jueves, 27 de febrero de 2014

En el momento del dolor y de la enfermedad no estamos solos

   Quisiera hablar hoy del sacramento de la unción de los enfermos que nos permite tocar con la mano la compasión de Dios por el hombre. En el pasado se lo llamaba 'extremaunción', porque se entendía como confort espiritual en el momento de la muerte. Hablar en cambio de 'unción de los enfermos', nos ayuda a ampliar la mirada a la experiencia de la enfermedad y del sufrimiento, en el horizonte de la misericordia de Dios.
   Hay una imagen bíblica que expresa en toda su profundidad el misterio que aparece en la unción de los enfermos. Es la parábola del buen samaritano en el Evangelio de Lucas. Cada vez que celebramos tal sacramento, el Señor Jesús en la persona del sacerdote, se vuelve cercano a quien sufre o está gravemente enfermo o es anciano.
  Dice la parábola, que el buen samaritano se hace cargo del hombre enfermo, poniendo sobre sus heridas, aceite y vino. El aceite nos hace pensar al que es bendecido por el obispo cada año en la misa crismal del jueves santo, justamente teniendo en vista la unción de los enfermos. El vino en cambio es signo del amor y de la gracia de Cristo que nacen del don de su vida por nosotros, y expresan en toda su riqueza en la vida sacramental de la Iglesia.

  Y al final la persona que sufre es confiada a un posadero para que pueda seguir cuidándolo sin ahorrar gastos. Ahora, ¿quién es este posadero? La Iglesia y la comunidad cristiana, somos nosotros a quienes cada día el Señor Jesús confía a quienes están afligidos en el cuerpo y en el espíritu para que podamos seguir poniendo sobre ellos y sin medida, toda su misericordia de salvación.
  Este mandato es reiterado de manera explícita y precisa en la carta de Santiago. Se recomienda que quien está enfermo llame a los presbíteros de la Iglesia, para que ellos recen por él ungiéndolo con aceite en nombre del Señor, y la oración hecha con fe salvará al enfermo. El Señor lo aliviará y si cometió pecados le serán perdonados. Se trata por lo tanto de una praxis que se usaba ya en el tiempo de los apóstoles. Jesús, de hecho, le enseñó a sus discípulos a que tuvieran su misma predilección por los que sufren y les transmitió su capacidad y la tarea de seguir dando en su nombre y según su corazón, alivio y paz, a través de la gracia especial de tal sacramento.
  Esto, entretanto, no tiene que hacernos caer en la búsqueda obsesiva del milagro o de la presunción de poder obtener siempre y de todos modos la curación. Pero la seguridad de la cercanía de Jesús al enfermo, también al anciano, porque cada anciano o persona con más de 65 años puede recibir este sacramento. Es Jesús que se acerca.
   Pero cuando hay un enfermo y se piensa: 'llamemos al cura, al sacerdote'. 'No, no lo llamemos, trae mala suerte, o el enfermo se va a asustar'. Por qué, porque se tiene un poco la idea que cuando hay un enfermo y viene el sacerdote, después llegan las pompas fúnebres, y eso no es verdad.
   El sacerdote, viene para ayudar al enfermo o al anciano, por esto es tan importante la visita del sacerdote a los enfermos. Llamarlo para que a un enfermo le dé la bendición, lo bendiga, porque es Jesús que llega, para darle ánimo, fuerza, esperanza y para ayudarlo. Y también para perdonar los pecados y esto es hermoso.
   No piensen que esto es un tabú, porque siempre es lindo saber que en el momento del dolor y de la enfermedad nosotros no estamos solos. El sacerdote y quienes están durante la unción de los enfermos representan de hecho a toda la comunidad cristiana, que como un único corazón, con Jesús se acerca entorno a quien sufre y a sus familiares, alimentando en ellos la fe y la esperanza y apoyándolos con la oración y el calor fraterno. Pero el confort más grande viene del hecho que quien se vuelve presente en el sacramento es el mismo Señor Jesús, que nos toma por la mano y nos acaricia como hacía Él con los enfermos. Y nos recuerda que le pertenecemos y que ni siquiera el mal y la muerte nos podrán separar de Él.
   Tengamos esta costumbre de llamar al sacerdote para nuestros enfermos, no digo para los resfriados de tres o cuatro días, pero cuando se trata de una enfermedad seria, para que el sacerdote venga a darle también a nuestros ancianos este sacramento, este confort, esta fuerza de Jesús para ir adelante. Hagámoslo. Gracias.

martes, 25 de febrero de 2014

Decálogo para ser un cristiano feliz


1. Abrirse al “Otro”, con mayúscula.
2. Servir de rodillas a los humildes.
3. Estrenar cada día el gusto de vivir.
4. Asombrarse ante tanto amor descubierto.
5. Poner nuestra pobreza de nuestra parte.
6. No buscar tanto ser feliz como amar siempre.
7. Saber que Dios actúa siempre.
8. No quedarse encerrado en uno mismo.
9. Servir al necesitado en cada oportunidad.
10. Contar con la Misericordia del Señor.

Monseñor Francisco Cerro

lunes, 24 de febrero de 2014

¡Claro que Dios nos habla!

El otro día una niña de ocho años me preguntaba: « ¿Cómo hago para que Jesús me hable?». Me sorprendió su pregunta. Al mismo tiempo me pareció elemental. Es cierto, ¿cómo hacemos para que Dios nos hable? ¿Podemos hacer que Jesús nos hable?

No parece tan fácil. Sus silencios nos desconciertan y sus palabras nos resultan muchas veces incomprensibles. Parece que no habla nuestro idioma. Por lo menos no lo entendemos. Su voz parece un susurro, una cadencia en el alma, una melodía que casi no escuchamos.

