sábado, 28 de junio de 2014

¡nuestra identidad cristiana es pertenencia!

 Iniciativa de Dios que quiere formar un Pueblo que lleve su bendición a todos los pueblos de la tierra. Empieza con Abraham y luego, con mucha paciencia – y Dios tiene, tiene tanta- con mucha paciencia prepara este Pueblo en la Antigua Alianza hasta que, en Jesucristo, lo constituye como signo e instrumento de la unión de los hombres con Dios y entre nosotros).
Hoy vamos hacer hincapié en la importancia que tiene para el cristiano pertenecer a este Pueblo. Hablaremos de la pertenencia a la Iglesia.
1. Nosotros no estamos aislados y no somos cristianos a título individual, cada uno por su lado, no: ¡nuestra identidad cristiana es pertenencia! Somos cristianos porque nosotros pertenecemos a la Iglesia. Es como un apellido: si el nombre es "Yo soy cristiano", el apellido es: "Yo pertenezco a la Iglesia."
Es muy bello ver que esta pertenencia se expresa también con el nombre que Dios se da a sí mismo. Respondiendo a Moisés, en el maravilloso episodio de la "zarza ardiente" (cf. Ex 3,15), de hecho, se define como 'el Dios de tus padres'; no dice 'yo soy el Omnipotente', no: 'yo soy el Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob'.
De este modo, Él se manifiesta como el Dios que ha establecido una alianza con nuestros padres y se mantiene siempre fiel a su pacto, y nos llama a que entremos en esta relación que nos precede. Esta relación de Dios con su Pueblo nos precede a todos nosotros, viene de aquel tiempo.
2. En este sentido, el pensamiento va primero, con gratitud, a aquellos que nos han precedido y que nos han acogido en la Iglesia. ¡Nadie llega a ser cristiano por sí mismo! ¿Es claro esto? Nadie se hace cristiano por sí mismo. No se hacen cristianos en laboratorio.
El cristiano es parte de un Pueblo que viene de lejos. El cristiano pertenece a un Pueblo que se llama Iglesia y esta Iglesia lo hace cristiano el día del Bautismo, se entiende, y luego en el recorrido de la catequesis y tantas cosas. Pero nadie, nadie, se hace cristiano por sí mismo.
Si creemos, si sabemos orar, si conocemos al Señor y podemos escuchar su Palabra, si nos sentimos cerca y lo reconocemos en nuestros hermanos, es porque otros, antes que nosotros, han vivido la fe y luego nos la han transmitido, la fe la hemos recibido de nuestros padres, de nuestros antepasados y ellos nos la han enseñado.
Si lo pensamos bien, ¿quién sabe cuántos rostros queridos nos pasan ante los ojos, en este momento? Puede ser el rostro de nuestros padres que pidieron el bautismo para nosotros; el de nuestros abuelos o de algún familiar, que nos enseñaron a hacer la señal de la cruz y a recitar las primeras oraciones.
Yo recuerdo siempre tanto el rostro de la religiosa que me enseñó el catecismo, está en el cielo seguro, porque es una santa mujer; yo la recuerdo siempre y doy gracias a Dios por esta religiosa. O el rostro del párroco, un sacerdote o una religiosa, un catequista, que nos ha transmitido el contenido de la fe y nos ha hecho crecer como cristianos. Pues bien, ésta es la Iglesia: es una gran familia, en la que se nos recibe y se aprende a vivir como creyentes y discípulos del Señor Jesús.
 3. Este camino lo podemos vivir no solamente gracias a otras personas, sino junto a otras personas. En la Iglesia no existe el “hazlo tú solo”, no existen “jugadores libres”. ¡Cuántas veces el Papa Benedicto ha descrito la Iglesia como un “nosotros” eclesial!
A veces sucede que escuchamos a alguien decir: “yo creo en Dios, creo en Jesús, pero la Iglesia no me interesa”. ¿Cuántas veces hemos escuchado esto? Y esto no está bien.
Existe quién considera que puede tener una relación personal directa, inmediata con Jesucristo fuera de la comunión y de la mediación de la Iglesia. Son tentaciones peligrosas y dañinas. Son, como decía Pablo VI, dicotomías absurdas.
Es verdad que caminar juntos es difícil y a veces puede resultar fatigoso: puede suceder que algún hermano o alguna hermana nos cause problemas o nos dé escándalo. Pero el Señor ha confiado su mensaje de salvación a personas humanas, a todos nosotros, a testigos; y es en nuestros hermanos y en nuestras hermanas, con sus virtudes y sus límites, que viene a nosotros y se hace reconocer. Y esto significa pertenecer a la Iglesia. Recuérdenlo bien: ser cristianos significa pertenencia a la Iglesia. El nombre es “cristiano”, el apellido es “pertenencia a la Iglesia”.
Queridos amigos, pidamos al Señor, por intercesión de la Virgen María, Madre de la Iglesia, la gracia de no caer jamás en la tentación de pensar que se puede prescindir de los otros, de que se puede prescindir de la Iglesia, de que podemos salvarnos solos, de ser cristianos de laboratorio.
Al contrario, no se puede amar a Dios sin amar a los hermanos; no se puede amar a Dios fuera de la Iglesia; no se puede estar en comunión con Dios sin estar en comunión con la Iglesia; y no podemos ser buenos cristianos sino junto a todos los que tratan de seguir al Señor Jesús, como un único Pueblo, un único cuerpo y esto es la Iglesia. Gracias».
Papa Francisco, 25/06/2014
(Traducción Cecilia Mutual y Eduardo Rubió, de Radio Vaticano)

