sábado, 30 de julio de 2011

PADRE Y MAESTRO

   Sí. No podemos dejar de mencionarlo.
   Mañana es la fiesta de nuestro Padre, Maestro y Guía eminente en los caminos espirituales: SAN IGNACIO DE LOYOLA. Pues, como decia nuestro Fundador de manera contundente: "somos ignacianos".
   Y es impresionante la cantidad de hombres y mujeres de toda raza, lengua, pueblo y nación que a lo largo de estos últimos 500 años han sacado provecho de su experiencia espiritual expuesta tan metodicamente en los Ejercicios Espirituales. Cuantos santos conocidos como Madre Teresa, el Beato Juan XXIII, san Francisco de Sales, por citar sólo algunos más cercanos, y cuantos santos desconocidos deben su crecimiento en el conocimiento y la identificación a Cristo gracias a esta experiencia espiritual.



   Maestro del discernimiento, con sus reglas para examinar las diversas mociones que tocan el alma "las buenas para seguirlas, las malas para desecharlas". Y para saber actuar en esos momentos penosos de la vida espiritual cuando los escrupulos nos asedian.

   Maestro de la contemplación del Evangelio, con ese método que nos hace penetrar y encontrar a Cristo íntiomamente que me habla hoy a través de su vida histórica. Sin olvidar esa gracia capital del "conocimiento íntimo de Cristo para amarle más y seguirle mejor"

   Maestro de la libertad interior, ayudándonos a "ordenar la vida", con "la indiferencia " que no es apatía sino  "buscar y desear  tanto cuanto... lo que Cristo amó y deseo"


   Maestro del Amor auténtico desde el "presupuesto prealable: toda persona ha de ser más pronta a salvar la proposición del prójimo que a condenarla..." hasta la contemplación para alcanzar amor en la que se nos recuerda que el Amor se ha de poner más en las obras que en las palabras.

   Maestro del Amor a la Iglesia con esas magníficas consignas para en todo sentir con ella, como Madre nuestra que es.

   Maestro del compromiso apostólico auténtico, siguiendo la llamada de Cristo para conquistar el mundo para el Padre, para invitar a los hombres a vivir bajo el estandarte de Cristo de pobreza, humildad, humillación.

   Maestro... sí, un gran Maestro aunque no quiso pasar como tal, sino que sólo quería "hacer bien a las almas"
  Damos gracias al Señor por Iñigo de Loyola, y por todas las gracias que por su medio hemos obtenido a lo largo de nuestra vida.
   A él encomendamos las JMJ de Madrid para que muchos jóvenes encuentren a Cristo a través esta experiencia que propone a todos los que quieren crecer en el conocimiento íntimo de Cristo y ordenar su vida según la voluntad de Dios.
 
   A El y a todos vosotros encomendamos también a nuestros dos Cooperadores que serán ordenados sacerdotes mañana en Kinshasa, R.D. del Congo, los Hermanos Hermano Godé et Patrice.

lunes, 25 de julio de 2011

   Creo que es un buen dia para recordarnos el mensaje que nos dejo nuestro Pastor Benedicto XVI a su paso por la tumba del apostol.
   Feliz fiesta de Santiago patron de España!!!!

   Desde aquí, como mensajero del Evangelio que Pedro y Santiago rubricaron con su sangre, deseo volver la mirada a la Europa que peregrinó a Compostela. ¿Cuáles son sus grandes necesidades, temores y esperanzas? ¿Cuál es la aportación específica y fundamental de la Iglesia a esa Europa, que ha recorrido en el último medio siglo un camino hacia nuevas configuraciones y proyectos? Su aportación se centra en una realidad tan sencilla y decisiva como ésta: que Dios existe y que es Él quien nos ha dado la vida. Solo Él es absoluto, amor fiel e indeclinable, meta infinita que se trasluce detrás de todos los bienes, verdades y bellezas admirables de este mundo; admirables pero insuficientes para el corazón del hombre. Bien comprendió esto Santa Teresa de Jesús cuando escribió: “Sólo Dios basta”.
   Es una tragedia que en Europa, sobre todo en el siglo XIX, se afirmase y divulgase la convicción de que Dios es el antagonista del hombre y el enemigo de su libertad. Con esto se quería ensombrecer la verdadera fe bíblica en Dios, que envió al mundo a su Hijo Jesucristo, a fin de que nadie perezca, sino que todos tengan vida eterna (cf. Jn 3,16).
  
