jueves, 31 de mayo de 2012

En el Corazon de Cristo


   Comenzamos un nuevo mes. Y no un mes cualquiera. Un mes dedicado al Amor de Dios traducido a lo humano: al CORAZON DE CRISTO.
   Os propongo que entre todos nos ayudemos a acercarnos mas intimamente, y a acercar a los que nos rodean, a esta Fuente eterna e Infinita de Amor. Es asi que aprenderemos a amar como necesitamos, como somos amados.

   Y como cada comienzo de mes recordamos las intenciones que el Santo Padre nos confia para estas semanas del mes que empieza, intenciones que sin ninguna duda nos ayudan a vivir mas en consonancia con el Corazon de Cristo:

    Intencion General:
               “para que los creyentes sepan reconocer en la Eucaristía la presencia viva del Resucitado, que les acompaña en la vida cotidiana”. 

 
    Intencion Misionera:
                 “para que los cristianos en Europa redescubran la propia identidad y participen con mayor empeño en el anuncio del Evangelio”.


   No olvidamos el El VII Encuentro Mundial de las Familias, que se inició el miércoles 30 bajo el lema "La familia, el trabajo y la fiesta" con un congreso teológico y pastoral. Entrará en pleno régimen esta tarde con la llegada de Benedicto XVI que lo presidirá hasta el domingo 3 de junio.
http://www.family2012.com/es/programa/

MARIA PORTADORA DE VIDA Y DE AMOR


   Fiesta de Maria que sale a prisa llena de gracia, Madre del Hijo de Dios, al encuentro de sus hermanos los hombres necesitados. 
   Portadora de vida, de gozo, de servicialidad, de amor a Dios y a los hombres.
   Fiesta del Magnificat: la alabanza pura, desinteresada por autonomasia.
   Y comienza la fiesta de la Familia en Milan donde el santo Padre, tan probado estos ultimos dias, se hara presente para ese gran encuentro internacional.
   Unimos todos nuestra oracion a Maria en su cantico de alabanza por la Familia, ese gran don imagen de Dios a la humanidad.

miércoles, 30 de mayo de 2012

UNA MUJER COMPROMETIDA CON LA LIBERACION DE SU PUEBLO


   Festejamos hoy a una joven mujer excepcional a quien las cooperatrices tenemos gran devocion y tanto que aprender de ella.
   Tuvo una vocacion muy peculiar esta gran figuras características de las «mujeres fuertes» que, a finales de la Edad Media, llevaron sin miedo la gran luz del Evangelio a las complejas vicisitudes de la historia. Benedicto XVI la comparaba junto a Catalina de Siena de la misma época, con las santas mujeres que permanecieron en el Calvario, cerca de Jesús crucificado y de su Madre María, mientras los Apóstoles habían huido y Pedro mismo había renegado de él tres veces. La Iglesia, en ese período, vivía la profunda crisis del gran cisma de Occidente, que duró casi 40 años. Cuando nace Juana, en 1412, hay un Papa y dos Antipapas. Además de esta laceración en el seno de la Iglesia, había continuas guerras fratricidas entre los pueblos cristianos de Europa, la más dramática de las cuales fue la interminable «Guerra de los cien años» entre Francia e Inglaterra. 
    No me resisto a compartiros la hermosa catequesis que sobre ella impartio el santo padre a principios de 2011. No tiene desperdicio

   "Por sus propias palabras sabemos que la vida religiosa de Juana madura como experiencia mística a partir de la edad de 13 años (PCon, I, pp. 47-48). A través de la «voz» del arcángel san Miguel, Juana percibe que el Señor la llama a intensificar su vida cristiana y también a comprometerse en primera persona por la liberación de su pueblo. Su respuesta inmediata, su «sí», es el voto de virginidad, con un nuevo compromiso en la vida sacramental y en la oración: participación diaria en la misa, confesión y comunión frecuentes, largos momentos de oración silenciosa ante el Crucifijo o la imagen de la Virgen. La compasión y el compromiso de la joven campesina francesa frente al sufrimiento de su pueblo se hacen más intensos por su relación mística con Dios. Uno de los aspectos más originales de la santidad de esta joven es precisamente este vínculo entre experiencia mística y misión política. Después de los años de vida oculta y de maduración interior sigue el bienio breve, pero intenso, de su vida pública: un año de acción y un año de pasión.
    A comienzos del año 1429, Juana inicia su obra de liberación. Los numerosos testimonios nos muestran a esta joven de sólo 17 años como una persona muy fuerte y decidida, capaz de convencer a hombres inseguros y desmoralizados. Superando todos los obstáculos, se encuentra con el Delfín de Francia, el futuro rey Carlos VII, que en Poitiers la somete a un examen por parte de algunos teólogos de la universidad. Su juicio es positivo: no ven en ella nada malo, sólo a una buena cristiana. 

   El 22 de marzo de 1429, Juana dicta una importante carta al rey de Inglaterra y a sus hombres que asedian la ciudad de Orleans (ib., pp. 221-222). Su propuesta es una paz verdadera en la justicia entre los dos pueblos cristianos, a la luz de los nombres de Jesús y de María, pero es rechazada, y Juana debe luchar por la liberación de la ciudad, que acontece el 8 de mayo. El otro momento culminante de su acción política es la coronación del rey Carlos VII en Reims, el 17 de julio de 1429. Durante un año entero, Juana vive con los soldados, llevando a cabo entre ellos una auténtica misión de evangelización. Son numerosos sus testimonios acerca de la bondad de Juana, de su valentía y de su extraordinaria pureza. Todos la llaman y ella misma se define «la doncella», es decir, la virgen.

   La pasión de Juana comienza el 23 de mayo de 1430, cuando cae prisionera en manos de sus enemigos. El 23 de diciembre la llevan a la ciudad de Rouen. Allí tiene lugar el largo y dramático Proceso de condena, que se inicia en febrero de 1431 y acaba el 30 de mayo con la hoguera. Es un proceso grande y solemne, presidido por dos jueces eclesiásticos, el obispo Pierre Cauchon y el inquisidor Jean le Maistre, pero en realidad enteramente dirigido por un nutrido grupo de teólogos de la célebre Universidad de París, que participan en el proceso como asesores. Son eclesiásticos franceses, que al haber hecho una opción política opuesta a la de Juana, a priori tienen un juicio negativo sobre su persona y sobre su misión. Este proceso es una página desconcertante de la historia de la santidad y también una página iluminadora sobre el misterio de la Iglesia que, según las palabras del concilio Vaticano II, es «a la vez santa y siempre necesitada de purificación» (Lumen gentium, 8). Es el encuentro dramático entre esta santa y sus jueces, que son eclesiásticos. Acusan y juzgan a Juana, a quien llegan a condenar como hereje y mandan a la muerte terrible de la hoguera. A diferencia de los santos teólogos que habían iluminado la Universidad de París, como san Buenaventura, santo Tomás de Aquino y el beato Duns Scoto, de quienes hablé en algunas catequesis, estos jueces son teólogos carentes de la caridad y la humildad para ver en esta joven la acción de Dios. Vienen a la mente las palabras de Jesús según las cuales los misterios de Dios son revelados a quien tiene el corazón de los pequeños, mientras que permanecen ocultos a los sabios e inteligentes que no tienen humildad (cf. Lc 10, 21). Así, los jueces de Juana son radicalmente incapaces de comprenderla, de ver la belleza de su alma: no sabían que estaban condenando a una santa. 