Corazón Inmaculado de María


¡Inmaculado Corazón de María!
Corazón de María, lleno de gracia.
Corazón de María, vaso del amor más puro.
Corazón de María, consagrado íntegro a Dios
Corazón de María, preservado de todo pecado
Corazón de María, morada de la Santísima Trinidad
Corazón de María, delicia del Padre en la Creación
Corazón de María, instrumento del Hijo en la Redención
Corazón de María, la esposa del Espíritu Santo
Corazón de María, abismo y prodigio de humildad
Corazón de María, medianero de todas las gracias
Corazón de María, latiendo al unísono con el Corazón de Jesús
Corazón de María, gozando siempre de la visión beatífica
Corazón de María, holocausto del amor divino
Corazón de María, abogado ante la justicia divina.
Corazón de María, traspasado de una espada.
Corazón de María, coronado de espinas por nuestros pecados.
Corazón de María, agonizando en la Pasión de tu Hijo.
Corazón de María, exultando en la resurrección de tu Hijo.
Corazón de María, triunfando eternamente con Jesús.
Corazón de María, fortaleza de los cristianos.
Corazón de María, refugio de los perseguidos.
Corazón de María, esperanza de los pecadores.
Corazón de María, consuelo de los moribundos.
Corazón de María, alivio de los que sufren.
Corazón de María, lazo de unión con Cristo.
Corazón de María, camino seguro al Cielo.
Corazón de María, prenda de paz y santidad.
Corazón de María, vencedora de las herejías.
Corazón de María, de la Reina de Cielos y Tierra.
Corazón de María, de la Madre de Dios y de la Iglesia.
Corazón de María, que por fin triunfarás.

Inmaculado Corazón de María, ruega por nosotros, que recurrimos a Vos.

