Cuestión del sentido

  Y, ¿Qué hay del otro lado? ¿Qué nos espera después de morir? Este es uno de los miedos más naturales de nuestra existencia: la muerte. Pero antes de entrar de lleno en este misterio – por el cual todos vamos a pasar – quiero detenerme en un fragmento de una conversación que nos ofrece importantes elementos apostólicos: El paciente pregunta con marcada angustia si es que el doctor conoce lo que sucede después de la muerte. Se lo pregunta con una sed anhelante de esperanza y; al no encontrar una respuesta satisfactoria, el paciente se indigna ante la ignorancia del doctor como cristiano…

¿Cuántas veces hemos estado nosotros en una situación parecida? ¿Cuántas veces hemos acudido a alguien más avanzado en la fe y nos ha dejado insatisfechos? O peor aún, ¿Cuántas veces han venido personas a nosotros, apelando a nuestro conocimiento en la fe, a pedir consejo o a cuestionar la fe que practicamos? ¿Hemos estado preparados? ¿Hemos honrado a Dios con nuestra respuesta? San Pedro, en su primera carta, nos la pone clara: “…y siempre estén dispuestos para dar una respuesta acertada al que les pide cuenta de su esperanza. Pero háganlo con sencillez y deferencia” (1 P 3, 15).
Estar preparados y tener una respuesta acertada implica detenerse a pensar en lo que creemos, implica tomar una postura ya no de espectador sino de protagonista en nuestra vida de fe, implica dejar de ser indiferentes a esa parte “escondida” de nuestra vida.

Ahora bien, si es que hemos tomado en serio nuestra responsabilidad veremos cómo, poco a poco, las prioridades en nuestra vida van tomando el orden correcto, en el cual siempre Dios va primero. Al ser esto así, no podemos tener ya miedo de ir hacia Él a la hora que nos llame a nuestra verdadera Patria celestial. El cristiano que une su propia muerte a la de Jesús ve la muerte como una ida hacia Él y la entrada en la vida eterna (CIC 1020).

El cristiano que une su propia muerte a la de Jesús ve la muerte como una ida hacia Él y la entrada en la vida eterna (CIC 1020)

Es cierto, sin embargo, que en el plano natural, la idea de morir nos genere miedo. Este miedo es incluso útil al ser humano como especie porque fomenta nuestro instinto de preservación. Sin embargo, como hijos de Dios, nuestra naturaleza va más allá de la biología.
Como cristianos, la muerte, consecuencia del pecado, no es más que el final de la vida terrena. Al haber Cristo vencido a la muerte, ésta posee un sentido positivo: “Para mí, la vida es Cristo y morir una ganancia” (Flp 1, 21). “Es cierta esta afirmación: si hemos muerto con Él, también viviremos con Él” (2 Tm 2, 11). Ciertamente, la obediencia de Jesús transformó la maldición de la muerte en bendición (CIC 1007 – 1010). Al haber resucitado y subido hacia el Padre, Cristo nos abre el camino a nuestra Casa, la cual no se sitúa arriba de nosotros, sino en Dios…

Hemos de recordar, asimismo, una de las aseveraciones más firmes de Jesús en cuanto al Cielo y a lo que nos espera si es que decidimos vivir y morir con Él: “En la casa de mi Padre, hay muchas mansiones, y voy allá a prepararles un lugar (si no fuera así, se los habría dicho). Pero, si me voy a prepararles un lugar, es que volveré y los llevaré junto a mí, para que donde yo estoy, estén también ustedes” (Jn 14, 2-3). ¡Qué promesa tan grande! Jesús, Hijo del Dios vivo, nos afirma que hay muchas mansiones, es decir, ¡hay suficiente lugar para todos! e incluso se toma la molestia de hacer la aclaración que si no fuera así, nos lo hubiera dicho. Más aun, termina diciendo algo que refleja el infinito y perfecto amor de Dios a los hombres…nos dice que volverá y nos llevará para que donde Él esté, estemos también nosotros. ¿No es ésa acaso una muestra del verdadero amor: anhelar y lograr estar ahí donde nuestro Amado está?

Personalmente, creo que el mayor miedo a la muerte viene del miedo de no ir hacia Dios y condenarse. Pero debemos tener en claro que Dios no predestina a nadie a ir al infierno; para que eso suceda es necesaria una aversión voluntaria hacia Dios (un pecado mortal) y persistir en él hasta el final (CIC 1037). “Dios no quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión” (2 P 3, 9). ¿Y si Dios no quiere que nadie se condene, por qué hay almas que van al infierno? Porque no es Dios quien las condena, sino es la propia alma que decide su destino final. Si hemos vivido una vida sin Dios en la Tierra, es muy probable que nuestra alma no tienda hacia Él a la hora de la muerte. Puede ser que el haber vivido sin Él no haya sido motivado por malas intenciones necesariamente, sino tal vez por desidia o distracciones de la vida, el dejar estos temas “para después”. Es por esto que Jesús nos dice: “Permanezced DESPIERTOS, pues nadie sabe el día ni la hora” (Mt 25, 13).

En definitiva, hemos de tener en claro que hemos sido destinados a vivir con nuestro Señor, con Aquél quien es el Amado de nuestra alma por toda la eternidad. Como vemos en la parte final del video, no debemos tener miedo de ir a la Casa de nuestro Padre ¡Es ése nuestro llamado y por eso Jesús nos dio la salvación! A nosotros, ahora, nos toca decidir tomar esa salvación o no, recordando que la conversión es esencialmente elegir a Dios cada día, todos los días, todos los días, TODOS los días.
Finalmente, comparto aquí un fragmento de la oración que se hace durante el Rito de la Unción de los Enfermos porque creo que nos da una dulce seguridad y pone en perspectiva a dónde hemos sido llamados y dónde es que se encuentra nuestro destino y morada final:
Alma cristiana, al salir de este mundo, marcha en el nombre de Dios Padre Todopoderoso que te creó, en el nombre de Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que murió por ti, en el nombre del Espíritu Santo, que sobre ti descendió. Entra en el lugar de la paz y que tu morada esté junto a Dios en Sión, la ciudad santa, con Santa María Virgen, Madre de Dios, con san José y todos los ángeles y santos [...] Te entrego a Dios, y, como criatura suya, te pongo en sus manos, pues es tu Hacedor, que te formó del polvo de la tierra. Y al dejar esta vida, salgan a tu encuentro la Virgen María y todos los ángeles y santos [...] Que puedas contemplar cara a cara a tu Redentor» (Rito de la Unción de Enfermos y de su cuidado pastoral, Orden de recomendación de moribundos, 146-147).

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