miércoles, 27 de julio de 2016

LA ORACIÓN ES GARANTÍA DE CONVERSIÓN

La asociación a Jesucristo en la Pasión de su Cuerpo Místico pasa por la solidaridad con nuestros sacerdotes en el orden de la gracia. Nuestras oraciones y sacrificios por ellos deben ser los pilares de su fortaleza. Hay que decirles la verdad sin tapujos, animarles, alentarles, pero sobre todo rezar sin desmayo por ellos.


Quienes piensan que el llamamiento a la oración y la conversión, como  impulso jubilar de la Misericordia, es un mero capricho ineficaz, no sólo se equivocan, sino que se colocan en la vía de la impotencia y del desastre. La Pasión de la Iglesia (CIC, 677) como Cuerpo Místico de Jesucristo, ni se atraviesa ni se impide con demostraciones humanas – cortando las orejas a los sicarios del Sanedrín (Lc 22, 56) – sino que se afronta por la gracia, en comunión con nuestra Madre María y con el discípulo amado: ellos esperan de nosotros la defensa de los pastores fieles y de la Eucaristía.
El poder de la oración en este momento es decisivo. De ella depende, nada menos, el mayor o menor grado de purificación del mundo y de la Iglesia. Sin oración, el seguimiento del Señor se hace impracticable.


La oración es garantía permanente de la conversión; porque la conversión no concluye con una mera actitud de fe, sino que exige el esfuerzo sostenido de acercamiento a Jesús, que puede malograrse por dificultades y asechanzas, en el momento mismo en que la oración flaquee. Estar hoy con Jesús es seguir y sostener a los sacerdotes que  le representan, camino del Calvario: algo imposible para las fuerzas humanas. Por eso hay que insistir en la naturaleza especial y crítica de nuestro momento histórico, avisando que los que no aceptan la realidad escatológica corren grave peligro por muchas que sean sus cualidades espirituales e intelectuales. Por muy profunda que sea su ortodoxia doctrinal. La aceptación del momento, y el conocimiento de sus exigencias, es la base indispensable para cualquier perseverancia (Mt 24, 13).


La conversión es pues, también, un reto, especialmente para quienes la predicamos mientras permanecemos apocados, o todavía remisos a vivirla con todas sus consecuencias. ¡Aprovechemos la Misericordia! ¡Aprovechemos la ayuda materna! Sin esta ayuda de María, volcada con nosotros, habría muy poco que hacer…


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