Pero ahí está, a nuestro lado, todos los días, acompañándonos en el camino. Nos abraza sin que sintamos sus brazos, por la espalda. Nos sostiene cuando nos sentimos cansados y agobiados. Tira de nosotros para vencer nuestra pereza cuando no somos capaces de seguirle.

Habla y calla, y siempre nos mira. Sí, su mirada es la mirada de un padre que ama, una ventana abierta al cielo, un abismo de misericordia, un brote de esperanza en medio de la noche. No deja de contemplar nuestros pasos, de prever nuestras caídas, de esperarnos cuando desfallecemos.
  Pero eso sí, ¡respeta tanto nuestra libertad! Nunca la violenta, no nos fuerza. Sólo quiere seducirnos con su amor. Atraernos con su voz. Súbitamente, al descansar en sus brazos, tenemos una paz desconocida. Y en nuestro corazón descubrimos nuevas respuestas, como si Él las hubiese sembrado en el alma cuando dormíamos.

Necesita, es cierto, un jardín cuidado, mejor, una tierra trabajada, profunda y fértil. Necesita un océano hondo, porque entre los ruidos de la vida diaria su voz se pierde. Necesita que perdamos el tiempo a su lado, que lo busquemos, que nos gastemos en una espera tantas veces aparentemente infecunda.

Nos invita a buscarlo en las personas, en los lugares, en el vacío. No quiere que lo busquemos sólo en aquellos que nos encantan y fascinan. Quiere que lo encontremos también en los que nos desagradan, en rostros que no son amigos.

Quiere que aprendamos a leer el libro de nuestra propia vida, llena de errores y tachones. Con paciencia, descifrando signos, levantando piedras, aireando de vez en cuando el cuarto del alma por el que Dios se pasea. Sí, claro que Dios nos habla.
No podemos hacer nada para que nos hable más, ni más claro. Pero sí podemos hacer mucho por aprender a escuchar su voz en medio de tantas voces que nos confunden. Dios nos habla en lo humano y de lo humano nos conduce hacia lo más alto, hacia su corazón.

Decía el Padre José Kentenich: «Todo lo creado puede encender mi corazón. Una figura femenina, un bien terreno, una idea, etc. Todo ello puede encenderme, pero en mi actuar todo debo hacerlo, en último término, ordenado a lo divino»

Siempre quiere que subamos más alto, que trepemos a las alturas. Que llevemos a su corazón de Padre todo lo humano que tenemos, nuestra debilidad y nuestra fortaleza, las penas y las alegrías, las lágrimas y las risas. Porque todo le agrada a Dios. Todo le importa
P. Carlos Padilla

sábado, 22 de febrero de 2014

Cuando vamos a misa el domingo, ¿cómo vivimos la Eucaristía?

¿Cómo vivimos la Eucaristía? Cuando vamos a misa el domingo, ¿cómo la vivimos? ¿Es sólo un momento de fiesta, es una tradición consolidada, es una ocasión para encontrarnos o para sentirnos bien, o es algo más?
Hay indicadores muy concretos para comprender cómo vivimos todo esto, cómo vivimos la Eucaristía; indicadores que nos dicen si vivimos bien la Eucaristía o no la vivimos tan bien.
 1º- nuestro modo de mirar y considerar a los demás. En la Eucaristía Cristo vive siempre de nuevo el don de sí realizado en la Cruz. Toda su vida es un acto de total entrega de sí por amor; por ello, a Él le gustaba estar con los discípulos y con las personas que tenía ocasión de conocer.
 Esto significaba para Él compartir sus deseos, sus problemas, lo que agitaba su alma y su vida. Ahora, nosotros, cuando participamos en la santa misa, nos encontramos con hombres y mujeres de todo tipo: jóvenes, ancianos, niños; pobres y acomodados; originarios del lugar y extranjeros; acompañados por familiares y solos... 
  ¿Pero la Eucaristía que celebro, me lleva a sentirles a todos, verdaderamente, como hermanos y hermanas? ¿Hace crecer en mí la capacidad de alegrarme con quien se alegra y de llorar con quien llora? ¿Me impulsa a ir hacia los pobres, los enfermos, los marginados? ¿Me ayuda a reconocer en ellos el rostro de Jesús? 
  Todos nosotros vamos a misa porque amamos a Jesús y queremos compartir, en la Eucaristía, su pasión y su resurrección. ¿Pero amamos, como quiere Jesús, a aquellos hermanos y hermanas más necesitados? 
Por ejemplo, en Roma en estos días hemos visto muchos malestares sociales o por la lluvia, que causó numerosos daños en barrios enteros, o por la falta de trabajo, consecuencia de la crisis económica en todo el mundo. Me pregunto, y cada uno de nosotros se pregunte: Yo, que voy a misa, ¿cómo vivo esto? ¿Me preocupo por ayudar, acercarme, rezar por quienes tienen este problema? ¿O bien, soy un poco indiferente? ¿O tal vez me preocupo de murmurar: Has visto cómo está vestida aquella, o cómo está vestido aquél? A veces se hace esto después de la misa, y no se debe hacer. 
Debemos preocuparnos de nuestros hermanos y de nuestras hermanas que pasan necesidad por una enfermedad, por un problema. Hoy, nos hará bien pensar en estos hermanos y hermanas nuestros que tienen estos problemas aquí en Roma: problemas por la tragedia provocada por la lluvia y problemas sociales y del trabajo. Pidamos a Jesús, a quien recibimos en la Eucaristía, que nos ayude a ayudarles.
2º- muy importante, es la gracia de sentirse perdonados y dispuestos a perdonar. A veces alguien pregunta: «¿Por qué se debe ir a la iglesia, si quien participa habitualmente en la santa misa es pecador como los demás?». ¡Cuántas veces lo hemos escuchado! 
En realidad, quien celebra la Eucaristía no lo hace porque se considera o quiere aparentar ser mejor que los demás, sino precisamente porque se reconoce siempre necesitado de ser acogido y regenerado por la misericordia de Dios, hecha carne en Jesucristo. Si cada uno de nosotros no se siente necesitado de la misericordia de Dios, no se siente pecador, es mejor que no vaya a misa. Nosotros vamos a misa porque somos pecadores y queremos recibir el perdón de Dios, participar en la redención de Jesús, en su perdón. El «yo confieso» que decimos al inicio no es un «pro forma», es un auténtico acto de penitencia. Yo soy pecador y lo confieso, así empieza la misa. No debemos olvidar nunca que la Última Cena de Jesús tuvo lugar «en la noche en que iba a ser entregado» (1 Cor 11, 23). En ese pan y en ese vino que ofrecemos y en torno a los cuales nos reunimos se renueva cada vez el don del cuerpo y de la sangre de Cristo para la remisión de nuestros pecados. Debemos ir a misa humildemente, como pecadores, y el Señor nos reconcilia. 
3º- Un último indicio precioso nos ofrece la relación entre la celebración eucarística y la vida de nuestras comunidades cristianas. Es necesario tener siempre presente que la Eucaristía no es algo que hacemos nosotros; no es una conmemoración nuestra de lo que Jesús dijo e hizo. No. 
Es precisamente una acción de Cristo. Es Cristo quien actúa allí, que está en el altar. Es un don de Cristo, quien se hace presente y nos reúne en torno a sí, para nutrirnos con su Palabra y su vida. Esto significa que la misión y la identidad misma de la Iglesia brotan de allí, de la Eucaristía, y allí siempre toman forma. Una celebración puede resultar incluso impecable desde el punto de vista exterior, bellísima, pero si no nos conduce al encuentro con Jesucristo, corre el riesgo de no traer ningún sustento a nuestro corazón y a nuestra vida. A través de la Eucaristía, en cambio, Cristo quiere entrar en nuestra existencia e impregnarla con su gracia, de tal modo que en cada comunidad cristiana exista esta coherencia entre liturgia y vida.
El corazón se llena de confianza y esperanza pensando en las palabras de Jesús citadas en el Evangelio: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6, 54). 
Vivamos la Eucaristía con espíritu de fe, de oración, de perdón, de penitencia, de alegría comunitaria, de atención hacia los necesitados y hacia las necesidades de tantos hermanos y hermanas, con la certeza de que el Señor cumplirá lo que nos ha prometido: la vida eterna. Que así sea.
Papa Francisco, 12 de febrero 2014

