domingo, 6 de noviembre de 2016

MUERTOS, ENTERRADOS Y YA SE HA ACABADO TODO??

Queridos hermanos y hermanas,

El materialismo marxista dice que como que el hombre no soporta su finitud, el límite, entonces se inventa la religión para tranquilizarse, para no sentirse tan desvalido (la religión como opio para el pueblo).

El materialismo liberal dice que no hay nada después de la muerte. Por tanto, se ha de disfrutar el máximo, aquí en la tierra, se han de buscar placeres porque en ellos encontraremos la “felicidad” (el hedonismo sustituto de la religión).

Para nosotros, no es el miedo a la muerte lo que nos hace creer en la resurrección, sino dos cosas:

a) La urgencia de la vida, la vida que hemos vivido reclama, un sentido, una proyección, una transcendencia. Me explico: Imaginad que todas las tareas hechas durante la vida, todo el amor abocado en la tierra, a los padres, hermanos, amigos, a los hijos, a los nietos, todo lo que hemos hecho, todos los proyectos desarrollados, todas las ilusiones, todas las esperanzas, todas las dificultades superadas... Imaginad que todo esto acaba en nada. No hay nada al final del camino. El vacío lo acabará devorando todo. A parte de ser triste, desmotivador y desesperanzador, suena raro. Nuestra vida no apunta hacia el vacío, sino hacia el sentido, la plenitud, la proyección...

b) No es el miedo lo que nos hace creer en la resurrección, sino, y esta es la segunda cosa, Jesucristo. Nosotros creemos en la resurrección, en la vida eterna, por Jesucristo. Porque Él habló reiteradamente de la vida eterna, hoy tenemos un ejemplo, y porque Él resucitó, de la cual cosa hay numerosos signos de razonabilidad, que habitualmente os expongo el primer domingo de Pascua.

Qué manera de contestar tan contundente y clara de Jesús ante la cuestión trampa que le ponen los saduceos. “Y que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza... No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos”.

Nos tendríamos que repetir esta expresión: “No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos”, y que fuera entrando en nosotros. Encuentro que, demasiadas veces, hablamos de los difuntos como si estuvieran muertos y ya está. Muertos, enterrados, y ya se ha acabado todo. Cristianamente hablando no hay muertos, somos inmortales. ¡¡No morimos!! ¡¡Pasamos a otra vida!!

Quizás, lo que ahora diré es demasiado atrevido: si cuando pensamos en un familiar difunto, no reciente, lo que pesa más es el dolor, es que no hemos acabado de entender que Dios es un Dios de vivos. Hemos de experimentar la alegría por la vida que nuestro familiar posee plenamente.

Vale la pena también destacar la respuesta al salmo: “Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor”. Este despertarnos se refiere a nuestra resurrección, donde nos saciaremos de la presencia de Dios. Aquí en la tierra nunca nos sentimos llenos del todo, en el cielo,  nuestros familiares difuntos han quedado saciados, llenos, de Dios. ¡Sus anhelos más profundos, totalmente saciados! ¡¡Fantástico!!


La imagen habitual con la que se dibuja la esperanza en la vida eterna es una ancla. Imagen que nos viene de San Pablo (He 6,19). Esta ancla nos dice que estamos anclados en la vida eterna y, hacia allí vamos. Y hemos de estar bien cogidos a la cuerda del ancla, a pesar de los momentos de tormenta, para no perder el rumbo de nuestra vida. Pase lo que pase, no olvidar esta esperanza, que ayuda a guiar la nave de  nuestra vida.

Que esta eucaristía nos ayude a estar firmemente anclados en la vida eterna, porque Dios es un Dios de vivos y no de muertos.

Francesc Jordana





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