domingo, 10 de julio de 2016

...... Y AL PRÓJIMO COMO A TI MISMO.

Queridos hermanos y hermanas,

Todos nosotros somos personas que queremos amar y que amamos, y nos esforzamos en hacerlo. Pero, hoy, Jesús con la parábola que nos ha explicado nos interpela con dos temas principales, pone dos dedos en dos llagas, que quiere decir que nos toca, dos veces, allá donde nos hace daño.

El primer tema. La Ley de Dios dice: “Amarás al Señor, tu Dios…, Y al prójimo como a ti mismo”. Y el maestro de la Ley pregunta a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?”. . A veces, interpretamos la palabra “prójimo” como “cercano”, como aquel que tenemos cerca. Y no es así. Prójimo no se puede asimilar a “cercano”.

Es muy fácil amar a los hijos, a los nietos, a los sobrinos. También hay malas personas que aman a  sus hijos, a sus nietos, a sus sobrinos.

Según la parábola, el otro a quien he de amar no es el que está cerca, sino el que te necesita. ¡Esto implica un cambio de visión! ¡Conversión!

Toda persona por el hecho de ser persona está llamada a amar a los hijos, a los nietos, y sobrinos, pero, nosotros, los cristianos, a esto le añadimos que hemos de amar a quien nos necesita.

Por esto, decía que la parábola pone el dedo allá donde hace daño: ¿Quizás nosotros nos conformamos en amar sólo a los nuestros? ¿No tendremos, quizás, una visión muy reductiva de a quién hemos de amar?

El otro, según Jesús, ya no es el que forma parte de  tu familia, de tu clan, de tu religión, de tu club de amigos. El otro, es quien te necesita. El otro, es el refugiado (que aunque no salgan en los mass media, su problema continúa), el parado, el inmigrante, sea de donde sea. El prójimo otro, es quien te necesita. ¿Quién te necesita?, ¿quién es este otro que te necesita?...

El segundo tema donde Jesús nos toca allá donde duele,  concuerda con el primero. Vemos que en la parábola, un sacerdote y un levita (la tribu de los levitas eran los que se encargaban de cuidar el templo). Por tanto, dos personas religiosas dan un rodeo y pasan de largo. ¿Conocían la Ley de Dios: “ama al prójimo como a ti mismo”? ¡¡Claro que sí!! ¿Por qué no hicieron nada? Porque es más cómodo no hacer nada. Porque eso supondría alterar sus planes. Porque en su corazón no  entró la miseria del otro. Así me gusta definir la misericordia... Dicho de otra manera, no se compadecieron. En estas dos figuras que Jesús hace aparecer en esta parábola nos podemos ver todos reflejados. Ante los que nos necesitan no hacemos nada porque es más cómodo, porque supone alterar  nuestros planes, porque su miseria no entra en nuestros corazones endurecidos por el materialismo.



Decía el Papa Francisco en Lampedusa: “La cultura del bienestar, que nos lleva a pensar en nosotros mismos, nos vuelve insensibles a los gritos de los demás, nos hace vivir en pompas de jabón, que son bellas, pero no son nada, son la ilusión de lo fútil, de lo provisorio, que lleva a la indiferencia hacia los demás, es más lleva a la globalización de la indiferencia”.

Última idea: ¿cuál fue el motor que llevó al Samaritano a actuar?: la compasión. “Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo, se compadeció”. Otra vez la compasión, siempre aparece la compasión. El verbo más asociado a la persona de Jesús. Siempre se está compadeciendo y los personajes de sus parábolas también se compadecen.

Y para que quede aún más clara la respuesta del maestro de la Ley a la pregunta de Jesús, va también en este sentido. “¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos? Él contestó: “El que se compadeció”...

Y cuando Jesús le dice: “Anda, haz tú lo mismo”. Convierte la compasión en el criterio de actuación de sus seguidores. ¡¡A ti te lo dice!!


Resumiendo: la parábola nos habla de un amor que va más allá de los cercanos, de los nuestros: amar a quien nos necesita. Y que esto no es fácil. Es necesario que la compasión se convierta en motor de nuestros actos. Amén. 

Francesc Jordana


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