   Ese Dios y ese hombre son los que se han manifestado concreta e históricamente en Cristo. A ese Cristo que podemos hallar en los caminos hasta llegar a Compostela, pues en ellos hay una cruz que acoge y orienta en las encrucijadas. Esa cruz, supremo signo del amor llevado hasta el extremo, y por eso don y perdón al mismo tiempo, debe ser nuestra estrella orientadora en la noche del tiempo. Cruz y amor, cruz y luz han sido sinónimos en nuestra historia, porque Cristo se dejó clavar en ella para darnos el supremo testimonio de su amor, para invitarnos al perdón y la reconciliación, para enseñarnos a vencer el mal con el bien. No dejéis de aprender las lecciones de ese Cristo de las encrucijadas de los caminos y de la vida, en el que nos sale al encuentro Dios como amigo, padre y guía. ¡Oh Cruz bendita, brilla siempre en tierras de Europa!
   Dejadme que proclame desde aquí la gloria del hombre, que advierta de las amenazas a su dignidad por el expolio de sus valores y riquezas originarios, por la marginación o la muerte infligidas a los más débiles y pobres. No se puede dar culto a Dios sin velar por el hombre su hijo y no se sirve al hombre sin preguntarse por quién es su Padre y responderle a la pregunta por él. La Europa de la ciencia y de las tecnologías, la Europa de la civilización y de la cultura, tiene que ser a la vez la Europa abierta a la trascendencia y a la fraternidad con otros continentes, al Dios vivo y verdadero desde el hombre vivo y verdadero. Esto es lo que la Iglesia desea aportar a Europa: velar por Dios y velar por el hombre, desde la comprensión que de ambos se nos ofrece en Jesucristo.
   Queridos amigos, levantemos una mirada esperanzadora hacia todo lo que Dios nos ha prometido y nos ofrece. Que Él nos dé su fortaleza, que aliente a esta Archidiócesis compostelana, que vivifique la fe de sus hijos y los ayude a seguir fieles a su vocación de sembrar y dar vigor al Evangelio, también en otras tierras.

   Que Santiago, el amigo del Señor, alcance abundantes bendiciones para Galicia, para los demás pueblos de España, de Europa y de tantos otros lugares allende los mares, donde el Apóstol es signo de identidad cristiana y promotor del anuncio de Cristo. Amen

sábado, 23 de julio de 2011

FIESTA DE LA FAMILIA EN CALDES



   Fue un fin de semana muy intenso, cansado, lleno de kilómetros en coche, pero fructífero y lleno de gracia. Bendito sea el Señor por habernos regalado a los CPCR de Pozuelo este fin de semana lleno de gloria.
   El sábado viajamos a Barcelona desde León.Tras más de 800 kilómetros en coche llegamos a Caldes de Montbui. Nada más llegar pudimos sentir el ambiente de oración, de silencio, de paz y, sobre todo, de Dios que nos llegó a las profundas entrañas de nuestros corazones.


     Fue llegar a la casa Mare de Déu y, desde el principio, sentirnos en casa. La hospitalidad de todas las hermanas fue insuperable. La comida era una delicia y con ella repusimos fuerzas para el domingo.


    Llegaba el día del Señor, un día que iba a ser muy intenso. Empezaron a llegar las familias porque empezaba el retiro de hombres comandado por el Padre Enrique y el de mujeres dirigido por la Hna María Lourdes.