¡QUIÉN PUDIERA COMO TÚ, MARÍA!


 Llamas, María, silenciosamente
acompañada y rodeada de Misterios
y lo haces así porque, tu vida, fue grande en el silencio
Porque, Dios, y nadie más, ocupó lo más santo de tus entrañas
Porque, Dios, y nadie más, gustó la beldad interna de tu cuerpo
¡QUIÉN PUDIERA COMO TÚ, MARÍA!
Decir al mundo que, en la pequeñez,
está el secreto de la felicidad y el asombro
Que, en la humildad, se funde la llave para conquistar a Dios
que, en la docilidad, es donde uno se llena de la fuerza divina
¡QUIÉN PUDIERA COMO TÚ, MARIA INMACULADA!
Poseer aquella perfección que al mismo Dios enamora
asaltar algunos de esos dones tuyos
con los que fuiste capaz de robar el mismo corazón al Creador
Vivir sintiéndonos amados por esa fuerza alta y extraña
que, cuando se acoge, es oasis de eternidad y de paz
 ¡QUIÉN PUDIERA COMO TÚ, MARÍA!
Responder siempre “SI” sin mirar a lo que atrás se deja
Ofrecer al Señor el campo de nuestro interior,
limpio y convertido, cuidado y reluciente
y que, Él, pudiera acampar sin miedo a ser rechazado
Caminar, como Tú lo haces, sin temor ni temblor
sabiendo que, cuando Dios entra por una ventana de tu casa,
la ilumina con rayos de paz y de alegría desbordantes
Gracias, Virgen Inmaculada: eres don y regalo
Don para nuestra Iglesia
Regalo para todo el pueblo que,
en nuestras luchas y debilidades,
rezamos, cantamos, proclamamos y veneramos
tu inmensa pureza de Madre coronada de estrellas.
Amén.
Javier Leoz

viernes, 21 de febrero de 2014

Un bastión de la libertad sin derechos

Una joven francesa que ha abandonado el polémico movimiento de las Femen tras un año y medio de activismo critica duramente la «desorganización» del grupo y la «discriminación» de algunos de sus miembros. Femen, asegura la exactivista que prepara un libro con su testimonio, «no aplica las reivindicaciones feministas en su seno».
Alice, como «bautiza» Le Figaro a esta treinteañera francesa que prefiere el anonimato, ha contado al diario francés su «decepción» en Femen y los métodos con los que el movimiento reconfigura la mentalidad de sus activistas.
«Ya no existes como individuo», «no piensas por tí misma sino por el grupo, regurgitas lo que te han enseñado», «Femen transforma tu cuerpo y tu mente», relata esta exactivista que participó en la protesta [blasfema y cristianófoba, ndr] en la catedral de Notre Dame de París hace un año.
La joven, que trabaja en París, cuenta cómo había que «repetir una y otra vez los principios fundamentales» de la organización como una lección aprendida al dedillo hasta el punto de perder el espíritu crítico y diluirse en el grupo.
Las que hablan demasiado no tardan en abandonar «voluntariamente» el movimiento, según Alice.
«La primera toma de posesión sobre el individuo es sobre su disponibilidad», señala al recordar que debía estar disponible las 24 horas del día, en detrimento de su trabajo y su pareja.
«Aceptas lentamente una sumisión que rechazas de cara al exterior», analiza. «¿Qué venías a combatir? Ah, sí, la sumisión de las mujeres bajo el patriarcado. Y ¿qué ganas tú? El derecho de decirte por la noche cuando vuelves sola a casa que eres un bastión de la libertad a la que tú misma no tienes derecho».
La desilusión es doble cuando se descubre que las Femen «no respetan a las mujeres, las jefas de la banda tratan a sus reclutas como carne de cañón», afirma su agente literario, Omri Ezrati.
Alice es la primera que osa testificar contra el movimiento y cuenta en detalle su día a día, su reclutamiento, adoctrinamiento y sus entrenamientos para las acciones en la calle desnudas.
No es una «arrepentida», asegura, porque no reniega de su experiencia y defiende el feminismo de Femen, pero sí se describe como una «decepcionada».