Alegría cotidiana


viernes, 27 de junio de 2014

PROMESAS DEL CORAZÓN DE JESUS


Jesús le prometió a Santa Margarita de Alacoque, que si una persona comulga los primeros viernes de mes, durante nueve meses seguidos, le concederá lo siguiente:

1. Les daré todas las gracias necesarias a su estado (casado(a), soltero(a), viudo(a) o consagrado(a) a Dios).

2. Pondré paz en sus familias.

3. Los consolaré en todas las aflicciones.

4. Seré su refugio durante la vida y, sobre todo, a la hora de la muerte.

5. Bendeciré abundantemente sus empresas.

6. Los pecadores hallarán misericordia.

7. Los tibios se harán fervorosos.

8. Los fervorosos se elevarán rápidamente a gran perfección.

9. Bendeciré los lugares donde la imagen de mi Corazón sea expuesta y venerada.

10. Les daré la gracia de mover los corazones más endurecidos.

11. Las personas que propaguen esta devoción tendrán su nombre escrito en mi Corazón y jamás será borrado de Él.

12. La gracia de la penitencia final: es decir, no morirán en desgracia y sin haber recibido los Sacramentos.










Fragmento de un artículo publicado por Catholic.net

jueves, 26 de junio de 2014

Decálogo de un buen amigo

1. Un buen amigo es un tesoro.
2. Se valora su presencia  en los peores momentos.
3. Nos alegramos con su presencia.
4. Nos hace felices con poco.
5. Nos escucha con humildad.

  
6. Corrige con amabilidad.
7. No lleva cuenta del mal.
8. Siempre está disponible.
9. No se cansa cuando le contamos lo de siempre.
10. Un buen amigo se parece al Corazón Vivo de Cristo, Amigo que nunca falla.

Monseñor Francisco Cerro

miércoles, 25 de junio de 2014

Svetlana, la hija de Stalin que se convirtió al catolicismo

 
Los primeros 36 años que he vivido en el estado ateo de Rusia no han sido del todo una vida sin Dios. Sin embargo, habíamos sido educados por padres ateos, por una escuela secularizada, por toda nuestra sociedad profundamente materialista. De Dios no se hablaba.
Mi abuela paterna, Ekaterina Djugashvili, era una campesina casi iletrada, precozmente viuda, pero que nutría confianza en Dios y en la Iglesia. Muy piadosa y trabajadora, soñaba con hacer de su hijo sobreviviente –mi padre– un sacerdote.
El sueño de mi abuela no se realizó jamás. A los 21 años mi padre abandonó el seminario para siempre.
Mi abuela materna, Olga Allilouieva, nos hablaba gustosamente de Dios: de ella hemos escuchado por vez primera palabras como alma y Dios. Para ella, Dios y el alma eran los fundamentos mismos de la vida.
Agradezco a Dios que ha permitido a mis queridas abuelas que nos transmitiesen las semillas de la fe; si bien eran exteriormente obsequiosas con el nuevo orden de cosas, conservaron profundamente en el corazón su fe en Dios y en Cristo.
Cuando mi hermano murió, mi hijo de 18 años estaba muy enfermo. No quería ir al hospital, a pesar de la insistencia del doctor. Por primera vez en mi vida, a los 36 años, pedí a Dios que lo curara. No conocía ninguna oración, ni siquiera el Padre Nuestro. Pero Dios, que es bueno, no podía dejar de escucharme.
Me escuchó, lo sabía. Después de la curación, un sentimiento intenso de la presencia de Dios me invadió.
 Con sorpresa de mi parte, pedí a algunos amigos bautizados que me acompañaran a la iglesia. Dios no sólo me ayudó a encontrarlo, sino deseaba darme mayores gracias. Me hizo conocer al sacerdote más maravilloso que podía encontrar, el P. Nicolás Goloubtzov (1890-1963). Él bautizaba en secreto a los adultos que habían vivido sin fe. Fue también el padre espiritual del P. Alexander Men, que se convirtió en célebre predicador, asesinado en 1990 luego de muchas amenazas de muerte, por las numerosas conversiones que suscitaba entre la juventud en torno suyo.
Yo tenía necesidad de ser instruida sobre los dogmas fundamentales del Cristianismo. Bautizada el 20 de mayo de 1962, tuve el gozo de conocer a Cristo, aunque ignorase casi toda la doctrina cristiana. Desgraciadamente el P. Goloubtzov murió en marzo de 1963.
Encontré por vez primera en mi vida católicos romanos, en Suiza, cinco años después de mi bautismo en la Iglesia ortodoxa rusa.
Los quince años que transcurrí en América han sido para mí causa de tormentos y de desorientación. Tras el nacimiento de mi hija, fruto de mi matrimonio en EE.UU., pareció que llegaba para mí la posibilidad de una vida normal. Pero pronto sobrevino de nuevo la turbación y la amargura; todo terminó con la separación conyugal.