   La misión “de los de Madrid”, es decir la de Ramón, Jesús y Nacho –un servidor-, empezaba por ir hablando con los jóvenes que pasarían el día con nosotros. Tras una charla distendida con ellos, Thais, Alex, Xavi y Albert, bajamos al pueblo para participar a la Misa. Nuestra misión empezaba por hacer un llamamiento en la parroquia para que los jóvenes  se animaran de cara a la JMJ. Esta tarea me fue encomendada personalmente, y fue Dios mismo quien habló a través de mí e incluso arrancó de mí algunas palabras en catalán. Quedaba claro que no debían pasar este tren porque pueden pasar muchos años hasta que la JMJ vuelva a nuestro país. Además en la JMJ te das cuenta del alcance de la Iglesia, de su universalidad y de su función misionera como Iglesia peregrina que somos. En fin, dejamos clara nuestra invitación a la JMJ CPCR que tendrá una semana previa a la JMJ con visitas culturales, oraciones, y muchas sorpresas, y en la cual recibiremos delegaciones de Argentina, Uruguay y Francia.

    
   Después de la Eucaristía fuimos a Casa a comer. Las hermanas habían organizado una comida muy fraterna, en la que la Iglesia se congregaba y la que podíamos considerar como una comida de familias con abuelos, padres, hijos, nietos, religiosos, es decir toda la Iglesia representada.


   Abrimos el apetito con los saludos que nos enviaba el Padre Cueto desde el Congo, y en el que “a los laicos que vinimos de Madrid” nos denominaba "los tres mosqueteros". 


   Cada uno de los comensales tenía una bonita historia de vida y de relación con Jesús.
  Al final de la cena hubo sorpresa, y es que cumplían años los queridos Joan Guinart y Agustín Villalva, junto con la voluntaria para la JMJ CPCR Thais. Cumplía nada más y nada menos que 21 años. ¡Felicidades Joan, Agustín yThais!


   Poco después empezarían las actividades de la tarde. Hay que reconocer que la gente estaba necesitada de una buena siesta.
   En fin, los “mayores” seguían con su retiro. Piero y Nuria vinieron de San Cugat para dar un hermoso testimonio sobre la educación hoy día. Nos compartieron sobre su formación en el Instituto Juan Pablo II y sus vivencias personales. Muchas gracias por esa disponibilidad que habéis manifestado y que ha llegado tanto a nuestras familias.


     Los más chiquitines se fueron con Jesús, que la verdad es que tiene mano de santo con los niños. Jesús les puso unos vídeos muy dinámicos sobre la vida de Cristo y sus enseñanzas. A los niños se les veía entusiasmados y además aprendieron mucho.


   Los adolescentes y jóvenes se vinieron con Ramón y con un servidor. Proyectamos un vídeo-documental institucional sobre los Cooperadores y su fundador el Padre Vallet. En este vídeo se tocan muchos temas que nos atañen a todos los hermanos de la Iglesia como: la unión, la parroquialidad, la misión, el discernimiento y muchos otros temas.

    Sin embargo después de ver el vídeo trataríamos, especialmente por la edad del grupo de jóvenes a nuestro cargo, el tema de la crisis existencial. Los jóvenes, en general se sentían identificados con el tema y entre todos llegamos a la conclusión que cuando nos sentimos débiles, tenemos situaciones difíciles y problemas o padecemos enfermedades, era básico no aislarnos, sino dejarnos ayudar por nuestros hermanos de la parroquia o del grupo, nuestros familiares y como no, del que todo lo puede ¡El Señor!
   Para ello es fundamental perseverar en la oración, la Eucaristía y el Sacramento de la Reconciliación como pilares fundamentales ante estas situaciones.
   Para airearnos y compartir un momento de oracion en familia rezamos juntos el Rosario por el hermoso parque recién regado por la lluvia. A cada misterio una persona diferente llevaba en alto una imagen de la Virgen. No faltaron voluntarios.


   Terminaríamos la jornada, como no podía ser de otra manera, con la Eucaristía. Carmen Guinart se ocupó, eficazmente, de animar la Misa con distintos cantos e incluso entonó el Salmo como si de un ángel se tratara. Además tuvimos como acólito a un joven  y pequeñín cristiano que lo hizo perfectamente. Se notó y se sintió una gran unión entre todos y una destacable fraternidad.

  
    Tras la Misa, nos sacamos una gran foto de familia. Estábamos los “tres mosqueteros” muy cansados ante un fin de semana de locura. 