   El tribunal rechaza, el 24 de mayo, la apelación de Juana al juicio del Papa. La mañana del 30 de mayo, recibe por última vez la santa Comunión en la cárcel e inmediatamente la llevan al suplicio en la plaza del antiguo mercado. Pide a uno de los sacerdotes que sostenga delante de la hoguera una cruz de procesión. Así muere mirando a Jesús crucificado y pronunciando varias veces y en voz alta el Nombre de Jesús (PNul, I, p. 457; cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 435). Cerca de 25 años más tarde, el Proceso de nulidad, iniciado bajo la autoridad del Papa Calixto III, se concluye con una solemne sentencia que declara nula la condena (7 de julio de 1456; PNul, II, pp. 604-610). Este largo proceso, que recogió las declaraciones de los testigos y los juicios de muchos teólogos, todos favorables a Juana, pone de relieve su inocencia y la perfecta fidelidad a la Iglesia. Más tarde, en 1920, Juana de Arco fue canonizada por Benedicto XV.

   Queridos hermanos y hermanas, el Nombre de Jesús, invocado por nuestra santa hasta los últimos instantes de su vida terrena, era como el continuo respiro de su alma, como el latido de su corazón, el centro de toda su vida. El «Misterio de la caridad de Juana de Arco», que tanto fascinó al poeta Charles Péguy, es este amor total a Jesús, y al prójimo en Jesús y por Jesús. Esta santa había comprendido que el amor abraza toda la realidad de Dios y del hombre, del cielo y de la tierra, de la Iglesia y del mundo. Jesús siempre ocupa el primer lugar en su vida, según su hermosa expresión: «Nuestro Señor debe ser el primer servido» (PCon, I, p. 288; cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 223). Amarlo significa obedecer siempre a su voluntad. Ella afirma con total confianza y abandono: «Me encomiendo a Dios mi Creador, lo amo con todo mi corazón» (ib., p. 337). Con el voto de virginidad, Juana consagra de modo exclusivo toda su persona al único Amor de Jesús: es «su promesa hecha a nuestro Señor de custodiar bien su virginidad de cuerpo y de alma» (ib., pp. 149-150). La virginidad del alma es el estado de gracia, valor supremo, para ella más precioso que la vida: es un don de Dios que se ha de recibir y custodiar con humildad y confianza. Uno de los textos más conocidos del primer Proceso se refiere precisamente a esto: «Interrogada si sabía que estaba en gracia de Dios, responde: si no lo estoy, que Dios me quiera poner en ella; si lo estoy, que Dios me quiera conservar en ella» (ib., p. 62; cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 2005).
   
   Nuestra santa vive la oración en la forma de un diálogo continuo con el Señor, que ilumina también su diálogo con los jueces y le da paz y seguridad. Ella pide con confianza: «Dulcísimo Dios, en honor de vuestra santa Pasión, os pido, si me amáis, que me reveléis cómo debo responder a estos hombres de Iglesia» (ib., p. 252). Juana contempla a Jesús como el «rey del cielo y de la tierra». Así, en su estandarte, Juana hizo pintar la imagen de «Nuestro Señor que sostiene el mundo» (ib., p. 172): icono de su misión política. La liberación de su pueblo es una obra de justicia humana, que Juana lleva a cabo en la caridad, por amor a Jesús. 

   El suyo es un hermoso ejemplo de santidad para los laicos comprometidos en la vida política, sobre todo en las situaciones más difíciles. La fe es la luz que guía toda elección, como testimoniará, un siglo más tarde, otro gran santo, el inglés Tomás Moro. En Jesús Juana contempla también toda la realidad de la Iglesia, tanto la «Iglesia triunfante» del cielo, como la «Iglesia militante» de la tierra. Según sus palabras: «De Nuestro Señor y de la Iglesia, me parece que es todo uno» (ib., p. 166). Esta afirmación, citada en el Catecismo de la Iglesia católica (n. 795), tiene un carácter realmente heroico en el contexto del Proceso de condena, frente a sus jueces, hombres de Iglesia, que la persiguieron y la condenaron. En el amor a Jesús Juana encuentra la fuerza para amar a la Iglesia hasta el final, incluso en el momento de la condena. 

    Me complace recordar que santa Juana de Arco tuvo una profunda influencia sobre una joven santa de la época moderna: Teresa del Niño Jesús. En una vida completamente distinta, transcurrida en clausura, la carmelita de Lisieux se sentía muy cercana a Juana, viviendo en el corazón de la Iglesia y participando en los sufrimientos de Cristo por la salvación del mundo. La Iglesia las ha reunido como patronas de Francia, después de la Virgen María. Santa Teresa había expresado su deseo de morir como Juana, pronunciando el Nombre de Jesús (Manuscrito B, 3r), y la animaba el mismo gran amor a Jesús y al prójimo, vivido en la virginidad consagrada.
    Queridos hermanos y hermanas, con su luminoso testimonio, santa Juana de Arco nos invita a una medida alta de la vida cristiana: hacer de la oración el hilo conductor de nuestras jornadas; tener plena confianza al cumplir la voluntad de Dios, cualquiera que sea; vivir la caridad sin favoritismos, sin límites y sacando, como ella, del amor a Jesús un profundo amor a la Iglesia. Gracias.


martes, 29 de mayo de 2012

PRIMAVERA ECLESIAL?


  En mi grandioso despiste, entr mis numerosas idas y venidas, no sé ni donde, ni cuando almacené este articulo interesantisimo para editarlo un dia en el blog. 
   Contrariamente a mi costumbre ni siquiera senalé de donde lo tomé ni quien es el autor. Sin embargo, no temo en publicarlo pues es de una actualidad y enriquecimiento importante para todos. Felicitamos de antemano al autor por el momento anonimo.
   Cuando el  admirado y beato papa Juan Pablo II habló de una nueva primavera para la Iglesia, pocos se preguntaron si se refería a la primavera occidental o la primavera en  Palestina.
  Lo que para nosotros es tiempo de florecer, a la vez que de empezar a sembrar lo que se recogerá terminado el estío, para la cultura mediterránea del oriente próximo es más bien tiempo de recoger lo sembrado en el otoño.
   Y es que, por motivos climáticos, por aquí vamos al revés de lo que se va en aquellas tierras, aunque claro está que dependerá del fruto del que estemos hablando.
  Lo interesante es que donde unos ven momento de siembra, otros ven momento de recoger, y mucho me temo que eso sea lo que pasa con el tema de la Nueva Evangelización.