Durante estos años mi vida religiosa era confusa, como todo el resto. Me encontraba de frente a un cristianismo americano múltiple. Cada denominación me invitaba. Todos me testimoniaban una gran simpatía. Yo tenía necesidad de descubrir lo que era justo en la multiplicidad de confesiones y perdía la noción de lo que yo misma era personalmente y en qué creía. Busqué también en la Ortodoxia la solución de mi búsqueda personal. Las respuestas a mis interrogantes me parecían demasiado abstractas. A pesar de la amistad que había entablado con intelectuales de la Ortodoxia, como la familia Florovsky, mi sed espiritual permanecía insatisfecha.
Un día recibí una carta de un sacerdote católico italiano de Pennsilvania, el P. Garbolino que me invitó a hacer una peregrinación a la Virgen de Fátima, en Portugal, con ocasión del 70º aniversario de las apariciones. En momento no fue posible, pero nuestra correspondencia de amistad duró más de 20 años y me enseñó muchas cosas.
Mediante este intercambio epistolar más de una vez se planteó la cuestión de mi adhesión a la fe católica. Pero la publicidad y el hecho de ser devorada por los medios de comunicación social, me había dado una pésima impresión ya al llegar a los Estados Unidos. Explicar a la luz del día mis sentimientos más personales, mi fe, mis relaciones con Dios, ni siquiera estaba dispuesta a pensarlo. No podía rnás hablar en nombre del pueblo ruso.
En 1969 el P. Garbolino que se encontraba en New Jersey vino a hacerme una visita a Princeton. Yo continué escribiéndole a Pittsburgh. En aquel momento yo era divorciada e infeliz, pero él, como buen sacerdote, siempre encontraba las palabras apropiadas y prometía siempre rezar por mí.
En 1976 encontré en California una pareja de católicos, Rose y Michael Ginciracusa. Viví dos años con ellos. Su piedad discreta y su solicitud hacia mí y mi hija me conmovieron profundamente.
En 1982 partimos para Inglaterra, para permitir que mi hija recibiera una buena educación europea. Mis contactos con los católicos continuaban siempre naturales, calmos y alentadores. La lectura de libros notables como el de Raissa Maritain, contribuyeron a acercarme cada vez más a la Iglesia católica. Y así en un frío día de diciembre, en la fiesta de Santa Lucía, en pleno Adviento, un tiempo litúrgico que siempre he amado, la decisión, esperada por largo tiempo, de entrar en la Iglesia católica, me brotó naturalísima, mientras vivía en Cambridge, Inglaterra. Un amigo católico polaco me condujo al P. Cogglan del Seminario de Allem Halla en Londres. Habían pasado 15 años desde que tomé esta decisión y me confié con el P. Garbolino que había conocido y aparecido en los días en que los medios de comunicación social me turbaban.
Hay una cosa que aprendí por vez primera en los conventos católicos: la bendición de la existencia cotidiana, incluso la más escondida, de cada pequeña acción y del mismo silencio. En general soy felicísima en mi soledad; en la tranquilidad de mi departamento siento en modo vivo la presencia de Cristo.
Han pasado ya 13 años desde 1982, plenos de felicidad. Pero del mismo modo que jamás fui instruida convenientemente en la Iglesia Ortodoxa rusa al ser admitida 30 años atrás, así tampoco he recibido ninguna enseñanza más en la Iglesia católica. He debido aprender todo por cuenta mía leyendo libros que me han pasado amigos católicos o frecuentando asiduamente las librerías.
La diferencia entre la soledad en la Iglesia ortodoxa oriental y aquella en la Iglesia católica me ha parecido bajo esta forma: en la ortodoxia oriental, una confesión raramente es escuchada, generalmente una vez al año por Pascua y sin la discreción que permite el confesionario. Sólo ahora he entendido la gracia maravillosa que nos producen los sacramentos como el de la reconciliación y la comunión ofrecidos no importa qué día del año, e incluso cotidianamente.
Antes me sentía poco dispuesta a perdonar y a arrepentirme, y no fui jamás capaz de amar a mis enemigos. Pero me siento muy distinta de antes, desde que asisto a Misa todos los días. La Eucaristía se ha hecho para mí viva y necesaria. El sacramento de la reconciliación con Dios a quien ofendemos, abandonamos y traicionamos cada día, el sentido de culpa y de tristeza que entonces nos invade: todo esto hace que sea necesario recibirlo con frecuencia.
Por muchos años he creído que la decisión crucial que había tomado de permanecer en el extranjero en 1967 fue una importante etapa en mi vida. Yo iniciaba una vida nueva, me liberaba y progresaba en mi carrera de escritora itinerante. El Padre celestial me ha corregido dulcemente. Fui nuevamente sumergida en una maternidad tardía que debía hacerme presente mi puesto en la vida: un humilde puesto de mujer y de madre. Así, en verdad, fui llevada en los brazos de la Virgen María a quien no tenía la costumbre de invocar, reteniendo que esta devoción fuese cosa de campesinos iletrados como mi abuela georgiana que no tenia otra persona a quien dirigirse. Me desengañé cuando me encontré sola y sin sustento. ¿Quién otro podía ser mi abogado sino la Madre de Jesús? Imprevistamente Ella se me hizo cercana, Ella a quien todas las generaciones llaman Bienaventurada entre las mujeres.

