martes, 3 de septiembre de 2013

El estilo de Jesús

   Una dimensión fundamental de lo que Jesús vive nos habla de un mismo movimiento: el abajamiento, la humildad, en griego lo llaman “la kènosi”. Ante el orgullo, la soberbia, ante del enaltecimiento del ego, Jesús propone el abajamiento, la humildad; el camino contrario.

  Si miramos la vida de Jesús descubrimos que la humildad, el abajamiento, no es un aspecto más de  su vida, sino que es el rasgo fundamental de su vida: Jesús ama abajándose, humillándose. Muy rápidamente hacemos un repaso de la vida de Jesús para ver este rasgo determinante de su vida:
.    Empecemos con la encarnación: siendo Dios se hace hombre... ama abajándose, humillándose
.    Nació en un establo... ama abajándose, humillándose
.    Huída a Egipto, Jesús un inmigrante …
.  La vida oculta de Jesús,... ama abajándose, …
. Y en su vida pública nunca buscó los honores, el reconocimiento, las felicitaciones, el aplauso, los primeros lugares, el ser servido, nunca hizo nada de todo esto. Más bien todo lo contrario.
.    Tres años de vida itinerante, vida de precariedad, durmiendo muchas veces al aire libre, sin tener un lugar donde reclinar la cabeza.
.    Y, finalmente, abandonado por sus discípulos, injustamente condenado, y muerto en cruz. Jesús ama abajándose, humillándose.
  Muchas veces, miles, hemos dicho que Dios nos ama, pero hoy exponemos ¿cómo ama Dios?.Hablemos de la manera de amar de Dios: Jesús ama kenóticamente, abajándose, humillándose. El abajamiento, la humillación, no es un aspecto más de  su vida, sino que es la manera de amar de Jesús.

  Muchos santos hablan del camino de la santidad como el camino de la humildad. San Ignacio mismo, en la segunda semana de los Ejercicios Espirituales,  plantea un ejercicio que se titula: Los tres grados de humildad, donde habla de los tres grados del amor a Dios. Si la manera de amar de Jesús es ésta ¿qué tendremos que hacer nosotros?

  Si Jesús ama, abajándose, humillándose, nosotros hemos de aprender a amar de la misma manera. “El que se enaltezca será  humillado y el que se humille …”
  Esto nos lleva a mirar nuestros corazones y preguntarnos: ¿queremos honores, reconocimientos, ocupar los primeros lugares, fama, buen nombre, que nos den un trato especial, que nos aprecien? Seamos sinceros, sí, sí que lo queremos, yo el primero, y aquí tenemos un problema, porqué esta no es la manera de hacer de Jesús, no vivimos al estilo de Jesús. Y atención, si no vivimos según el estilo de Jesús acabaremos tristes, frustrados.

  ¿Qué hemos de desear? Desear ser tenido por nada, ser desconocido, desear el último lugar, feliz de que no se me note, aparecer como vulgar, uno de tantos, que no hablen de mí, hacer cosas y que no se noten como  mías; que lo atribuyan y lo agradezcan a otros, aceptar las correcciones. No defenderme. Aceptar contento  mis fracasos, olvidos, planchas, equivocaciones. Suena duro, ¿no? Es el tercer grado de humildad de san Ignacio.

  Y todo esto, vivirlo contentos, porqué es lo que vivió Jesús. No vivimos deseamos el abajamiento o la humillación por sí mismos, sino porqué éstas nos hacen entrar en comunión con Cristo, con su manera de hacer y amar.
  Hay dos maneras de construirnos: poniéndonos a nosotros en el centro (esto quiere decir construir el ego), o poniéndonos a Jesús en el centro (esto quiere decir desear vivir lo que Él vivió).

  Todo esto lo vemos reflejado en la persona de María. Ella en el Magnificat, en las palabras que dirige a Elisabeth cuando la va a visitar, dice: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava”. Dios está enamorado de la pequeñez, de la humildad de María.
  Y el Magnificat continúa con unas expresiones, cinco frases, muy iluminadoras de lo que hemos estado diciendo: “dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”.

  La Palabra de Dios, como siempre, interpela nuestra libertad, nos pide una respuesta. ¿Caminamos hacia  nuestro enaltecimiento o hacia nuestro abajamiento? ¿Amamos kenóticamente al estilo de Jesús, o amamos buscando nuestro encumbramiento?

  Que María nos ayude a enamorarnos más de un Jesús pobre y humilde.
Mossén Francesc Jordana

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