   Mi sensación permanente es que en la Iglesia somos muy amigos de los atajos, y si ahora toca Nueva Evangelización, pues hagamos cuatro actos, organicemos congresos, conferencias y mesas redondas, y titulemos como Nueva Evangelización todo lo que se mueve  y ya está. Eso es querer recoger en primavera, y aunque suene muy judío y muy bíblico, si ahora mismo nos ponemos a cosechar lo que no se ha sembrado, mucho me temo que saldremos con los capazos vacíos.
   En cambio, son pocos los que empiezan por preguntarse acerca de las raíces que hace falta echar para que el árbol pueda crecer. Son gente de sembrar ahora para recoger después, y no les preocupa tanto lo inmediato como el hecho de que las cosas se hagan bien.  
   Traducida esta actitud en términos de Nueva Evangelización, no basta con lanzarse a la acción, ni con usar nuevos métodos; hay que crear las condiciones para que esta acción y estos métodos den frutos.
   Esto significa que si lanzamos a todo el mundo a hacer el primer anuncio sin primero haberse hecho discípulos, estamos empezando la casa por el tejado. Ya lo dicen los lineamenta: para ser evangelizadores primero hace falta ser discípulos.

   En una iglesia en la que el primer anuncio brilla por su ausencia, en la que son tantísimos los bautizados que no están convertidos, poner a trabajar a todo el mundo sin pensar en que primero hace falta evangelizar a nuestros propios fieles, catequistas, agentes de pastoral e incluso sacerdotes y religiosos, es para mi gusto la receta perfecta para el fracaso. 
   Y es que de convertirse todos los días no está exento nadie, y como nadie da lo que no tiene, lanzarse a predicar a Jesucristo a los alejados requiere de mucha conversión propia para empezar.
   Eso es sembrar en primavera, para que luego en otoño se pueda recoger…
  Pero otro problema es que si se quiere recoger hay que tener los instrumentos para recolectar, pero también hace falta donde guardar y cuidar lo que se ha recogido para que no se pierda.
  Y aquí es donde entramos en el segundo problema, primo hermano del primero.
  
   ¿Está preparada la Iglesia para acoger a los nuevos conversos de la nueva evangelización? ¿Tenemos la cultura y la estructura necesarias para acompañarlos?
   Porque la Nueva Evangelización no es solo hacer un acto aquí u otro allá, y luego que la gente se integre a lo que hay. La NE pasa por entrar en caminos de discipulado, redescubrir el catecumenado, reestructurar la Iglesia y las parroquias en torno a una pastoral de evangelización,  y no entorno a una pastoral de mantenimiento.
   Supone un cambio de estructura pastoral, un abandonar el anónimo individualismo en el que transcurre nuestra práctica cristiana para descubrir otras maneras más comunitarias de ser cristianos. Supone nada más y nada menos que trabajar con la gente de una manera diferente, desarrollando el laicado y todo lo que es expresión de una fe más comunitaria y menos anónima.
   Se podría hablar largo y tendido de la forma en la que conceptualizamos la parroquia y la comunidad cristiana en general hoy en día, aunque es materia para otros post. La pregunta del millón es si podemos atender de la manera adecuada a los nuevos gentiles, alejados y enfriados, respondiendo a su realidad en vez de intentando que se adecúen a la nuestra. 

   Esto abre la discusión sobre hacer parroquias y comunidades misioneras, en las que el catecumenado de adultos tenga un lugar importante y donde el objetivo no sea simplemente mantener la fe de la gente, alimentándolos sin enviarlos a evangelizar.
   No sé a qué primavera se refería proféticamente Juan Pablo II, pero como quiera que sea, estoy convencido de  que ahora toca arar mucho y preparar la tierra si verdaderamente queremos llegar a algún lado…

lunes, 28 de mayo de 2012

TODOS POR LA FAMILIA


    Y empezamos una semana donde la Familia tiene un protagonismo muy particular.
     En Madrid se clausuro ayer el VI Congreso Mundial de las Familias celebrado este fin de semana, la reunion mas importante a nivel mundial de lideres por la familia y provida .

    Recibiamos de nuestro amigo Nacho Arsuaga un correo exultante de alegria: "¡Hemos superado las 3.000 inscripciones, cuando creíamos que llegar a las 2.000 ya sería un éxito!
Y si pones esta mañana en el buscador de noticias de Google "congreso mundial de familias" te aparecerán 31.300 noticias en medios españoles e internacionales, incluyendo por supuesto todos los medios de comunicación españoles. Las ideas que defendemos en este congreso están apareciendo en todas las cadenas de televisión.
   ¡Hemos conseguido que el mensaje llegue con fuerza!"
   Durante el Congreso destacamos el Foro Parlamentario Internacional que ha hecho una declaración a favor de la familia natural. Durante el mismo, se ha presentado también una importante iniciativa europea a favor de la vida que tiene el objetivo de impulsar la protección jurídica de la dignidad del derecho a la vida y de la integridad de todo ser humano desde la concepción y propone que los distintos países no financien proyectos en contra de la vida fuera de sus fronteras.
   Según Mayor Oreja se trata de “un hecho inédito de gran trascendencia para el futuro de Europa”, cuya posibilidad fue abierta por el Tratado de Lisboa. Para que la iniciativa llegue a buen fin son necesarias al menos un millón de firmas.
   “Nosotros, Parlamentarios y representantes de la Sociedad Civil, reunidos en Madrid, España, reafirmamos el Artículo 16 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que declara que la familia es la unidad fundamental de la sociedad y tiene derecho a ser protegida por la sociedad y el estado  
   También recordamos que otros pasajes de la Declaración Universal afirman el derecho a la vida (artículo 3), el derecho de los hombres y mujeres a casarse y formar una familia (artículo 16), el derecho a la libertad de pensamiento, conciencia y religión (artículo 18), y el derecho de los padres a educar a sus hijos (artículo 26).
  Además reconocemos que el Convenio Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales y el Convenio Internacional de Derechos Civiles y Políticos refuerzan estos principios de la Declaración Universal de Derechos Humanos y les otorgamos el carácter de acto jurídico vinculante internacional.
   Sobre estas bases, definimos a la familia natural como la unión de un hombre y una mujer por medio del matrimonio para compartir amor y gozo, procrear hijos, proporcionarles una educación moral, forjar una economía doméstica vital, ofrecer seguridad en momentos de dificultad y unir generaciones. 
   En particular, desarrollaremos políticas generales que descansen en los siguientes principios:
   -La sexualidad existe con la finalidad de expresar amor entre marido y mujer y para la procreación de los hijos dentro de la alianza del matrimonio.
   -Un buen gobierno protege y apoya a la familia natural y no asume los papeles vitales que juega en la sociedad.
  -Los padres poseen la autoridad principal y la responsabilidad para dirigir la formación y educación de sus hijos.
  -Las familias grandes creadas por el matrimonio serán bienvenidas como un regalo especial para sus comunidades.
   De esta manera, lucharemos por formar una Cultura de Vida que asegurará el futuro de sociedades humanas saludables.
    Este encuentro ha reunido a unos ochenta políticos y representantes de la sociedad civil de 22 países de 5 continentes, desde Australia hasta Nigeria, pasando por Filipinas, Pakistán, Rusia, Reino Unido, España. Estados Unidos, Canadá Argentina, Perú, Chile…
   Para Ignacio Arsuaga, presidente de HazteOir, entidad organizadora del WCF, “el objetivo del Foro Parlamentario es construir una red global para promover la familia natural, los derechos fundamentales, en especial el derecho a la vida que busque aborto cero y la dignidad de la persona”.
   “Desde hoy --ha asegurado Arsuaga--, la cultura de la muerte y los lobbies diseñados para destruir la familia y hacer reingeniería social tendrán que luchar contra un muro de contención, una verdadera estrategia que no va a consentir ni una agresión más a los derechos de los no nacidos, al desarrollo de la familia natural, a la protección de la dignidad humana, a la defensa de la libertad religiosa, de educación y de conciencia. La movilización global de políticas a favor de la familia se ha puesto en marcha y es imparable”.
   Damos gracias a Dios por el éxito de este Congreso y confiamos a la Familia de Nazaret los frutos y el proximo Congreso Internacional de la familia que Benedicto XVI presidira en Milan a partir del proximo jueves.