martes, 24 de junio de 2014

San Juan, danos una doble parte de tu espíritu

 
¡¡¡Felicidades a todos nuestros amigos, ejercitantes, familiares, conocidos, y desconocidos Juanes!!!
Pero también felicidades a todos los que queremos ser precursores del Señor en medio del mundo, el cual, a pesar de las tibiezas tiene una inagotable sed y necesidad de Dios que nos da el Cordero que quita los pecados del mundo.
Desde ayer voy dándole vueltas a este personaje de quien Jesús dice que es el más grande de los hijos de mujer: San Juan.
Aquí nacio San Juan Bautista
Se alegra desde el seno materno por la presencia de Jesús.
Asiste a su nacimiento nuestra Madre del cielo, la Virgen.
Vive austeramente en la soledad, y sin hacer prodigios atrae a multitudes a quienes con su vida antes que con sus palabras proclama la primacía de Dios.
Y cumple la misión que Dios le ha confiado: preparar el camino a Jesús, y señalar su presencia entre los hombres.
 Y su máxima, que el Fundador de los cpcr, el P. Vallet, nos dió también a nosotros, aplicándola también a la Iglesia, esta máxima lo dice todo de su persona: "Conviene que Cristo crezca y que yo mengüe"
Nuestra hoguera en la velada de anoche
Y entre fuegos, petardos, tracas, le pido a San Juan como Eliseo al profeta Elías, que me dé, que nos dé una doble parte de su espíritu para ser lo que hemos de ser para señalar la presencia de Cristo en este nuestro mundo de hoy en el cual Dios nos confía la misma misión con rasgos diferentes
San Juan Bautista, ruega por nosotros 
 

