Ojalá hoy al rezar el Credo en la Misa, yo pueda decir, unido a la Iglesia, mi propio credo:

“Creo en el Padre que me creó y me sostiene. Ese Padre bueno que me llama por mi nombre, que tiene mi destino en sus manos. Creo que me llamó a la vida con infinito amor, que pensó en mí desde la eternidad. 

En ese Dios que quiere mi felicidad, el ciento por uno en la tierra y mi vida eterna. Ese Dios que me acepta en mis fracasos y límites, en mi pecado que me ensucia. Ese Dios que es misericordia y amor infinito. Creo en ese Padre que sale a buscarme al camino y me viste los mejores trajes. 

Creo en Jesús que llega cada día para caminar a mi lado, que me enseña a amar como Él me ha amado. En ese Jesús hombre que vivió muriendo y murió dándome su vida. En ese amor humano que hace posible lo imposible. En esa mirada suya que ha cambiado la mía. 

Creo en su amor tan hondo que me llena de vida y en su abrazo calmado que sosiega mis pasos. Creo que murió por mí y se hizo hombre limitado por mí, hombre impotente, pobre, como yo. Creo en ese Jesús que sale a mi encuentro cada día en cada eucaristía. 

Creo en el Espíritu que ilumina mis pasos y me da fuerzas en el camino. En ese fuego que me enamora cada día. Que me hace hablar en el lenguaje de los hombres y me hace comprender las palabras calladas de Dios. Ese Espíritu que me hace hijo dócil, abierto, niño. 

Sí. Creo. Creo en Dios. Creo que soy hombre necesitado de Él. Creo que sin Dios en mi alma no podré caminar un solo paso”.

¿Cuál es mi credo? ¿Cuál ese Dios Trino, Dios hecho historia, en el que creo? Dios se hace historia en mi historia. Se desvela en su misterio al recorrer mis pasos. Creo en Él porque lo he tocado al intentar caminar cada día. Creo porque su presencia cambia mi vida.

¿En qué Dios creo? ¿Quién es para mí Dios? ¿Quién ha sido en mi vida? ¿Cómo es mi fe? ¿Dios es una idea o alguien real en mi vida? Es el Dios que ha puesto en mi alma un don único, que nadie tiene, un don que me hace diferente, que me ayuda a creer que puedo ser útil y dar la vida.

Él se hace escalón para levantarme cuando me he caído. Se hace hombre para sentir como yo y para susurrarme al oído que conoce mi nostalgia. Que conoce mi miedo y mi inquietud. Que conoce mis sueños de niño. Que le gustan mis amores. Que me comprende.

Es mi Dios, que se descalza y se desnuda, y se despoja por mí cada día. Que se hace niño, que se hace pan, que se hace sangre, que se deja crucificar, que se mete hasta el fondo de mi roca herida. Sin Él mi vida no tendría sentido, y con Él todo cambia.
P. Carlos, Aleteia

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