecta devoción; devoción esta que “procede de la verdadera fe que nos lleva a reconocer la excelencia de la Madre de Dios y nos incita a un amor filial con nuestra Madre a imitación de sus virtudes” (Concilio Vaticano II).

Extracto del libro:  "Ejercicios Espirituales para la total consagración a la Santísima Virgen"
Según el método de San Luis María Grignion de Montfort.


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