domingo, 27 de mayo de 2012

SEAMOS PIROMANOS PERO NO AGUAFIESTAS


¡Cuidado con llamar a los bomberos! ¡Hoy es día de gran fiesta!
El Fuego de Dios, el Amor de Dios en Persona se derrama sobre cada uno, sobre la Iglesia y sobre la humanidad.
"El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado"(Rm, 5,5)
¡Si conocieras el don de Dios! Pedimos a Dios mil cosas, y pasamos al lado de lo único necesario (según la palabra de Jesús a Marta de Betania, Lc, 10, 42): el bien infinitamente deseable que sobrepasa todo otro deseo.


O como dice San Francisco de Asís en su alabanza a Dios, "la plenitud del bien, el único bien, el bien por encima de todo otro bien". Este bien que es Dios. Dios en persona. Y particularmente la tercera Persona de la Santísima Trinidad: el Espíritu Santo. Es por excelencia el don de Dios, la Persona-Don.
El don del Espíritu Santo es el último fruto de la Pasión: "Jesús inclinando la cabeza entregó el Espíritu" (Jn 19,30). Es también el primer fruto de la Resurrección, de la nueva Creación: en la tarde de Pascua Jesús sopló sobre ellos (Jn 20, 22). Reitera así el don del aliento de vida que animó al primer hombre. Es el primer gesto y la misma palabra. Respiración divina, soplo potente y profundo, el Espíritu Santo purifica, santifica, diviniza todo lo que toca.
No nos queda mas que dejarnos tocar por El. El Espíritu es dado a la medida de Dios, es decir sin medida (Jn 3, 34). Pero ¿será recibido tanto como es dado? Una fe demasiado confusa, una esperanza demasiado tímida, una caridad tibia, una oración demasiado rápida, son características de un cristianismo sin aliento.


Es por lo que Jesús habla en imperativo: "¡Recibid el Espíritu Santo!"Es toma o deja.
Recemos para que nuestras Parroquias, nuestras diócesis, nuestras sociedades, nuestras familias, nuestras personas se dejen inflamar por Pentecostés. Demos el ejemplo.
Dejémonos abrasar por este Fuego, arrastrar por este Viento, ahogar por esta Agua. ¡¡¡Lo necesitamos!!! 


De ello depende la alegría divina para nosotros y para el mundo.

¡FELIZ Y SANTA FIESTA DE PENTECOSTES!

sábado, 26 de mayo de 2012

Con María pidamos El ESPÍRITU SANTO


Con María pidamos El ESPÍRITU SANTO
¡Oh Purísima Virgen María!, 
que en tu inmaculada concepción 
fuiste hecha por el Espíritu Santo 
Tabernáculo escogido de la Divinidad, 
¡ruega por nosotros!

¡Y haz que el Divino Paráclito,
venga pronto a renovar la faz de la tierra!.

¡Oh Purísima Virgen María, 
que en el misterio de la encarnación 
fuiste hecha por el Espíritu Santo verdadera Madre de Dios, 
ruega por nosotros!.
¡Y haz que el Divino Paráclito,
venga pronto a renovar la faz de la tierra!.


¡Oh Purísima Virgen María, 
que estando en oración con los Apóstoles,
en el Cenáculo fuiste inundada por el Espíritu Santo, 
ruega por nosotros!
¡Y haz que el Divino Paráclito,
venga pronto a renovar la faz de la tierra!.
 
Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles 
y enciende en ellos el fuego de tu amor.

Envía Tu Espíritu y será una nueva creación.
Y renovarás la faz de la tierra.

jueves, 24 de mayo de 2012

La Paternidad


   
   Queridos hermanos y hermanas,
   El miércoles pasado he mostrado cómo san Pablo dice que el Espíritu Santo es el gran maestro de oración y nos enseña a dirigirnos a Dios con términos afectuosos de hijos, llamándolo "Abba", Padre. Así lo hizo Jesús, incluso en el momento más dramático de su vida terrena, Él nunca perdió su fe en el Padre y siempre lo ha invocado con la intimidad del Hijo amado. 

   En Getsemaní, cuando siente la angustia de la muerte, su oración es: "Abba!, ¡Padre! Todo es posible para ti: ¡aleja de mi este cáliz! Sin embargo, no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú" (Mc. 14,36).
   Desde las primeras etapas de su camino, la Iglesia ha acogido esta invocación y la ha hecho propia, sobre todo en la oración del Padre Nuestro, en la cual decimos todos los días: "Padre... Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo" (Mt. 6,9-10). 
   En las cartas de san Pablo lo encontramos dos veces. El Apóstol, que acabamos de escuchar, se dirigió a los Gálatas con estas palabras: "Que sois hijos lo demuestra el hecho que Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que grita en nosotros: ¡Abba!, ¡Padre! "(Gal 4,6). Y en medio de ese canto al Espíritu en el capítulo octavo de la Carta a los Romanos, san Pablo dice: "No han recibido un espíritu de esclavos para caer en el temor, sino que han recibido el Espíritu que nos hace hijos adoptivos, a través del cual gritamos: "¡Abba! ¡Padre! " (Rom. 8,15). 