sábado, 21 de junio de 2014

Hambre de vida, hambre de amor, hambre de eternidad



 
“El Señor, tu Dios… te dio a comer el maná, ese alimento que ni tú ni tus padres conocían”.
Estas palabras del Deuteronomio hicieron referencia a la historia de Israel, que Dios los hizo salir de Egipto, de la condición de esclavos, y por cuarenta años ha guiado en el desierto hacia la tierra prometida.
Una vez establecido en la tierra, el pueblo elegido logra una cierta autonomía, un cierto bienestar, y corre el riesgo de olvidarse los tristes acontecimientos del pasado, superadas gracias a la intervención de Dios y a su infinita bondad. Las Escrituras exhortan a recordar, a hacer memoria de todo el camino hecho en el desierto, en el tiempo de la necesidad, de la angustia.
La invitación es aquella de retornar a lo esencial, a la experiencia de la total dependencia de Dios, cuando la sobrevivencia fue confiada a su mano, para que el hombre comprendiera que “no vive sólo de pan, sino… de todo lo que sale de la boca de Dios”.
Además del hambre física, el hombre lleva en sí otra hambre, un hambre que no puede ser saciada con el alimento ordinario. Es el hambre de vida, hambre de amor, hambre de eternidad. Y el signo del maná –como toda la experiencia del éxodo– contenía en sí también esta dimensión: era figura de un alimento que satisface esta hambre profunda que hay en el hombre.
Jesús nos dona este alimento, es más, es Él mismo el pan vivo que da la vida al mundo. Su Cuerpo es el verdadero alimento bajo la especie del pan; su Sangre es la verdadera bebida bajo la especie del vino. No es un simple alimento con el cual saciamos nuestros cuerpos, como el maná. El Cuerpo de Cristo es el Pan de los últimos tiempos, capaz de dar vida, y vida eterna, porque la sustancia de este pan es Amor.
En la Eucaristía se comunica el amor del Señor por nosotros: un amor así grande que nos nutre con Sí mismo; un amor gratuito, siempre a disposición de toda persona hambrienta y necesitada de regenerar sus propias fuerzas. Vivir la experiencia de la fe significa dejarse nutrir por el Señor y construir la propia existencia no sobre los bienes materiales, sino sobre la realidad que no perece: los dones de Dios, su Palabra y su Cuerpo.
 Si nos miramos entorno, nos damos cuenta que hay tantos ofrecimientos de alimentos que no vienen del Señor y que aparentemente satisfacen más. Algunos se nutren con el dinero, otros con el éxito y la vanidad, otros con el poder y el orgullo. ¡Pero el alimento que nos nutre realmente y que sacia es solamente el que nos da el Señor! El alimento que nos ofrece el Señor es diferente de los otros, y quizás no parece así tan gustoso como ciertas comidas que nos ofrece el mundo.
Y así, soñamos otras comidas, como los hebreos en el desierto, que añoraban la carne y las cebollas que comían en Egipto, pero olvidaban que aquellas comidas las comían en la mesa de la esclavitud. Ellos, en esos momentos de tentación, tenían memoria, pero una memoria enferma, una memoria selectiva, una memoria esclava, no libre.
Cada uno de nosotros, hoy puede preguntarse, 
¿Y yo? ¿Dónde quiero comer? 
¿En torno a qué mesa me quiero nutrir? ¿En la mesa del Señor? 
¿O sueño con comer alimentos gustos, pero en la esclavitud? ¿Cuál es mi memoria? 
¿Aquella del Señor que me salva?, ¿O aquella del ajo y de las cebollas de la esclavitud?
¿Con cuál memoria yo sacio mi alma?
El Padre nos dice: “Te he nutrido con maná que tú no conocías”. Recuperemos la memoria. Ésta es la tarea: ¡Recuperemos la memoria!, y aprendamos a reconocer el pan falso que nos ilusiona y corrompe, porque es fruto del egoísmo, de la autosuficiencia y del pecado.
Dentro de poco, en la procesión, seguiremos a Jesús, realmente presente en la Eucaristía. La Hostia es nuestro maná, mediante el cual el Señor se nos dona a sí mismo. 
A Él nos dirigimos con fe:
 Jesús, defiéndenos de las tentaciones del alimento mundano que nos hace esclavos, purifica nuestra memoria, para que no quede prisionera en la selectividad egoísta
 y mundana, pero sea memoria viva de tu presencia por toda la historia de tu pueblo, memoria que se hace “memorial” de tu gesto de amor redentor. 
Amén
Papa Francisco en la Selemnidad del Corpus 2014

