jueves, 13 de abril de 2017

VERDAD, MISERICORDIA Y ALEGRÍA....TRES GRACIAS INSEPARABLES DEL EVANGELIO


En la misa más íntima de cada obispo con los sacerdotes de su diócesis, el Papa Francisco ha insistido el jueves a los de Roma que «al igual que Jesús, el sacerdote hace alegre el anuncio con toda su persona, hace alegre el anuncio con todo su ser. Precisamente con los detalles más pequeños, los que mejor contienen y comunican la alegría».
La misa de la mañana del Jueves Santo tiene un sabor especial, pues los sacerdotes renuevan ante el obispo las promesas que hicieron el día de su ordenación. Se llama misa Crismal porque incluye la bendición de los santos óleos que servirán a lo largo del año para impartir los sacramentos de la confirmación, la unción de enfermos y la ordenación sacerdotal. Por la tarde, en cambio, se celebran los oficios de Jueves Santo, que incluyen el lavado de los pies rememorando la Última Cena de Jesús y la institución de la Eucaristía.
Durante la misa de la mañana en la basílica de San Pedro con centenares de sacerdotes, así como docenas de cardenales y obispos, el Papa ha ido a un punto central recordando que la palabra «Evangelio» significa «buena noticia» y contiene «algo que cohesiona en si todo lo demás: la alegría del Evangelio».

La primera alegría de ese anuncio la manifestó María en el canto del «Magníficat» y la experimentó después otra mujer también embarazada cuando el encuentro entre ambas «hizo saltar de gozo a Juan en el seno de su madre Isabel».

Recordando, en expresión de Pablo VI, «la dulce y confortadora tarea de evangelizar», el Papa ha dicho con fuerza a los sacerdotes «que nadie intente separar estas tres gracias del Evangelio: su Verdad —no negociable—, su Misericordia —incondicional con todos los pecadores— y su Alegría —íntima e inclusiva— ».
En una homilía dirigida en realidad a los sacerdotes de todo el mundo, Francisco ha insistido en que el sacerdote, «cuando predica la homilía -breve en lo posible- lo hace con una alegría que traspasa el corazón de su gente». Aunque incluye pasajes duros, el Evangelio es esencialmente alegre, y no se puede traicionar con presentaciones recriminatorias, amargadas, negativas o tristes.
El Papa ha añadido que «las alegrías del Evangelio —lo digo ahora en plural, porque son muchas y variadas, según el Espíritu tiene a bien comunicar en cada época, a cada persona— son alegrías especiales, y vienen en odres nuevos», como por ejemplo el milagro de las bodas de Caná.
En un largo comentario a ese primer milagro de Jesús, la conversión de agua en vino, Francisco ha hecho notar que María habría animado a los sirvientes a «llenar las tinajas de piedra hasta el borde», para que resultase más vino, y ha subrayado que «sin la Virgen no podemos ir adelante en nuestro sacerdocio», un servicio en el que es necesario «superar la tentación del miedo, de no animarnos a ser llenados hasta el borde. ¡Tened el valor de llenaros hasta el borde, e incluso más!».
La entrega de los sacerdotes a los fieles debe tener rasgos como los de Madre Teresa, a quien «Él llamo y le dijo ‘Tengo sed’, y ella con su sonrisa y su modo de tocar con las manos las heridas llevo la Buena Noticia a todos. Las caricias sacerdotales a los enfermos… El sacerdote es el hombre de la ternura».
La evangelización, sobre todo a los más pobres, debe hacerse «de modo respetuoso y humilde hasta la humillación. La evangelización no puede ser presuntuosa» sino llena de una «mansa integridad que da alegría a los pobres, reanima a los pecadores y hace respirar a los oprimidos por el demonio».





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