   El cristianismo no es una religión del miedo, sino de la confianza y del amor al Padre que nos ama. Estas dos afirmaciones densas nos hablan del envío y de la recepción del Espíritu Santo, el don del Resucitado, que nos hace hijos en Cristo, el Hijo unigénito, y nos coloca en una relación filial con Dios, relación de profunda confianza, como la de los niños; una relación filial similar a la de Jesús, aunque diferente en el origen y diferente en el espesor: Jesús es el Hijo eterno de Dios que se hizo carne, y en él nos convertimos en hijos, con el tiempo, a través de la fe y los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación; gracias a estos dos sacramentos somos inmersos en el misterio pascual de Cristo. El Espíritu Santo es el don precioso y necesario que nos hace hijos de Dios, que realiza aquella adopción filial a la que todos los seres humanos están llamados porque, como indica la bendición divina de la Carta a los Efesios, Dios, en Cristo, "nos eligió antes de la fundación del mundo para ser santos e irreprochables ante él por el amor, predestinándonos a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo" (Ef. 1,4).

   Tal vez el hombre moderno no percibe la belleza, la grandeza y el profundo consuelo contenidos en la palabra "padre" con la que podemos dirigirnos a Dios en la oración, porque la figura paterna a menudo hoy no está suficientemente presente, y a menudo no es suficientemente positiva en la vida diaria. 
   La ausencia del padre, el problema de un padre no presente en la vida del niño es un gran problema de nuestro tiempo, por lo que se hace difícil entender en profundidad qué significa que Dios sea Padre para nosotros. De Jesús mismo, por su relación filial con Dios, podemos aprender lo que significa exactamente "padre", cual es la verdadera naturaleza del Padre que está en los cielos. 
   Los críticos de la religión han dicho que hablar de Dios como "Padre" sería una proyección de nuestros padres hasta el cielo. Pero la verdad es lo contrario: en el evangelio, Cristo nos muestra quién es el padre y cómo es un verdadero padre, por lo que podemos intuir la verdadera paternidad, aprender también de la verdadera paternidad. Pensemos en la palabra de Jesús en el Sermón de la Montaña, donde dice: “Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persigan, para que seais hijos de vuestro Padre que está en los cielos" (Mt. 5,44-45). Es justamente el amor de Jesús, el Hijo unigénito --que llega al don de sí mismo en la cruz--, el que nos revela la verdadera naturaleza del Padre: Él es Amor, y también nosotros, en nuestra oración de hijos, entramos en este circuito de amor, amor de Dios que purifica nuestros deseos, nuestras actitudes marcadas por el encierro, de la autosuficiencia, del egoísmo típico del hombre viejo.

   Me gustaría detenerme un momento sobre la paternidad de Dios, para que podamos dejarnos calentar el corazón con esta realidad profunda que Jesús nos ha hecho conocer plenamente y para que se nutra nuestra oración. Por tanto, podemos decir que en Dios el ser Padre tiene dos dimensiones. 
   En primer lugar, Dios es nuestro Padre, porque Él es nuestro Creador. Cada uno de nosotros, cada hombre y mujer es un milagro de Dios, es querido por Él, y es conocido personalmente por Él. Cuando en el libro del Génesis se dice que el ser humano es creado a imagen de Dios (cf. 1,27), se quiere expresar propiamente esta realidad: Dios es nuestro Padre, por Él no somos seres anónimos, impersonales, sino que tenemos un nombre. Hay una palabra en los Salmos que siempre me toca cuando rezo: "Tus manos me han formado", dice el salmista (Sal. 119,73). Cada uno de nosotros puede expresar, con esta hermosa imagen, la relación personal con Dios: "Tus manos me formaron. Tú me has pensado, me has creado y querido". 
   Pero esto no es suficiente aún. El Espíritu de Cristo nos abre a una segunda dimensión de la paternidad de Dios, más allá de la creación, porque Jesús es el "Hijo" en el sentido pleno, "de la misma sustancia del Padre", como profesamos en el Credo. Convirtiéndose en un ser humano como nosotros, con la encarnación, muerte y resurrección, Jesús a su vez nos recibe en su humanidad y en su mismo ser de Hijo, para que así nosotros podamos entrar en su específica pertenencia a Dios. Es cierto que nuestro ser hijos de Dios no tiene la plenitud de Jesús: nosotros debemos serlo cada vez más, a través de lo largo del camino de toda nuestra vida cristiana, creciendo en el seguimiento de Cristo, en la comunión con Él para entrar siempre más íntimamente en la relación de amor con Dios Padre, que sostiene nuestra vida. Y es esta realidad fundamental la que se nos revela cuando nos abrimos al Espíritu Santo y Él nos hace dirigirnos a Dios, diciendo: "¡Abba!" "¡Padre! " Realmente entramos más allá de la creación en la adopción con Jesús; estamos unidos realmente en Dios e hijos en un mundo nuevo, en una nueva dimensión.

   Pero ahora me gustaría volver a los dos pasajes de san Pablo que estamos considerando sobre esta acción del Espíritu Santo en nuestra oración; también aquí hay dos pasos que se corresponden pero que contienen un tono diferente. En la Carta a los Gálatas, de hecho, el Apóstol dice que el Espíritu clama en nosotros "¡Abbá! ¡Padre!"; en la Carta a los Romanos nos dice que está en nosotros el gritar "¡Abba! ¡Padre!". Y san Pablo quiere que entendamos que la oración cristiana nunca es, jamás es una vía única de nosotros hacia Dios, no es sólo un "actuar nuestro", sino es una expresión de una relación recíproca en la que Dios actúa en primer lugar: es el Espíritu que clama en nosotros, y nosotros podemos clamar porque el impulso viene del Espíritu Santo. Nosotros no podemos orar si no estuviera inscrito en la profundidad de nuestro corazón el deseo de Dios, el ser hijos de Dios. Desde que existe, el homo sapiens siempre está en busca de Dios, trata de hablar con Dios, porque Dios se ha inscrito a sí mismo en nuestros corazones. Así que la primera iniciativa viene de Dios, y con el bautismo, de nuevo Dios obra en nosotros, el Espíritu Santo actúa en nosotros; es el iniciador de la oración para que podemos hablar después con Dios y decir "Abba!" a Dios. Entonces su presencia da inicio a nuestra oración y a nuestra vida, abre los horizontes de la Trinidad y de la Iglesia.
   También comprendemos, este es el segundo punto, que la oración del Espíritu de Cristo en nosotros y la nuestra en Él, no es sólo un acto individual, sino un acto de toda la Iglesia. En el orar se abre nuestro corazón, entramos en comunión no sólo con Dios, sino también con todos los hijos de Dios, porque somos una sola cosa. Cuando nos dirigimos al Padre en nuestra habitación interior, en el silencio y en el recogimiento, nunca estamos solos. Quien habla con Dios no está solo. Estamos dentro de la gran oración de la Iglesia, somos parte de una gran sinfonía que la comunidad cristiana dispersa por toda la tierra y en cada tiempo eleva a Dios; es cierto que los músicos y los instrumentos son diferentes --y esto es un elemento de la riqueza--, pero la melodía de alabanza es única y en armonía. Cada vez, entonces, que exclamamos y decimos: "¡Abba! ¡Padre! ", es la Iglesia, toda la comunión de los hombres en oración la que sostiene nuestra oración y nuestra oración es la oración de la iglesia. Esto también se refleja en la riqueza de los carismas, de los ministerios, de los trabajos, que realizamos en la comunidad. San Pablo escribe a los cristianos de Corinto: "Hay diversidad de carismas, pero uno solo es el Espíritu; hay diferentes ministerios, pero sólo uno es el Señor; hay diferentes actividades, pero uno solo es Dios que obra todo en todos"(1 Cor. 12,4-6). La oración guiada por el Espíritu Santo, que nos hace decir: "¡Abba! ¡Padre!" con Cristo y en Cristo, nos inserta en el único gran mosaico de la familia de Dios, donde cada uno tiene un lugar y un rol importante, en profunda unidad con el conjunto.