    Sin embargo, decidimos quedarnos un poco más para explicar algo de la JMJ y dar avisos prácticos. La verdad, que se notaba a Barcelona como una delegación con muchas ganas de colaboración. Poco a poco fuimos repartiendo tareas y apuntalando la delegación de Barcelona porque quedaba ya menos de un mes.


  En fin, tras esta reunión volvimos a Madrid. Llegamos a las 4 de la madrugada muy cansados y alguno incluso con una contractura incluida y todo.
   Germans:
   Ens veiem a Madrid. Salutacions en Crist El nostre Senyor.

Ignacio Ugarte Rebollo.
 

viernes, 15 de julio de 2011

SOLO QUEDA... UN MES!!!

   
   SOLO QUEDA UN MES...!!!!!!
   Solo un mes para ese encuentro internacional de jóvenes que son las JMJ. Todos lo estamos preparando y disfrutando con mucha ilusión. 




    Juan Pablo II siempre confió en los jóvenes y les otorgó un gran protagonismo en la vida de la Iglesia y en su misión evangelizadora. Al cabo de los años ha cobrado mucha fuerza significativa y profética un gesto espontáneo en el inicio de su pontificado. Era el domingo 22 de octubre de 1978. Al terminar la solemne misa de inauguración de su ministerio de sucesor de Pedro, recitó con todos los presentes en la plaza de San Pedro la plegaria del ángelus y les dirigió unas palabras. Al final, improvisó unas palabras para los jóvenes presentes, que no cesaban de aclamarlo: “Vosotros sois el futuro del mundo, la esperanza de la Iglesia. Sois mi esperanza”.



     Los hechos irían confirmando estas palabras. En 1984 invitó a los jóvenes de todo el mundo a celebrar el Jubileo Internacional de la Juventud en Roma, el domingo de Ramos, 14 de abril. La respuesta fue espectacular y asombrosa. El año siguiente, 1985, fue declarado por la Organización de las Naciones Unidas como el Año Internacional de la Juventud, lo cual constituyó la ocasión de otro gran encuentro del Papa con los jóvenes y de la publicación de una Carta apostólica a los jóvenes y las jóvenes del mundo, un texto extraordinario que mantiene toda su vigencia. Y el 20 de diciembre de aquel mismo año, anunciaba la creación de las JMJ. Como es sabido, el Santo Padre Benedicto XVI ha dado continuidad a este legado y  lo ha integrado en su programa pastoral con un carisma y un estilo propios.



     La JMJ ha de ser considerada desde la perspectiva  de la peregrinación de la fe. Los jóvenes periódicamente son invitados a convertirse en peregrinos por los caminos del mundo y a construir puentes de fraternidad y de esperanza entre personas, pueblos y culturas. Animo a todos mis diocesanos a trabajar para que las jornadas previas en nuestra diócesis y los días centrales de la próxima JMJ puedan ser para muchos jóvenes un auténtico encuentro con Cristo y con los hermanos en la fe. Y así puedan decirse lo que se dijeron los dos  discípulos de Emaús: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24,32).

jueves, 14 de julio de 2011

LIBERTAD, IGUALDAD, FRATERNIDAD

En Valensole, con el parroco y las hermanas

    Como ya os había compartido hace unas semanas, la secre de este blog, siempre a vuestro servicio, pasa una temporada en Francia.  
    Temporada muy agradable, por cierto. Es como volver a las fuentes, a la tierra natal. No, no. Que no haya equivoco posible: no creo descender de ningún francés: soy bien castellana!. Sin embargo es verdad que aquí comencé hace ya 22 anos mi vida religiosa, y viví largos y felices años en este ambiente que ha dejado su huella en mí.


    Hoy 14 de julio en Francia se celebra la Fiesta Nacional. Hace 222 anos, que estalló la Revolución francesa que ha marcado tan profundamente también la historia de Europa y del mundo. 
    Fiesta Nacional!!! No deja de chocarme mucho esta paradoja.
    La Revolución que quiso implantar esos magníficos valores, (profundamente cristianos de hecho), de "libertad, igualdad, fraternidad" con violencia,  con masacres increíbles, y con la imposición de una ideología donde Dios estorbaba y la única divinidad posible era la Diosa Razón, se ha convertido en el punto de referencia del país...