Lo imposible


viernes, 20 de junio de 2014

Siempre te podemos encontrar


A muchos les cuesta creer en ti cuando llega el dolor. 
Se encuentran solos en la playa de la vida. 
Piensan que Tú estás lejos, muy lejos 
y que es difícil encontrarte en esta tierra. 
De pronto, Tú apareces intentando acercarte a cada hombre. 
Estás cercano e íntimo a todos los dramas de nuestra tierra. 
Te presentas inesperadamente, 
cuando ya todo parece que termina. 
Estás aquí. 
Siempre te podemos encontrar, 
Aun en medio de la noche y la tormenta, apareces Tú. 
Vienes a nuestra vida para ser 
compañero inseparable de nuestros caminos. 
El hombre se rebela ante ti, 
y tú le acaricias y le llenas el alma de ternura. 
Te consideran lejano, 
cuando Tú estás más cerca de nosotros que nosotros mismos. 
Tú vienes a llenar nuestro corazón de la alegría 
que no termina y que es capaz de inundar todo nuestro ser. 
Tú sí que eres lo mejor de la vida.
Monseñor Francisco Cerro 

martes, 17 de junio de 2014

Coger su mano

 
       Jesús pasa haciendo el bien y sanando a los enfermos. Si quitásemos de los evangelios los pasajes donde Jesús se acerca, escucha, cura a los enfermos, los dejaríamos muy reducidos. Verdaderamente, Jesús, con su vida y su ejemplo, nos recuerda que los que sufren son el gran tesoro de la Iglesia. Aquel padre se acercó a Cristo, como tantos otros padres, viendo a su hija sufrir. Quizás no existe sufrimiento más angustioso que ver sufrir a la persona que se ama y no se puede hacer nada por ella. Jairo es un hombre religioso, pero que se encuentra como todos, tarde o temprano, con el dolor y la muerte. Acude a Jesús. El sufrimiento es siempre lo que provoca la pregunta más violenta que hacemos contra Dios y sus planes. En el fondo, creemos que, cuando sufrimos, Dios no nos quiere y estamos muy lejos de Él, cuando, precisamente, es todo lo contrario. El gran drama de los que sufren es que le preguntan a Dios: ¿Por qué?, pidiéndole explicaciones que, en el fondo, es «querer ser como Dios». La gran tentación del corazón humano es ponerse en el puesto de Dios, cuando, en realidad, al Señor siempre le debemos preguntar: ¿Para qué?, pues, como les dijo a los apóstoles, «lo entenderéis más tarde».
Él nunca responde a ¿Por qué? Y siempre con la vida, más tarde, responde a ¿Para qué? Aquella niña de 12 años, edad en que se abría a la vida y comenzaba a ser mujer y a tener todas las esperanzas e ilusiones del mundo, parecía que se había tronchado. Sólo hay un camino, la aceptación y saber esperar, porque después del túnel siempre se enciende una luz. Si los arquitectos humanos hacen los túneles con salidas, Dios nos mete en túneles que siempre tienen salidas, siempre existe una luz, aunque sea al final; sólo hay que tener paciencia y vivirlo todo desde el amor de Dios.
Jesús hace el milagro, como hace miles de milagros cada día devolviendo la vida a tantos muertos por el pecado y el egoísmo. Se interesa, nos mira, nos abraza, se palpa que todo lo humano afecta a su Corazón. Sencillamente, nos ama desde la realidad de nuestra vida.
Jesús la tomó de la mano. Como para indicarle su amor por lo pequeño, por lo insignificante. Al instante, se levanta, como Pablo, que para recuperar la vida tiene que ser cogido de la mano, como un niño. La verdadera vida siempre es Jesús, que se hace Vida y Camino para todos los que se abandonan en sus manos. La clave es confiar. Su padre, sencillamente, confía en la fuerza y el poder del Señor. Jesús toma de la mano a la niña y le dice: Talita, kumi (¡Niña, levántate!) En el fondo, siempre que el Señor se acerca a nuestra vida, es para darnos Vida en abundancia. Sólo hay que coger su mano, y su Corazón.
+ Francisco Cerro Chaves
obispo de Coria-Cáceres