   Una nota final: nosotros aprendemos a clamar "¡Abba!,¡Padre!" con María, la Madre del Hijo de Dios. El cumplimiento de la plenitud del tiempo, del cual habla san Pablo en la Carta a los Gálatas (cf. 4,4), se produce en el momento del "sí" de María, de su adhesión a la voluntad Dios: "He aquí la esclava del Señor" (Lc. 1,38).
   Queridos hermanos y hermanas, aprendamos a disfrutar en nuestra oración de la belleza de ser amigos, también hijos de Dios, de poderlo invocar con la confianza que tiene un niño con los padres que lo aman. Abramos nuestra oración a la acción del Espíritu Santo para que grite en nosotros a Dios "¡Abba!¡ Padre!", y para que nuestra oración cambie, convierta constantemente nuestro pensamiento, nuestra acción, para que se vuelva conforme a la del Hijo Unigénito, Jesucristo. Gracias.

miércoles, 23 de mayo de 2012

NACIDOS EN PENTECOSTES


Recuerden  los Cooperadores Parroquiales que nacieron dentro de la Novena del Espíritu Santo y en Pentecostés, y que uno de las caracteres propios de ellos deberá ser esta devoción con el carácter de ansiosa, sedienta de aquella divina Bondad y Persona.
P. Vallet

martes, 22 de mayo de 2012

Alegría y buen humor



    La alegría es más alegría cuando se comparte con las personas a las que queremos.
   Así nos lo recuerda San Agustín: «Cuando están involucrados en la misma alegría, la alegría de cada uno es más abundante, ya que todos se encienden unos a otros». O como dice Jean Vanier: «La risa es un alimento importante. Es terapéutico y alimenticio que la comunidad estalle de risa hasta llorar. No se trata de reírse 'de' sino de reír 'con'». Es la alegría que se hace comunión.
   Es sano aprender a reír con otros. Aunque el deporte que más practicamos es el de reírnos de los defectos de los demás. Nos gusta más reírnos de los errores de los otros, comentar sus caídas y sonreír ante las debilidades ajenas. Sin embargo, ¡cuánto escasea un humor sano y sencillo, puro y humilde! Un humor cálido y trasparente cambia la atmósfera que nos rodea y nos ayuda a ver a Dios en los demás. 




    Muchas cosas pierden importancia cuando las vivimos con alegría, con risas, sin tomarnos demasiado en serio.
    El sentido del humor es fundamental para la vida. Tenemos que aprender a reírnos de nosotros mismos, de nuestros propios defectos o confusiones. Si perdemos esa capacidad nos pondremos serios en seguida y no aceptaremos las críticas. Porque muchas veces nos ocurre lo que leía hace poco: «Es cierto que me desestabilizo fácilmente cuando me hacen reproches, cuando me critican». Por eso es tan importante alegrarnos juntos y disfrutar de los regalos de cada día. 
    Una familia que ha perdido la risa, acaba perdiendo la esperanza y el deseo de vivir de verdad. Una familia que ríe unida crece en su unidad.

lunes, 21 de mayo de 2012

TRABAJAR POR LOS DEMAS

   Hablábamos el otro día del guionista de la serie «Al salir de clase», director de «Las noticias del guiñol», de «Lo+Plus», «Desesperado Club Social», varios capítulos de «Cuéntame», Antonio Cuadri.
   Hoy queremos reproducir su testimonio publicado en el periódico LA RAZÓN.
  «Me volví a confesar hace un año. Hacía unos 15 que no lo hacía. Para mí fue necesario y gratificante», explica a LA RAZÓN. «Hace meses me reencontré con un amigo, Patricio Gómez, al que llevaba 20 años sin ver. Era un hombre formado en el materialismo dialéctico marxista, pero en Costa Rica se zambulló en la fe. Me hizo reflexionar. Me invitó a participar en la JMJ, a colaborar con Radio María». Cuando Benedicto XVI, en El Escorial, habló de «el eclipse de la fe» que vive Occidente, me pareció muy profundo: «un eclipse es una zona de oscuridad que termina tarde o temprano». 

 

   Antiguo alumno claretiano, nunca dejó su oración de las noches, ni siquiera cuando estuvo más alejado de la Iglesia. «Creo en la oración, que es un regalo, un don, como la fe. Rezo pidiendo luz, gracia, poder distinguir lo que cambiar de lo que no, pidiendo valor, y paz, para concentrarme allí donde puedo intervenir. En lo espiritual soy bastante “free-lance”, pero los del equipo de “Hay mucha gente buena” me apoyan, me acompañan, me quieren mucho y se lo agradezco», admite. 
   «A la gente que se hace preguntas, en búsqueda espiritual, yo les diría, con cierto humor negro, que tengamos la humildad de imaginar dónde acabamos todos: ¡en el cementerio! Tengamos la valentía de preguntarnos si creemos de verdad que ahí acaba todo, si no habrá algo, que no es materia, que no se pudre, que perdura», asegura, si bien a renglón seguido, señala: «Pensemos además si nuestro rumbo, nuestras decisiones, las podemos tomar solos o si necesitamos un itinerario, unas instrucciones. Yo creo en Dios, y quiero hacer las cosas bien, y quitar todo lo que sobra. La Biblia y el Evangelio tienen claves que inspiran a la sociedad, pero además el Espíritu te puede hablar a ti, personalmente, a través de la Biblia. En nuestros pensamientos a menudo hay muchos falsos ídolos»,