    Significativo este hecho cuyas consecuencias padecemos aùn hoy en día, donde los valores de libertad, igualdad y fraternidad siguen queriéndose imponer pisoteando la dignidad humana con totalitarismos indignantes.

    Os voy a parecer un poco inocentona, o como dirían los franceses "naïve" pero: 
   -¿ Dios no nos creo libres?,  ¿no es el Único que respecta soberanamente nuestra libertad, arriesgándose tan a menudo a perdernos?
    -¿ no somos todos sus hijos iguales en dignidad, infinitamente amados y escogidos por El? 
    - ¿ No somos todos en Jesús hermanos, hijos de un mismo Padre que ha entregad a  su Hijo para que aprendamos el verdadero camino del Amor, de la fraternidad?
  - ¿Por qué el hombre se empeña en autodestruirse por otros caminos que los del Evangelio? 



    Quizás los cristianos no hayamos sido siempre fieles servidores de este Evangelio, y no hemos brillado ante el mundo con la luz resplandeciente de la verdadera libertad, la verdadera fraternidad, la verdadera igualdad que nos hace profundamente felices.

   Lo que si es cierto es que ante los retos del momento presente no podemos seguir jugando y hemos de dejarnos de tonterías y de mediocridades. Solo así construiremos un mundo hermoso, gozoso, respetuoso, verdaderamente libre, verdaderamente fraterno, verdaderamente luminoso, de la luz misma, de la belleza misma de Cristo.

   Y como esto no se improvisa... no dudemos en tomar en serio esas invitaciones para retirarnos a lugares y dedicar tiempo donde la luz del Cristo en su Evangelio cale verdaderamente en nuestras vidas, donde podamos experimentar la enormidad del Amor que Dios nos tiene, donde podamos ordenar nuestras vidas y recomenzar nuestro caminar con un vigor evangélico renovado.
   Esos lugares existen: las casas de Ejercicios.
   Esos tiempos también : los Ejercicios Espirituales de san Ignacio

    
Nada mejor que ofreceros para este verano. 
   No perdáis la ocasión.
   Os esperamos con mucha ilusión!!!
          

martes, 12 de julio de 2011

UN LIBRO PARA NO OLVIDAR

      
    Quisiera hablar del libro de los Salmos en su conjunto.
   El Salterio se presenta como un “formulario” de oraciones, una selección de ciento cincuenta Salmos que la tradición bíblica da al pueblo de los creyentes para que se convierta en su (nuestra) oración, nuestro modo de dirigirnos a Dios y de relacionarnos con Él. 
    En este libro, encuentra expresión toda la experiencia humana con sus múltiples caras, y toda la gama de los sentimientos que acompañan la existencia del hombre
    En los Salmos, se entrelazan y se expresan la alegría y el sufrimiento, el deseo de Dios y la percepción de la propia indignidad, felicidad y sentido de abandono, confianza en Dios y dolorosa soledad, plenitud de vida y miedo a morir. Toda la realidad del creyente confluye en estas oraciones, que el pueblo de Israel primero y la Iglesia después asumieron como meditación privilegiada de la relación con el único Dios y como respuesta adecuada en su revelación en la historia. 
    En cuanto oración, los Salmos son la manifestación del espíritu y de la fe, en los que uno puede reconocerse y en los que se comunica esta experiencia de particular cercanía a Dios a la que todos los hombres están llamados. Toda la complejidad de la existencia humana se concentra en la complejidad de las distintas formas literarias de los distintos Salmos: himnos, lamentaciones, súplicas individuales y colectivas, cantos de agradecimiento, salmos penitenciales, y otros géneros que se pueden encontrar en estas composiciones poéticas.