jueves, 20 de febrero de 2014

Retiro de hombres

  Se me está tirando de las orejas por no compartir noticias del pasado retiro del domingo en Caldes de Montbui.
  Una docena de hombres se reunían, algunos venidos por la primera vez, con el P. Enrique para comenzar la meditación de la segunda parte del catecism de la Iglesia Católica centrada sobre la liturgia y los sacramentos. 
 Los rostros reflejaban una gran satisfacción. El Padre Enrique nos comentço la excelente participación de todos en el debate final, siendo muy provechoso para los participantes.
  Tan sólo un puñado de hombres, que se acercarón más íntimamente al Señor para dejarLe iluminar sus vidas, fortalecer sus pasos.

¿Dices "Yo me confieso sólo con Dios"?

  A través de los Sacramentos de la iniciación cristiana, el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, el hombre recibe la vida nueva en Cristo. Ahora bien, todos lo sabemos, llevamos esta vida “en vasijas de barro” (2 Cor 4, 7), todavía estamos sometidos a la tentación, al sufrimiento, a la muerte y, a causa del pecado, podemos incluso perder la vida nueva. Por esta razón el Señor Jesús ha querido que la Iglesia continúe su obra de salvación, incluso a través de sus propios miembros, en particular con el sacramento de la Reconciliación y la Unción de los Enfermos, que pueden unirse bajo el nombre de "Sacramentos de curación". 
   El Sacramento de la Reconciliación es un sacramento de curación, cuando voy a confesarme es para curarme, curarme el alma, curarme el corazón, de algo que he hecho que no está bien. El icono bíblico que mejor los expresa, en su profundo vínculo, es el episodio del perdón y la curación del paralítico, donde el Señor Jesús se revela al mismo tiempo médico de las almas y de los cuerpos (cf. Mc 2, 1-12 / Mt 9, 1-8; Lc 5, 17-26).
1. El sacramento de la Penitencia, de la Reconciliación, también nosotros lo llamamos de la Confesión, surge directamente del misterio pascual
  De hecho, la misma noche de la Pascua, el Señor se apareció a los discípulos encerrados en el cenáculo, y, después de dirigirles el saludo "¡La paz con vosotros!", sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados" (Jn 20, 21-23). Este pasaje nos revela la dinámica más profunda que contiene este Sacramento.
 En primer lugar, el hecho de que el perdón de nuestros pecados no es algo que podemos darnos a nosotros mismos. No puedo decir: “Me perdono los pecados”. El perdón se pide, se pide a Otro. Y en la Confesión pedimos el perdón a Jesús. El perdón no es el fruto de nuestros esfuerzos, sino que es un regalo, un don del Espíritu Santo, que nos llena con el baño de misericordia y de gracia que fluye sin cesar del corazón abierto de par en par de Cristo crucificado y resucitado. 
  En segundo lugar, nos recuerda que solo si nos dejamos reconciliar en el Señor Jesús con el Padre y con los hermanos podemos estar verdaderamente en paz. Y esto lo hemos sentido todos en el corazón cuando nos vamos a confesar, con un peso en el alma, un poco de tristeza y cuando sentimos el perdón de Jesús estamos en paz, con esa paz en el alma tan bella que solo Jesús nos puede dar. ¡Sólo Él!
2. Con el tiempo, la celebración de este sacramento ha pasado de una forma pública, porque al principio se hacía públicamente... Ha pasado de esta forma pública a aquella personal, a aquella forma reservada de la Confesión
  Sin embargo, esto no debe hacernos perder la matriz eclesial, que constituye el contexto vital. De hecho, la comunidad cristiana es el lugar donde se hace presente el Espíritu, el cual renueva los corazones en el amor de Dios y hace de todos los hermanos una cosa sola, en Cristo Jesús.  He aquí la razón por la que no basta pedir perdón al Señor en la propia mente y en el propio corazón, sino que es necesario confesar humildemente y confiadamente los propios pecados al ministro de la Iglesia. En la celebración de este sacramento, el sacerdote no representa sólo a Dios, sino a toda la comunidad, que se reconoce en la fragilidad de cada uno de sus miembros, que escucha conmovida su arrepentimiento, que se reconcilia con él, que lo alienta y lo acompaña en el camino de conversión y de maduración humana y cristiana.
  Uno puede decir: "Yo me confieso solo con Dios". Sí, tú puedes decir Dios perdóname, puedes decirle tus pecados, pero nuestros pecados son también contra los hermanos, contra la Iglesia. Y por esto es necesario pedir perdón a la Iglesia y a los hermanos en la persona del sacerdote.  
  “Pero padre, me da vergüenza”. También la vergüenza es buena, es saludable tener un poco de vergüenza. Porque avergonzarse es saludable. Porque cuando una persona no tiene vergüenza en mi país decimos que es un 'sin vergüenza', un "sinvergüenza" (lo dice en español), un 'sin vergüenza'. Pero la vergüenza también nos hace bien, porque nos hace más humildes
  Y el sacerdote recibe con amor y con ternura esta confesión y en el nombre de Dios perdona. También desde el punto de vista humano, para desahogarse es bueno hablar con el hermano y decir al sacerdote estas cosas con son tan pesadas en mi corazón, y uno siente que se desahoga ante Dios, con la Iglesia, con el hermano. ¡No tengáis miedo de la Confesión! Uno, cuando está en la cola para confesarse, siente todas estas cosas, incluso la vergüenza. Pero cuando termina la confesión, sale libre, grande, hermoso, perdonado, blanco, feliz. ¡Esto es lo hermoso de la confesión!
 Yo quisiera preguntaros, pero no decirlo en voz alta, cada uno se contesta en su corazón: ¿Cuándo ha sido la última vez que te has confesado? Que cada uno piense… ¿Eh? 
¿Dos días, dos semanas, dos años, veinte años, cuarenta años? Que cada uno haga la cuenta. Que cada uno se diga: "¿Cuándo ha sido la última vez que me he confesado?"  Y si ha pasado mucho tiempo, no pierdas un día más, ve adelante, que el sacerdote será bueno.
 Está Jesús ahí. Y Jesús es más bueno que los sacerdotes. Y Jesús te recibe. Te recibe con mucho amor. ¡Eres valiente y vas adelante a la Confesión!
 Queridos amigos, celebrar el Sacramento de la Reconciliación significa estar envueltos en un cálido abrazo: es el abrazo de la infinita misericordia del Padre. 
  Recordamos esa hermosa, ¡hermosa!, parábola del hijo que se ha ido de su casa con el dinero de la herencia, ha malgastado todo ese dinero y después, cuando no tenia nada, ha decidido volver a casa, pero no como hijo sino como siervo. 
  Tenía tanta culpa en su corazón y tanta vergüenza. ¿Eh? La sorpresa ha sido que, cuando comenzó a hablar y pedir perdón, el padre no le dejó hablar. Lo abrazó, lo besó e hizo fiesta.
  Pero yo os digo, ¿eh?: Cada vez que nosotros nos confesamos, Dios nos abraza, Dios hace fiesta.
 ¡Vayamos adelante en este camino! ¡Qué el Señor os bendiga!