«Hay mucha gente buena» es el magazín de los viernes de Radio María. «Decidí contar algunas de sus historias en un corto de 18 minutos. Es una historia en clave de comedia, humor, sobre una lucha contra reloj, sobre tantos voluntarios en esta radio tan especial. ¡Es que su entrega desde el principio me impactó! En el vídeo han colaborado unas 200 personas, incluyendo profesionales del mundo audiovisual o televisivo como Felipe Simón, Javi Jiménez, Fernando Ortí, James Muñoz y otros muchos». Puede verse en el web Haymuchagentebuena.es.

domingo, 20 de mayo de 2012


  Ascension de Jesùs. No es la Ascension de alguién que sale disparado como un cohete. Es como una imantacion que se produce entre el Padre y el Hijo, Jesus, imantacion irresistible, fuerte, potente del Amor.
  Dia para pedir como nos invita san Ignacio en la ùltima etapa  de los Ejercicios "la gracia del gozo y de la gloria de Jesùs Resucitado".
  Si, qué gozo el  de Jesùs en su vuelta a la casa del Padre con una humanidad glorificada. Un hombre en la divinidad: qué locura! Quien comprenderà!
  "Voy a prepararos un lugar" Asi justifica Jesus su partida junto al Padre, no sin asegurarnos "Yo estaré con vosotros todos los dias hasta el fin del mundo"

  Jesùs nos està preparando un sitio. Y nos ha asegurado que lo tendriamos "En la casa de mi Padre hay muchas moradas, si no os lo habria dicho". TENEMOS ASEGURADO UNA MORADA EN EL CIELO. ES ESTUPENDO!
   Cuando nos preparamos a recibir a alguién  que queremos de verdad, con qué cuidado preparamos todo: la vajilla, el mantel, el menù, la cama, unas flores..., que no falte detalle. Y Jesus que nos quiere como nadie nos està preparando una morada, no para pasar un rato, un dia, sino toda la eternidad... Y es que vivimos olvidadizos de lo que dice la escritura "que la vida del hombre es un suspiro en la noche, como un ayer que paso"
  Dia para recordarnos que hemos de vivir nuestra vida 
CON LA MIRADA PUESTA EN EL CIELO
NO EN LAS NUBES
Y CON LOS PIES EN LA TIERRA,
NO EN EL BARRO

sábado, 19 de mayo de 2012

  Seguimos unidos a Maria con los Apostoles  y la Iglesia implorando la venida del Espiritu Santo, con la plenitud de sus dones que tanto necesitamos para nosotros mismo, para nuestra sociedad, para nuestra Iglesia.
  Os comparto esta hermosa frase que puede animar nuestra meditacion del dia:
   Cuanto más el Espíritu Santo encuentra a María en un alma, más se vuelve operante y poderoso para reproducir a Jesucristo en esa alma, y esa alma en Jesucristo."

San Luis Maria Grignon de Montfort


viernes, 18 de mayo de 2012

ORAR EN EL ESPIRITU

   Queridos hermanos y hermanas:
   En las últimas catequesis hemos reflexionado sobre la oración en los Hechos de los Apóstoles, hoy quisiera iniciar a hablar de la oración en las cartas de san Pablo, el apóstol de las gentes. 
   Antes de todo querría notar como no es causal que sus cartas sean introducidas y se cierren con expresiones de oración: al inicio agradecimiento y oración, al final la esperanza de que la gracia de Dios guíe el camino de la comunidad a la cual está dirigida el escrito. Entre la fórmula de apertura: “agradezco a mi Dios por medio de Jesucristo” (Rm. 1,8), y del deseo final: la “gracia del Señor Jesucristo esté con todos vosotros” (1Cor. 16,23), se desarrollan los contenidos de las cartas del apóstol. La de san Pablo son una oración que se manifiesta en una gran riqueza de formas que van del agradecimiento a la bendición, de la alabanza a la solicitud y a la intercesión, del himno a la súplica: una variedad de expresiones que demuestra como la oración involucra y penetra todas las situaciones de la vida, sean aquellas personales, sean aquellas de la comunidad a la que se dirige.
   Un primer elemento que el apóstol nos quiere hacer entender es que la oración no tiene que ser vista como una simple obra buena realizada por nosotros hacia Dios, una acción nuestra. Es sobre todo un don, fruto de la presencia viva, vivificante del Padre y de Jesucristo en nosotros. En la carta a los Romanos escribe: “Del mismo modo también el Espíritu viene para ayudar a nuestra debilidad: no sabemos de hecho cómo rezar de manera adecuada, pero el Espíritu mismo intercede con gemidos inexpresables” (8,26). Y sabemos cuanto sea verdad lo que dice el apóstol: “No sabemos cómo rezar de manera conveniente”. Queremos rezar pero Dios está lejos, no tenemos las palabras, el lenguaje para hablar con Dios, ni siquiera el pensamiento.
   Solamente podemos abrirnos, poner nuestro tiempo a disposición de Dios, esperar que Él nos ayude a entrar en el verdadero diálogo. El apóstol dice: justamente esta falta de palabras, esta ausencia de palabras, o este deseo de entrar en contacto con Dios es oración que el Espíritu Santo no sólo entiende, pero lleva, interpreta hacia Dios. Justamente esta debilidad nuestra se vuelve –gracias al Espíritu Santo–, verdadera oración, verdadero contacto con Dios. El Espíritu Santo es casi el intérprete que nos hace entender a nosotros mismos y a Dios qué es lo que queremos decirle.
   En la oración nosotros experimentamos más que en otras dimensiones de la existencia, nuestra debilidad, nuestra pobreza, el ser creaturas, pues somos puestos delante de la omnipotencia y la trascendencia de Dios. Y cuanto más progresamos en el escuchar y dialogar con Dios –de manera que la oración se vuelve la respiración cotidiana de nuestra alma–, tanto más percibimos también el sentido de nuestro límite, no solamente delante a las situaciones concretas de cada día, pero también en la misma relación con el Señor. Crece entones en nosotros la necesidad de confiar, de confiarnos siempre a Él; entendemos que “no sabemos … cómo rezar de manera conveniente”. (Rm. 8,26). Y es el Espíritu Santo que ayuda nuestra incapacidad, ilumina nuestra mente y calienta nuestro corazón, guiando nuestro dirigirse a Dios. Para san Pablo la oración es sobre todo el operar del Espíritu en nuestra humanidad, para hacerse cargo de nuestra debilidad y transformarnos de hombres atados a la realidad material, a hombres espirituales.
   En la primera carta a los Corintios dice: “Por lo tanto, nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu de Dios que nos permite conocer lo que Dios nos ha donado. De estas cosas nosotros hablamos con palabras que no son sugeridas por la sabiduría humana, en cambio enseñadas por el Espíritu, expresando cosas espirituales en términos espirituales” (2,12-13). Con su habitar en nuestra fragilidad humana, el Espíritu Santo nos cambia, intercede por nosotros y nos conduce hacia las alturas de Dios. (cfr Rm 8,26).
   Con esta presencia del Espíritu Santo se realiza nuestra unión con Cristo, pues se trata del espíritu del Hijo de Dios, en el cual nos hemos vuelto hijos. San Pablo habla del espíritu de Cristo (cfr. Rm. 8,9) y no solamente del Espíritu de Dios. Es obvio: si Cristo es el Hijo de Dios, su espíritu es también el Espíritu de Dios, y así si el Espíritu de Dios se vuelve muy cercano a nosotros en el Hijo de Dios y el Hijo del hombre, el Espíritu de Dios se vuelve también espíritu humano y nos toca, y podemos entrar en la comunión del Espíritu.
   Es como si se dijera que no solamente Dios Padre se hizo visible en la encarnación del Hijo, sino también el Espíritu de Dios se manifiesta en la vida y en la acción de Jesús, de Jesucristo que vivió, fue crucificado, murió y resucitó.
El apóstol recuerda que “nadie puede decir 'Jesús es el Señor', si no es bajo la acción del Espíritu Santo” (1 Cor. 12,3). Por lo tanto el Espíritu orienta nuestro corazón hacia Jesucristo, de manera que “no vivimos más nosotros, sino es Cristo que vive en nosotros” (cfr. Gal. 2,20).
   En su catequesis sobre los sacramentos, al reflexionar sobre la Eucaristía, san Ambrosio afirma: “Quien se inebria del Espíritu está radicado en Cristo” (5, 3, 17: PL 16, 450).
   Y querría ahora evidenciar tres consecuencias en nuestra vida cristiana cuando permitimos operar en nosotros no al espíritu del mundo, sino al espíritu de Cristo como principio interior de todo nuestro actuar.
   Sobre todo con la oración animada por el Espíritu estamos en condiciones de abandonar y superar toda forma de miedo o de esclavitud, viviendo la auténtica libertad de hijos de Dios. Sin la oración que alimenta cada día nuestro estar en Cristo, en una intimidad que crece progresivamente, nos encontramos en la condición descrita por san Pablo en la Carta a los Romanos: no hacemos el bien que queremos, sino más bien el mal que no queremos (cfr. Rm. 7,19). Y esta es la expresión de la alienación del ser humano, de la destrucción de nuestra libertad, debido a las circunstancias de nuestro ser por el pecado original: queremos el bien que no hacemos y hacemos lo que no queremos, el mal.
   El apóstol quiere hacernos entender que no es antes de todo nuestra voluntad la que nos libera de estas condiciones, y ni siquiera la Ley, sino más bien el Espíritu Santo. Y visto que “dónde está el Espíritu del Señor hay libertad” (2 Cor. 3,17), con la oración experimentamos la libertad que nos dona el Espíritu: una libertad auténtica que liberarnos del mal y del pecado en favor del bien y la vida, y por Dios. La libertad del Espíritu, prosigue san Pablo, no se identifica nunca ni con el libertinaje ni con la posibilidad de elegir el mal, sino con el fruto del Espíritu que es amor, alegría, paz, magnanimidad, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí” (Gal. 5,22). Esta es la verdadera libertad: poder realmente seguir el deseo de bien, de verdadera alegría, de comunión con Dios y no estar oprimido por las circunstancias que nos indican otras direcciones.

