domingo, 24 de enero de 2016

Con la experiencia de la Palabra la fiesta es inevitable

 

Nos cuesta la oración. Primero, nos cuesta encontrar momentos para rezar. Y cuando los encontramos nos cuesta la oración en sí. No son pocas las veces que los adolescentes me han dicho: “Es que no siento nada. Es que pierdo el tiempo. Es que pienso cosas, pero no rezo.” Y yo les digo:”Esto lo hemos de trabajar, es muy importante”. Y les lanzo una idea... “Jesús te habla en el evangelio. Acércate al evangelio.

San Agustín lo dice mucho mejor que yo: “El evangelio es la boca de Jesús”.

Hoy, la primera lectura nos ilumina mucho, mucho, en este sentido. Es preciso explicar el contexto. El pueblo de Israel ha vuelto del exilio, de la deportación a Babilonia, después de la derrota con los asirios. Han estado muchos años lejos de la tierra prometida, lejos del templo. Y empiezan la reconstrucción del templo. Y ¡¡oohh!! sorpresa. Haciendo las obras encuentran textos sagrados. Encuentran el libro que narra la alianza del Sinaí: huída de Egipto, alianza, cuarenta años por el desierto. Es el libro que narra sus infidelidades y fidelidades.

La primera lectura explica el momento en que se lee, por primera vez, públicamente este texto, después de ser encontrado. Un relato impresionante.

Todo el pueblo ha sido convocado (también los niños), han preparado una tarima desde donde se proclamará la Palabra, se ponen de pie para escuchar, “toda la gente seguía con atención…”, “…el pueblo entero lloraba al escuchar las palabras de la Ley”. “Los levitas leían el libro de la ley de Dios con claridad y explicando el sentido, de forma que comprendieran la lectura”. Y así estuvieron horas, “desde el amanecer hasta el mediodía”. Y la jornada acabó con una fiesta, porqué cuando haces experiencia de la Palabra que toca la vida, la fiesta es inevitable.

¡¡Qué escena!! ¡¡Cuántas luces para nosotros!! ¡¡Dejémonos iluminar por ella!! ¡Cada cual como Dios le diga!

El inicio del evangelio va también en este sentido, de poner la palabra ante nosotros como fuente de vida, como fundamento de nuestra fe. Lucas quiere dar la seguridad de lo que él ha escrito es lo que pasó, es lo que dijo Jesús. Que la enseñanza recibida tiene una solidez histórica. No son fábulas ni cuentos.
Nosotros hemos de poder decir no sólo con los labios, sino con el corazón lo que decíamos en la respuesta del salmo: “Tus palabras, Señor, son espíritu y vida”. ¿Podemos decirlo?... ¿es una expresión que nace de  nuestra vivencia religiosa?

Martin Buber viene a decir en su libro “El eclipse de Dios” que la dificultad actual nace de haber situado entre Dios y nosotros una cierta idea de Dios. La palabra, tener la palabra en las manos, nos ayuda a purificar ideas equivocadas de Dios o ideas equivocadas de cómo vivir la fe. O nos ayuda a vivir más plenamente la llamada de Dios.

Ayer almorzaba con un sacerdote que está pensando dejar el sacerdocio. Y me hacía cruces de la capacidad tan grande de engañarnos que tenemos. La capacidad tan grande de hacer decir a Dios lo que queremos que diga. ¡Increíble! Nos hace falta a todos situarnos ante la palabra con mucha humildad, con mucha docilidad. Diciéndole como Samuel: “Habla Señor, que tu siervo te escucha”.

Hoy hemos escuchado a Jesús exponiendo su misión. Su misión se sintetiza en cinco palabras: Buena Nueva, libertad, luz, liberación, año de gracia.

Qué belleza hay en estas palabras. Que lleguen a ser una belleza iluminadora, y no una belleza de museo.
Francesc Jordana

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