miércoles, 19 de febrero de 2014

¡Haceros crecer!

 Santidad, en estos meses estamos haciendo tantos preparativos para nuestra boda. ¿Puede darnos algún consejo para celebrar bien nuestro matrimonio?
Haced que sea una verdadera fiesta, porque ¡el matrimonio es una fiesta, una fiesta cristiana, no una fiesta mundana! 
El motivo más profundo de la alegría de aquel día lo indica el Evangelio de Juan: ¿Recordáis el milagro de las bodas de Caná? A un cierto punto el vino se acaba y la fiesta parece arruinada. Imaginaos terminar la fiesta tomando te… No, ¡no va! ¡Sin vino no hay fiesta! Por sugerencia de María, en aquel momento Jesús se revela por primera vez y da un signo: transforma el agua en vino y, haciendo eso, salva la fiesta del desposorio. Cuanto ha sucedido en Caná, dos mil años atrás, sucede en realidad en cada fiesta nupcial: eso que hace pleno y profundamente verdadero vuestro matrimonio será la presencia del Señor que se revela y dona su gracia. Es su presencia la que ofrece el “vino bueno”, y es Él el secreto de la alegría plena, aquella que calienta realmente el corazón. ¡Es la presencia de Jesús en aquella fiesta! ¡Pero que sea una bella fiesta, pero con Jesús! ¡No con el espíritu del mundo! ¡No! ¡Aquello se siente, cuando el Señor está allí!
Al mismo tiempo, está bien que vuestro matrimonio sea sobrio y haga resaltar aquello que es realmente importante. Algunos están más preocupados por los signos exteriores, por el banquete, por las fotografías, por la ropa, por las flores… son cosas importantes en una fiesta, pero sólo si son capaces de indicar el verdadero motivo de vuestra alegría: aquella bendición del Señor sobre vuestro amor. Haced en modo que, como el vino de Caná, los signos exteriores de vuestra fiesta revelen la presencia del Señor y os recuerden a vosotros y a todos los presentes el origen y el motivo de vuestra alegría en ese día.
Pero hay algo que tú has dicho y que quiero tomar al vuelo, porque no quiero dejarlo pasar. El matrimonio es también un trabajo de todos los días y podría decir un trabajo artesanal, un trabajo de orfebrería, porque el marido tiene la tarea de hacer más mujer a su mujer y la mujer tiene la tarea de hacer más hombre a su marido. Crecer también en humanidad, como hombre y como mujer. 
Pero esto se hace entre vosotros. Esto se llama crecer juntos. ¡Pero esto no viene del aire! El Señor lo bendice, pero viene de vuestras manos, de vuestras actitudes, del modo de vivir, del modo de amarse. ¡Haceros crecer! Siempre procurar que el otro crezca. Trabajar para esto. Y así, no sé, pienso en ti que un día irás por la calle de tu pueblo y la gente dirá: “Pero mira aquella, que linda mujer! ¡Que fuerte! ¡Eh! ¡Con el marido que tiene, se entiende!”. Y también a ti: “Mira ese, mira como es. ¡Con la mujer que tiene, se entiende!” Y es esto, llegar a esto: haceros crecer juntos, el uno al otro. Y los hijos tendrán esta herencia de haber tenido un papá y una mamá que han crecido juntos, haciéndose – uno al otro – más hombre y más mujer.