    No obstante esta multiplicidad expresiva, pueden identificarse dos grandes ámbitos que sintetizan la oración del Salterio: la súplica, ligada al lamento, y la alabanza, dos dimensiones relacionadas y casi inseparables. Porque la súplica está animada por la certeza de que Dios responderá, y esto abre a la alabanza y a la acción de gracias; y la alabanza y el agradecimiento surgen de la experiencia de una salvación recibida, que supone una necesidad de ayuda que la súplica expresa.

    En la súplica, el que ora se lamenta y describe su situación de angustia, de peligro, de desolación, o bien, como en los Salmos penitenciales, confiesa la culpa, el pecado, pidiendo ser perdonado.
    Le expone al Señor su necesidad con la confianza de ser escuchado, y esto implica un reconocimiento de Dios como bueno, deseoso del bien y “amante de la vida” (cfr Sabiduría 11, 26), preparado para ayudar, salvar, perdonar. Así, por ejemplo, reza el Salmista en el Salmo 31: “Yo me refugio en ti, Señor, ¡que nunca me vea defraudado! […] Sácame de la red que me han tendido, porque tú eres mi refugio” (vv. 2.5). Ya en el lamento, por tanto, puede surgir algo de la alabanza, que se preanuncia en la esperanza de la intervención divina y se hace después explícita cuando la salvación divina se convierte en realidad.
  
    De modo análogo, en los Salmos de agradecimiento y de alabanza, haciendo memoria del don recibido o contemplando la grandeza de la misericordia de Dios, se reconoce también la propia pequeñez y la necesidad de ser salvados, que es la base de la súplica. Se confiesa así a Dios, la propia condición de criatura inevitablemente marcada por la muerte, si bien portadora de un deseo radical de vida, Por esto el Salmista exclama, en el Salmo 86: “Te daré gracias, Dios mío, de todo corazón, y glorificaré tu Nombre eternamente; porque es grande el amor que me tienes, y tú me libraste del fondo del abismo” (versículos 12-13). 
    De este modo, en la oración de los Salmos, la súplica y la alabanza se entrelazan y se funden en un único canto que celebra la gracia eterna del Señor que se inclina hacia nuestra fragilidad.

    Precisamente para permitir al pueblo de los creyentes que se unan en este canto, se entregó el libro del Salterio a Israel y a la Iglesia. 
    Los Salmos, de hecho, enseñan a rezar. En ellos, la Palabra de Dios se convierte en palabra de oración -y son las palabras del Salmista inspirado- y al mismo tiempo se convierte también en la palabra del orante que reza los Salmos. Es esta la belleza y la particularidad de este libro bíblico: las oraciones contenidas en él, a diferencia de otras oraciones que encontramos en la Sagrada Escritura, no se insertan en una trama narrativa que especifica su sentido y la función. Los Salmos se ofrecen al creyente como texto de oración, que tiene como único fin convertirse en la oración de quien lo asume y con ellos se dirige a Dios.  
    Dado que son Palabra de Dios, quien reza los Salmos le habla a Dios con las mismas palabras que Dios nos ha dado, se dirige a Él con las palabras que Él mismo nos da. Así, rezando los Salmos se aprende a rezar. Son una escuela de oración.


    Algo análogo sucede cuando el niño comienza a hablar, aprende a expresar sus propias sensaciones, emociones, necesidades con palabras que no le pertenecen de modo innato, sino que aprende de sus padres y de los que viven con él. Lo que el niño quiere expresar es su propia vivencia, pero el medio expresivo es de otros; y él, poco a poco se apropia de este medio, las palabras recibidas de sus propios padres se convierten en sus palabras y a través de las palabras aprende también un modo de pensar y de sentir, accede a un mundo de conceptos, y crece en ellos, se relaciona con la realidad, con los hombres y con Dios. La lengua de sus padres finalmente se convierte en su lengua, habla con palabras recibidas de otros que en este momento se han convertido en sus palabras. 