   Una segunda consecuencia se verifica en nuestra vida cuando dejamos operar en nosotros al espíritu de Cristo, de esta manera la relación con Dios se vuelve tan profunda que no puede ser afectada por ninguna realidad o situación.
   Entendamos entonces que con la oración no nos liberamos de las pruebas o de los sufrimientos, pero los podemos vivir en unión con Cristo, con sus sufrimientos, en la perspectiva de participar también de su gloria (cfr. Rm. 8,17). Muchas veces, en nuestra oración, le pedimos a Dios que nos libere del mal físico y espiritual, y lo hacemos con gran confianza. Entretanto muchas veces tenemos la impresión de que no somos escuchados y entonces corremos el riesgo de desanimarnos y de no perseverar. En realidad no hay grito humano que no sea escuchado por Dios y justamente en la oración constante y fiel que entendemos con san Pablo que “los sufrimientos del tiempo presente no son un obstáculo a la gloria futura que será revelada en nosotros” (Rm. 8,18). La oración no nos exenta de las pruebas o de los sufrimientos, mas bien –dice san Pablo–, nosotros “gemimos interiormente esperando ser adoptados como hijos, la redención de nuestro cuerpo” (Rm. 8,26).
   Él nos dice que la oración no nos exenta del sufrimiento si bien la oración nos permite vivirla y enfrentarla con una fuerza nueva, con la misma confianza de Jesús, quien --según la Carta a los Hebreos--, “en los días de su vida terrena ofreció oraciones y súplicas con fuertes gritos y lágrimas a Dios que podía salvarlo de la muerte, y que debido a su pleno abandono en Él fue escuchado” (5,7). La respuesta de Dios Padre al Hijo, a sus fuertes gritos y lágrimas no fue la liberación de los sufrimientos, pero un exaudir mucho más grande, una respuesta mucho más profunda: a través de la cruz y de la muerte, Dios respondió con la resurrección del Hijo, con la nueva vida. La oración animada por el Espíritu Santo nos lleva además a vivir cada día el camino de la vida con sus pruebas y sufrimientos, con plena esperanza en la confianza de Dios que responde como respondió al Hijo.
   Y en tercer lugar, la oración del creyente se abre también a las dimensiones de la humanidad y de todo lo creado, haciéndose cargo de la “ardiente expectativa de la creación, inclinada hacia la revelación de los hijos de Dios” (Rm 8,19). Esto significa que la oración, sostenida por el espíritu de Cristo que habla en lo íntimo de nosotros mismos nunca se queda cerrada en si misma, nunca es una oración solamente por mi, pero se abre para compartir los sufrimientos de nuestro tiempo y de los otros. Se vuelve intercesión hacia los otros y así liberación para mi, y canal de esperanza para toda la creación, expresión de aquel amor de Dios que se ha volcado en nuestros corazones por medio del Espíritu que nos fue dado (cfr. Rm. 5,5). Es justamente esto un signo de una oración verdadera que no termina en nosotros mismos sino que se abre a los otros y así me libera y ayuda para la redención del mundo.
   Queridos hermanos y hermanas, san Pablo nos enseña que en nuestra oración tenemos que abrirnos a la presencia del Espíritu Santo, quien reza en nosotros con gemidos inexpresables, para llevarnos a adherir a Dios con todo nuestro corazón y con todo nuestro ser. 
   El espíritu de Cristo se vuelve la fuerza de nuestra oración 'débil', la luz de nuestra oración 'apagada', el fuego de nuestra oración 'árida', donándonos la verdadera libertad interior, enseñándonos a vivir enfrentando las pruebas de la existencia, con la certeza de no estar solos, abriéndonos a los horizontes de la humanidad y de la creación “que gime y sufre dolores de parto (Rm. 8,22).