lunes, 1 de mayo de 2017

MARÍA Y LA GRANDEZA DE LO PEQUEÑO



Seguro que hemos oído muchas veces que María es nuestra Madre, pero quizá no hemos reflexionado suficientemente sobre el significado de esa expresión.
Jesús, en la cruz, en el extremo de su agonía, le dijo a María: “Madre, he ahí a tu Hijo”. Se refería a San Juan Evangelista, pero con él iba incluida toda la humanidad. ¿Cómo se sintió María al oír esas palabras mientras veía agonizar a su hijo infinitamente amado, Nuestro Señor Jesucristo? Seguimos aquí las reflexiones del P. Ildefonso Rodríguez, rector en los años 40 del Santuario Nacional de la Gran Promesa de Valladolid, España, en su excelente libro Meditaciones sobre la Santísima Virgen.
Seguramente esa frase de Jesús le causó un nuevo y agudo dolor por si fuera poco lo que ya estaba sufriendo. Juan era un discípulo fiel y leal, pero no era obviamente el Maestro, Jesucristo. Vio que junto a Juan se le daba por hijos a toda la humanidad, llena de individuos cobardes y egoístas. Sin duda por un momento se debió sentir profundamente humillada ante ese intercambio de hijos tan triste para Ella.
Pero era la voluntad de Dios y ni por un instante dudó en aceptarla. Llena de amor hacia nosotros, la perspectiva de saber que en el futuro muchos seres humanos salvarían sus almas, reconociendo y honrando el sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo, debió ser su único consuelo en el terrible momento de ver morir a su Hijo.
Tengamos siempre presente que nunca estamos solos porque en María tenemos una Madre que siempre vela por nosotros y que sólo quiere que le devolvamos una parte del inmenso amor que siente por nosotros. Hagámoslo y Ella vendrá a nuestro auxilio en el momento de la muerte, cuando todos nos hayan abandonado.
San Luis María Grignon de Monfort, autor de la clásica obra el Tratado de la verdadera devoción, nos proporciona una importante clave en el amor a María. Que nos acordemos de ofrecer a María todo lo que hagamos, incluso las cosas más pequeñas. Esto tendrá un extraordinario valor.
Nuestras obras ciertamente valen bien poco porque tenemos una fuerte inclinación al pecado y la mayoría de las veces no tienen la suficiente rectitud de intención. Sin embargo, si esas pobres obras, se las presentamos a través de María, que no tiene mácula de pecado, Ella se las presentará a Dios y le serán mucho más gratas en virtud del gran amor que tiene Dios a María, su criatura predilecta. María es llamada abogada y refugio de los pecadores.
De la misma forma que tener audiencia con un rey es algo muy difícil pero en cambio si somos amigos de la reina todo es mucho más fácil.
Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestro auxilio, haya sido desamparado.
Animado por esta confianza, a Vos acudo, Madre, Virgen de las vírgenes, y gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante Vos.
Madre de Dios, no desechéis mis súplicas, antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente. Amén.
Grandeza de lo pequeño
Este es uno de los engaños más funestos de la vida espiritual, nos explica el padre Rodríguez Villar Despreciar algunas cosas y no darles importancia porque las creemos pequeñas. Pensamos que no valen para nada ¡Qué bien explota este engaño el demonio!
Todos los santos deben su grandeza a un conjunto de pequeñeces que ellos supieron admirablemente aprovechar. Al contrario todas las grandes caídas han tenido su origen en cosas pequeñas e insignificantes que pasaban inadvertidas al principio. Pero esta comprobado y es de fe que “el que desprecia lo pequeño, poco a poco caerá”.
Será este conjunto de pequeñeces el que labrará nuestra felicidad o nuestra ruina para siempre. La realidad es que no tendremos ocasiones abundantes ni ánimos o fuerzas para acometer empresas grandes, heroicas, hazañas estupendas. Pero no precisamente en los hechos extraordinarios sino en la fidelidad y exactitud de nuestros pequeños deberes diarios está nuestra perfección.
La fidelidad en lo poco será la causa, algún día, de la posesión sobre lo mucho. Cristo en el Evangelio dice “Porque fuiste fiel en lo poco (o sea en lo pequeño, en lo que al parecer no tenía importancia) Yo te constituiré sobre lo mucho”. Por eso debemos estar convencidos de que no se puede llamar pequeño a nada de lo que tenga relación con nuestra alma, con nuestra salvación y santificación.
La vida de María es un conjunto de pequeñeces, acompañadas a veces de cosas grandes y heroicas en sumo grado. Guisar, coser, barrer, fregar, limpiar, estar siempre dispuesta para cuidar a Jesús y a San José. Con ello se hizo tan grande y tan santa. San Juan Berchmans decía que la mayor penitencia es la vida común.
También es esencial comprender que Dios normalmente sólo nos pedirá las cosas pequeñas de cada día. Tenemos que tomar la resolución de complacer a Dios todos los días cumpliendo exactamente esa su santísima voluntad.
Para Dios todo es pequeño. Las acciones más grandes y llamativas de los hombres no valen delante de él más que las pequeñas y vulgares.

Para Dios todo son juegos de niños en su presencia; la ambición humana que motiva grandes batallas, imperios que se conquistaron, inventos que se descubrieron, fama y honores para algunas personas, obras de arte mundanas o hazañas deportivas… Todo eso para Él es igual que nada. Lo que vale es el corazón y la intención con la que hacemos nuestros actos, la manera como los ejecutamos y el fin que perseguimos. Aunque sean cosas muy pequeñas que además tienen el mérito de no perderse en vanidad o vanagloria como fácilmente puede ocurrir con los actos de brillo y relumbrón.

Rafael María Molina Sánchez  (Adelante la fe)




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