lunes, 16 de junio de 2014

3 criterios para superar los conflictos entre nosotros


Jesús nos dice que debemos amar al prójimo, pero no como los fariseos que no eran coherentes y hacían tantas difuminaciones de ideas – porque eran ideológicos. Su actitud no era amor, era indiferencia hacia el prójimo. Jesús nos da tres criterios PARA AMAR A LOS DEMÁS:

“Primero, un criterio de realismo: de sano realismo. Si tienes algo contra otro y no puedes arreglarlo, buscar una solución, pero poneos de acuerdo, por lo menos; ponte de acuerdo con tu adversario, mientras estás en camino. No será lo ideal, pero el acuerdo es algo bueno, Es realismo”.
El esfuerzo por llegar a un acuerdo aunque haya quien lo considere algo demasiado vulgar. Para salvar muchas cosas, de hecho, “se debe llegar a un acuerdo. Y uno da un paso, el otro da otro paso, y al menos hay paz: una paz muy provisional, pero la paz del acuerdo.
Jesús nos habla de la capacidad de llegar a acuerdos entre nosotros y superar la justicia de los fariseos, de los doctores de la ley, de esta gente”. Hay “muchas situaciones humanas mientras estamos de camino, lleguemos a un acuerdo, así paramos el odio, la lucha entre nosotros.

Un segundo criterio que nos da Jesús “es el criterio de la verdad”. Hablar mal del otro es matar, porque en la raíz es el mismo odio, lo matas de otra forma: con las habladurías, con las calumnias, con la difamación. Y Jesús nos advierte: “El que dice estúpido, este está matando al hermano, porque tiene una raíz de odio”.Y hoy pensamos que no matar al hermano sea no asesinarlo, pero no: no matarlo es no insultarlo. El insulto nace de la misma raíz del crimen: es la mismO. El odio. Si no tienes odio, y no matas a tu enemigo, a tu hermano, tampoco le insultes. Pero insultar es una costumbre muy común entre nosotros. Hay gente que para expresar su odio contra otra persona tiene una capacidad de hacer aflorar estos insultos, ¡impresionante, tanto! Y esto hace daño. Gritar. El insulto … No, seamos realistas. El criterio del realismo. El criterio de la coherencia. No matar, no insultar”.

El tercer criterio que nos da Jesús “es un criterio de filiación”. Si tu, si nosotros no debemos matar al hermano es porque es hermano, es decir, tenemos el mismo Padre. Yo no puedo ir al Padre si no tengo paz con mi hermano. No hables con el Padre si no estas en paz con tu hermano al menos con un acuerdo.
No hables con el Padre sin estar en paz con el hermano. 
 
Tres criterios: un criterio de realismo, un criterio de coherencia, es decir, no matar pero tampoco insultar, porque el que insulta mata, asesina; y un criterio de filiación: no se puede hablar con el Padre si no puedo hablar con mi hermano. Y esto es superar la justicia, la de los escribas y de los fariseos. Este programa no es fácil, ¿no? Pero es el camino que Jesús nos indica para ir adelante. 
 Pidámosle a Él la gracia de poder ir adelante en paz entre nosotros, aunque sea con acuerdos, pero siempre con coherencia y con espíritu 
PAPA FRANCISCO