martes, 18 de febrero de 2014

Vivir juntos es una arte

Presentamos el texto completo de la segunda pregunta al Papa en el encuentro con miles de parejas de novios en la Plaza San Pedro.
 Santidad, vivir juntos todos los días es bello, da alegría, sostiene. Pero es un desafío que afrontar. Creemos que es necesario aprender a amarse. Hay un “estilo” de vida de pareja, una espiritualidad del cotidiano que queremos aprender ¿Puede ayudarnos en esto, Padre Santo?
Vivir juntos es una arte, es un camino paciente, bello y fascinante. No termina cuando se conquistaron uno al otro, pero es allí justamente que inicia. Ese camino de cada día tiene reglas que se pueden resumir en estas tres palabras que has dicho, palabras que he repetido tantas veces a las familias: permiso, gracias, perdón. 
¿Puedo? Permiso es el pedido gentil para poder entrar en la vida de otro con respeto y cuidado. Hay que aprender a pedir: ¿puedo hacer esto? ¿Te parece que hagamos así, que tomemos esta iniciativa? ¿que eduquemos así a los hijos? ¿Quieres que esta noche salgamos?
O sea pedir permiso significa saber entrar con cortesía en la vida de los otros. ¿Entendieron? saber entrar con cortesía en la vida de los otros. Y no es fácil. En cambio a veces se usan maneras un poco pesadas, como algunas botas para la montaña. El amor verdadero no se impone con dureza o agresividad. En las Florecillas de San Francisco se encuentra esta expresión:
“Sepan que la cortesía es una de las propiedades de Dios... y la cortesía es hermana de la caridad, la cual apaga el odio y conserva el amor”. Sí, la cortesía conserva el amor. Y hoy en nuestras familias, en nuestro mundo a veces violento y arrogante es necesario tener mucha cortesía.
Y esto puede iniciar en casa.

 “Gracias”, parece fácil pronunciar esta palabra, pero sabemos que no es así... Pero es importante. La enseñamos a nuestros hijos pero después la olvidamos. La gratitud es un sentimiento importante. Una anciana una vez me decía en Buenos Aires: 'La gratitud es una flor que crece en tierra noble'. Es necesaria la nobleza del alma para que crezca esta flor.
¿Se acuerdan del evangelio de Lucas? Jesús cura a diez enfermos de lepra y después solamente uno regresa para decirle gracias a Jesús. Y el Señor dice: ¿Y los otros nueve dónde están? Esto vale también para nosotros: ¿sabemos agradecer? En nuestra relación y mañana en nuestra vida matrimonial es importante tener la conciencia que la otra persona es un don de Dios, ¡y a los dones de Dios se dice gracias! Y en esta actitud interior decirse gracias mutuamente por cada cosa. No se trata de una palabra gentil para usar con los extraños de manera que uno sea educado. Es necesario saber decirse gracias, para ir bien, juntos, en la vida matrimonial.
La trecera: Disculpa. En la vida hacemos tantos errores, tantas equivocaciones, los hacemos todos. ¿Quizás hay aquí alguien que no ha hecho alguna equivocación?, levante la mano. Todos los hacemos. Quizás no haya día en el que no nos equivocamos. La Biblia dice que el más justo peca siete veces al día. Por ello la necesidad de usar esta pequeña palabra: 'disculpa'.
En general cada uno de nosotros está listo para acusar al otro y a justificarse a sí mismo. Esto inició desde nuestro padre Adan, cuando Dios le pregunta: '¿Has comido de ese fruto?'... 'Pero yo no, fue ella que me lo dio'... Acusar al otro y no decir 'perdón', es una historia vieja y es un instinto que está en el origen de tantos desastres. Aprendamos a reconocer nuestros errores y a pedir perdón: “disculpa si hoy he levantado la voz”; “disculpa si he pasado sin saludar”, “disculpa si hice tarde”, “disculpa si esta mañana he estado tan silencioso”, “disculpa si he hablado demasiado, sin escuchar nunca”, “disculpa si me he olvidado”, “discúlpame si estaba enojado y me la he agarrado contigo”... Y tantas veces perdón al día podemos decir.
Y también es así que crece una familia cristiana. Sabemos que no existe familia perfecta, ni el marido perfecto, o la esposa perfecta. No hablemos de la suegra perfecta...
Existimos nosotros pecadores, Jesús que nos conoce bien nos enseña un secreto: no terminar nunca una jornada si pedirse perdón, sin que la paz vuelva a nuestra casa, en nuestra familia. Es habitual pelear entre los esposos, siempre hay algo, hemos peleado, quizás se enojaron, quizás voló un plato, pero nunca terminar la jornada si hacer la paz. Esto nunca, nunca. Esto es un secreto, un secreto para conservar el amor. Y para hacer la paz no es necesario hacer un buen discurso, a veces un pequeño gesto y la paz está hecha. Porque si tu no terminas la jornada sin hacer la paz, el día después es frío y duro y es más difícil hacer la paz. Acuérdense bien de esto: nunca terminar la jornada sin hacer la paz.
Si aprendemos a decirnos 'disculpa' y a perdonarnos mutuamente el matrimonio durará e irá adelante.
Cuando viene en las audiencias o aquí en Santa Marta los esposos que cumplen los 50 de matrimonio les pregunto: '¿quien soportó a quién?' Y todos se miran, me miran y me dicen: 'los dos mutuamente'.

lunes, 17 de febrero de 2014

Tomar decisiones para toda la vida parece imposible.

