martes, 6 de diciembre de 2016

SOLO Y A PIE


Y empezó a andar un camino,en parte viejo, en parte personal y nuevo, parecido a esos tenues senderos, y casi imperceptibles, que abrían las bestias de su tierra y que en su lengua nativa se llaman con el dulce nombre de bidatxa (caminito). Con fe ciega en el futuro, como otro Abrahán, salió de su tierra y siguió aquel camino, incierto pero firme, sin saber su destino. Fue obstinado, tal como lo define H.Hesse, obediente sólo a la ley de su propio sentido, aunque jamás entendió tal sentido como algo que se posee, sino algo por lo que se es poseído, o más explícitamente, como alguien que nos lleva no sabemos a dónde.

Inicialmente no tenía más fuerza que su tosca palabra, y no convirtiéndola en grito estentóreo ni en recia voz de mando, sino susurrándola a cada alma. Conquistaba por contagio.

Ya lo dijo Lucrecio:
<<Una antorcha enciende otra antorcha>>



<<El nombre nos queda de cristianos>> la frase es de Loyola, pero pudieran suscribirla Erasmo o Lutero. Los tres sintieron vivamente el quebranto de la cristiandad, pero Ignacio no se entregó a la crítica o al lamento, y eso por pudor y por hombría. Por pudor, por que no se deben sacar al balcón los trapos sucios de la família: los de los Loyola o los de esa família más ancha que es la iglesia. Y por hombría, porque lo que procede y corresponde a un hombre cabal no es
llorar o mostrar cansancio, sino limpiar las manchas, esto es, actuar: primero en sí, luego en el entorno inmediato y concreto, y, por fin, en el tiempo y espacio que podemos alcanzar con nuestra acción, siempre mayor del que pensamos o abarcamos.
No se nos pide más que estar ante cada hombre singular, ante el entorno determinado que se va dilatando, resignándonos a que la realizaciones se impregnen de la dimensión histórica inevitable y hasta que degeneren en ellos los deseos imposibles de absoluta pureza.

Del libro: Ignacio de Loyola  "Solo y a Pie"








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