domingo, 10 de enero de 2016

Reconstruir, restaurar, iluminar


En estos días donde hemos celebrado el nacimiento del Hijo de Dios y su manifestación dirigida a toda la Humanidad, los textos litúrgicos nos han dejado bastante claro el motivo, el sentido, la finalidad, de este nacimiento, algunas expresiones de los prefacios:

“...para reconstruir lo que estaba caído y restaurar de este modo el universo, para llamar de nuevo al reino de los cielos al hombre sumergido en el pecado” (Prefacio II de Navidad). “Porque hoy has revelado en Cristo, para luz de los pueblos, el verdadero misterio de nuestra salvación” (Prefacio I de Epifanía).

“Reconstruir, restaurar, iluminar”. A esto ha venido. Y hoy la liturgia nos comunica el cómo esto será posible. Nos manifiesta cómo hoy, en el siglo XXI, se puede llevar a término la finalidad del nacimiento de Jesús. Y el cómo es el Espíritu Santo.

Todo este “reconstruir, restaurar, iluminar” se realiza gracias al Espíritu Santo. ¿Cómo vamos de Espíritu Santo? ¿Lo tenemos presente? ¿Sabemos qué hace en nosotros? ¿Cuándo fue la última vez que lo invocaste?

El Espíritu Santo es el gran desconocido, aparece poco, pero que es determinante para vivir nuestro cristianismo. 

El Papa Francisco, ahora hace un año en la homilía del día de hoy, decía:”no olvidéis invocar a menudo al Espíritu Santo, todos los días. Podéis hacerlo, por ejemplo, con esta sencilla oración: «Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor»

Invocarlo, esperarlo, anhelarlo, porqué sin Espíritu Santo todo cuesta mucho, se te hace pesado, haces para cumplir, no encuentras gusto a las cosas, te cansa amar y darte, te quejas a la mínima, ríes poco, ves la parte negativa de todo,... ¿Os parece que esto puede ser el plan de Dios? Que nos cueste todo lo que implica ser cristiano, que rías poco, que todo lo veas negativo... ¡¡el plan de Dios no puede ser esto!!

Si el plan de Dios es este, ¡¡mal planificador es Dios!! Yo me apunto a otro proyecto, no éste donde todo cuesta y no gratifica... Hay tanta gente situada aquí. Es un vivir al “modo humano”, es como si hubiéramos recibido un bautismo sólo de agua.

Con el Espíritu Santo, todo es diferente, el amor de Dios habita en ti, este amor de Dios es como un motor que te da fuerzas. Es el fuego del Espíritu Santo. Vives al “modo divino”.

Jesús no es tan solo un modelo de conducta. La salvación que nos lleva Cristo no es sólo una ética, unas normas de comportamiento. Es una fuerza interior. Su  misma fuerza. Su principio vital (Espíritu Santo) que nos posibilita vivir lo que él nos propone en el evangelio. 

La manera como se produjo el bautismo de Jesús nos ayuda a entender mejor esta idea. En tiempos de Jesús el bautismo era por inmersión. Jesús también recibió este bautismo. La palabra bautismo, precisamente, quiere decir inmersión, sumergirse. Para nosotros, el simbolismo es muy claro: queremos quedar sumergidos en el Espíritu Santo, en el calor del amor de Dios, en la luz de la Palabra.

¿Por qué invocar el Espíritu Santo? Para recordar que hemos de vivir sumergidos en él. Para actualizar esta inmersión, para que se vuelva a hacer actual, presente y que quedemos inundados de su presencia.


Invocarlo para que se lleve a término en nosotros el proyecto de Jesús: “reconstruirnos, restaurarnos, iluminarnos”. Que así sea...
Francesc Jordana

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