  El día de los enamorados, 14 de febrero, el papa Francisco en la plaza de San Pedro encontró a las miles de parejas de novios allí presentes, y respondió a algunas preguntas. Os compartimos el texto completo de la primer pregunta.
El miedo del “por siempre” Santidad, muchos hoy piensan que prometerse fidelidad para toda la vida sea demasiado difícil. Muchos sienten que el desafío de vivir juntos por siempre es bello, fascinante, pero demasiado exigente, casi imposible. Le pedimos una palabra para iluminarnos sobre esto.
Les agradezco por la pregunta y el testimonio. Les explico a los presentes, que ellos me han enviado las preguntas antes, ¿se entiende, verdad? Así yo he podido reflexionar y pensar a una respuesta así, más sólida.
Es importante pedirse si es posible amarse 'para siempre'. Esta es una pregunta que tenemos que hacernos. ¿Es posible amarse para siempre? Hoy tantas personas tienen miedo de tomar decisiones definitivas, para toda la vida, parece imposible.
Un joven le decía a su obispo: quiero hacerme sacerdote pero solamente por diez años. Es un miedo general, típico de nuestra cultura. Tomar decisiones para toda la vida parece imposible.
Hoy todo cambia rápidamente, nada dura mucho... Y esta mentalidad lleva a decir a tantos que se preparan para el matrimonio: “Estamos juntos mientras dure el amor”. Y después: “Te saludo y nos vemos”, y termina así el matrimonio. Pero ¿qué entendemos por amor?, es solamente un sentimiento, un estado psicofísico?
Claro que si es solamente esto no se pueden construir encima nada que sea sólido. En cambio si el amor es una realidad que crece, y podemos decir como ejemplo, como se construye una casa. Crece y se construye como una casa. Y la casa se construye juntos y no cada uno por su lado. Construir aquí significa favorecer el crecimiento.
Queridos novios, ustedes se están preparando para crecer juntos, para construir esta casa, para vivir juntos para siempre. No la cimienten en la arena de los sentimientos, que van y vienen, sí en cambio en la roca del amor verdadero, el amor que viene de Dios. La familia nace de este proyecto de amor que quiere crecer, de la misma manera que se construye una casa, que sea lugar de afecto, de ayuda, de esperanza, de apoyo. Pero todo junto: afecto, ayuda, esperanza, apoyo.
Como el amor de Dios es estable y para siempre, así también el amor en el que se funda la familia queremos que sea estable y para siempre. ¡Por favor, no nos dejemos convencer por la 'cultura de lo provisorio'.Por esta cultura que nos invade a todos, porque esta cultura no va!.
¿Cómo curarse de este miedo del 'sí para siempre'? Se cuida día a día, confiándose al Señor Jesús en una vida que se vuelve un camino espiritual cotidiano, hecho de pasos, pasos pequeños, pasos de crecimiento común, compuesto por el empeño para volverse mujeres y hombres maduros en la fe. ¡Porque, queridos novios, el 'para siempre', no es solamente una cuestión de duración! Un matrimonio se logra no solamente por la duración, sino también es importante su calidad.
Estar juntos y saberse amar para siempre es el desafío de los esposos cristianos. Me viene en mente el milagro de la multiplicación de los panes: también para ustedes el Señor puede multiplicar vuestro amor y donárselo fresco y bueno de cada día. ¡Él tiene una reserva infinita!, Él les dona el amor que es el fundamento de vuestra unión y cada día lo renueva, lo refuerza. Y lo vuelve aún más grande cuando la familia crece con los hijos.
En este camino es importante, es necesaria la oración, siempre, él por ella y ella por él, y ambos piden juntos. Pidan a Jesus que multiplique vuestro amor. En la oración del Padre Nuestro nosotros decimos: “Dadnos hoy el pan nuestro cotidiano”. Los esposos pueden aprender a rezar también así: “Señor, dadnos hoy muestro amor cotidiano”, ¡Porque el amor cotidiano de los esposos es el pan, del alma, el pan que nos sostiene para ir adelante!
Esta oración veamos si sabemos decirla: Señor dadnos hoy nuestro amor cotidiano, digámoslo todos juntos, (Señor dadnos...). otra vez. Y esta es la oración de los novios y de los esposos: enséñanos a amarnos y a querernos mucho. Más se confiarán en Él, más vuestro amor será siempre capaz de renovarse y le ganará a todas las dificultades. Esto es lo que quería responder a vuestra pregunta.

sábado, 15 de febrero de 2014

Pero ¿qué os está pasando?

Una semana intensa.
Ultimamente lo suelen ser todas, pero hay semanas y semanas...
Una amiga me comentaba anoche viendo las fotos del whatsApp: ¿pero hermana qué estais haciendo? ¿qué os está pasando?
El caso es que el Señor que todo lo tiene previsto nos iba preparando.
El domingo las hermanas tuvieron la buena idea de festejar a la Madre sin preveer, que en efecto, el día de la Virgen de Lourdes no podrían hacerlo.
Canto de las mañanitas
Regalos en la comida
Un canto con la música del Ave de Lourdes
La fiesta concluyó con la llegada de la Madre General y Hna Mª San Esteban, que venían de cerrar nuestra comunidad de hermanas en Pozuelo. Desgarro para tod@s, la de este paso en nuestra historia.
 El martes de madrugada la Madre, con Hna Mª Rafael y nuestros queridos amigos José Mª y Sergio salieron para Pozuelo con el fin de terminar de recoger la casa y recuperar muebles y las cosas que nos son de utilidad aquí en Caldes, pues nos ofrecían un camión para el miércoles o jueves. Un viaje un tanto épico debido a la nevada que nos encontramos entre Soria y Guadalajara
Salimos de esta.
Y gracias a la generosidad desbordante de tantas personas buenas que hay en este mundo pudimos tenerlo todo listo para cargar un trailer que la Providencia nos procuró, el jueves a la tarde.
"¡¡¡De cine!!!" como dice nuestro buen José Mª, ver a nuestros catalanes ayudados por el amigo informático de la casa, el jardinero, el cocinero que pasaba por allí y se enganchó a ayudar. ¡¡¡Y hasta al P. Enrique que viniendo a saludar no desdeñó arremangarse y ponerse a cargar él también!!!
 Y ¡qué bueno es el Señor! que a las 9 de la mañana del viernes ya teníamos a un super equipo en Caldes, listos no sólo para descargar, sino también para comenzar a montar y desmontar muebles
Rafa, José Mª, Julián, José Miguel, sergio, y Javier el chofer del camión en plena faena
Nos va a quedar una sala de costura "guay"
Y con nueva biblioteca en la sala de conferencias
Y esto no se ha acabado pues, cómo tratamos tan bien a nuestros voluntarios, y se sienten tan a gusto colaborando en nuestra Casa 
 
seguiremos la renovación de esta con todas las buenas voluntades que siguen ofreciéndose para continuar este berenjenal en el que nos hemos metido, para mayor gloria de Dios.
 
 Y aunque parezca todo un poco anecdótico, y superficial, estos días han sido para nosotras tan apostólicos como otros muchos, por el contacto, los intercambios, la atención para con estos hombres que sin realizarlo, están sirviendo al Señor y colaborando en su obra.
¡¡¡Gracias Señor!!!, ¡¡¡y gracias a todos los que nos ayudáis de maneras tan diversas a que El Reine por el amor en los corazones!!!




 

viernes, 14 de febrero de 2014

San Valentín


Si este día de san Valentín quieres una verdadera y auténtica muestra de Amor mira la Cruz.
¡Feliz día de san Valentín a tod@s!

miércoles, 12 de febrero de 2014

El signo de la Cruz


En la noche, hago el signo de la Cruz sobre mi cuerpo,
Y hago de Ella un guardián día y noche.
Así, en la noche, y cuando duermo y viene el Maligno para arruinarme el alma,
Ve la luz de tu cruz y corre a esconderse en la oscuridad de fuera,
Y por la mañana me levanto y te elevo mi alabanza.

lunes, 10 de febrero de 2014

Tenga usted éxito en su muerte

  En 2009 publicó La fe de los demonios, juzgado por Juan Manuel de Prada como "el  mejor libro de teología divulgativa que se ha escrito en décadas".
  Hablamos de Fabrice Hadjadj (Nanterre, 1971), un pensador francés de origen judío y criado por unos padres de ideología maoísta, que en 1998 se convirtió al catolicismo y desde entonces ha producido obras todas ellas de calado y profundidad, y que suponen ya una corriente propia dentro de la reflexión cristiana en estos inicios del siglo XXI. Es profesor de Filosofía y de Literatura y colaborador en el diario Le Figaro.
  La editorial Nuevo Inicio, de Granada, un audaz proyecto del arzobispo Javier Martínez, está introduciendo su obra en España. Además de la citada, en 2010 publicó La profundidad de los sexos, un ensayo sobre el sentido moral profundo de la somaticidad y de la diferenciación sexual y las riquezas que esconde más allá de la trivialización relativista.
  Y a finales de 2011 publicó Tenga usted éxito en su muerte. Anti-método para vivir, donde se confirma la capacidad de Hadjadj para afrontar los temás más comprometidos sin respeto alguno a las ideas ambientes, y con total respeto, sin embargo, a la sabiduría perenne de la religión.
  La idea central de esta última obra es conocida para la espiritualidad cristiana: el apego a los bienes de este mundo (materiales, pero también inmateriales, como la fama o el poder) hace más difícil el único momento cierto que sabemos ha de llegarnos alguna vez. La muerte, claro está.
Fabrice Hadjadj, Tenga usted éxito en su muerte. Traducción de Sebastián Montiel. Nuevo Inicio. Granada, 2011. 430 pp. 23 €

En ese sentido, la obsesión por el triunfo en la vida no hace sino abocarnos a un fracaso en el tránsito a la vida de verdad. Hadjadj lo expresa sin ambages: "No hay fracaso más amargo que cuando la muerte viene a sorprendernos habiendo tenido éxito en el mundo". Y formula su paradoja: "Merece la pena preguntarse si no será mejor, en lugar de tener éxito, intentar ser pobre y desgraciado: la muerte llegaría entonces como una liberación".

Se trata, por supuesto, de una provocación intelectual al lector, pero recoge una inquietud que ya expresó San Agustín: "Hay cosas que Dios niega por clemencia y cosas que concede por cólera". Y a veces somos muy infelices cuando conseguimos saciar todos nuestros apetitos, porque entonces cualquier carencia mínima nos contraría.
  Incluso la muerte, que es para el organismo vivo el máximo mal, puede ser en esa perspectiva un bien: "Por amarga que sea, se convierte en la última misericordia. Nos arranca la máscara, nos revela la falsedad en la que nos arrellanamos, nos tiende una última mano para que no nos hundamos del todo en la mentira y la frivolidad".
  Pero estas páginas de Hadjadj son todo lo contrario que sombrías o tétricas. Proclaman la alegría de saber vivir relativizando la vida, para encarar con la mejor disposición posible la puerta a lo absoluto que es el adiós a esta tierra: "La búsqueda de la felicidad es una búsqueda de la buena muerte".
  Y la pregunta a la que nos responde este libro es la siguiente: "¿Qué tengo que hacer para morir bien? ¿Qué muerte debo preferir y qué existencia debo llevar en consecuencia?".
  A partir de ahí, nos encontramos con el habitual recorrido de Hadjadj por el Antiguo y el Nuevo Testamento, por los hitos fundamentales de la cultura occidental, por personajes y situaciones de nuestros días. Cada uno de ellos es una palanca para hacernos pensar, y él sabe cómo pulsarlas todas.
  De tal forma que Tenga usted éxito en su muerte no es (empezando por el título, con irónico sonsonete publicitario) un libro de espiritualidad, pero sí una refutación espiritual de las ideas más equivocadas de nuestra época, y una propuesta alegre de sus contrarias, todas radicadas y enmarcadas por la fe en Cristo Jesús.
  En otros tiempos, San Alfonso María de Ligorio podía escribir su Preparación para la muerte y se le daban las gracias. Hoy, alguno considerará el de Hadjadj casi una ofensa, un insulto a la "soberbia de la vida" que censura San Juan en su epístola (1 Jn 2, 16) pero que constituye el meollo de nuestra cultura antropocéntrica.
  Da igual. Esas quejas son tan caducas como las hojas de otoño, mientras que las palabras contenidas en esta obra son tan eternas como el cielo cuyas puertas quieren abrirnos.