    Esto mismo sucede con la oración de los Salmos. Se nos presentan para que nosotros aprendamos a dirigirnos a Dios, a comunicarnos con Él, a hablarle de nosotros con sus palabras, a encontrar un lenguaje para el encuentro con Dios. Y, a través de estas palabras, será posible también conocer y acoger los criterios de su actuación, acercarse al misterio de sus pensamientos y de sus caminos (cfr Isaías 55,8-9), y así crecer cada vez más en la fe y en el amor. Al igual que nuestras palabras no son sólo palabras, sino que nos enseñan un mundo real y conceptual, del mismo modo estas oraciones nos enseñan el corazón de Dios, por lo que no sólo podemos hablar con Dios, sino que podemos aprender quién es Dios y, al aprender cómo hablar con Él, aprendemos lo que significa ser hombre, ser nosotros mismos.
 
    Para este propósito, parece significativo el título que la tradición judía ha dado al Salterio. Este es tehillîm, un término judío que quiere decir “alabanza”, de esta raíz verbal viene la expresión “Halleluyah”, es decir, literalmente “alabad al Señor”. Este libro de oraciones, por tanto, aunque es multiforme y complejo, con sus diferentes géneros literarios y con sus articulaciones entre alabanza y súplica, es un libro de alabanza, que nos enseña a dar gracias, a celebrar la grandeza del don de Dios, a reconocer la belleza de sus obras y a glorificar su Nombre Santo. Es esta la respuesta más adecuada ante la manifestación del Señor y la experiencia de su bondad. Enseñándonos a rezar, los Salmos nos enseñan que incluso en la desolación, en el dolor, permanece la presencia de Dios, es fuente de maravilla y de consuelo, se puede llorar, suplicar, interceder, lamentarse, pero con la conciencia de que estamos caminando hacia la luz, donde la alabanza podrá ser definitiva. Como nos enseña el Salmo 36: “ En ti está la fuente de la vida, y por tu luz vemos la luz” (Sal 36,10).


    Pero además de este título general del libro, la tradición hebrea ha puesto en muchos Salmos, títulos específicos, atribuyéndolos, en su mayoría, al rey David. Figura de notable profundidad humana y teológica, David es un personaje complejo, que ha atravesado las más distintas experiencias fundamentales de la vida. Joven pastor del rebaño paterno, pasando por alternantes y a veces, dramáticas experiencias, se convierte en rey de Israel, pastor del pueblo de Dios. Hombre de paz, combatió muchas guerras; incansable y tenaz buscador de Dios, traicionó el amor, y esto es característico: siempre fue un buscador de Dios, aunque pecó gravemente muchas veces; humilde penitente, acogió el perdón divino, incluso el castigo divino, y aceptó un destino marcado por el dolor. David fue un rey con todas sus debilidades, “según el corazón de Dios” (cfr 1Samuel 13,14), es decir un orante apasionado, un hombre que sabía lo que quiere decir suplicar y alabar. La relación de los Salmos con este insigne rey de Israel es, por tanto, importante, porque es una figura mesiánica, Ungido por el Señor, en el que se preanuncia en cierto sentido el misterio de Cristo.

    Igualmente importantes y significativos son el modo y la frecuencia con la que las palabras de los Salmos son retomadas en el Nuevo Testamento, asumiendo y destacando el valor profético sugerido por la relación del Salterio con la figura mesiánica de David. 
    En el Señor Jesús, que en su vida terrena rezó con los Salmos, encuentran su definitivo cumplimiento y revelan su sentido más profundo y pleno. Las oraciones del Salterio, con las que se habla a Dios, nos hablan de Él, nos hablan del Hijo, imagen del Dios invisible (Colosenses 1,15), que nos revela completamente el Rostro del Padre. 
   El cristiano, por tanto, rezando los Salmos, reza al Padre en Cristo y con Cristo, asumiendo estos cantos en una perspectiva nueva, que tiene en el misterio pascual su última clave interpretativa. El horizonte del orante se abre así a realidades inesperadas, todo Salmo tiene una luz nueva en Cristo y el Salterio puede brillar en toda su infinita riqueza.
    Hermanos queridísimos, tomemos, por tanto, con la mano este libro santo, dejémonos enseñar por Dios para dirigirnos a Él, hagamos del Salterio una guía que nos ayude y nos acompañe cotidianamente en el camino de la oración. 
   Y pidamos también nosotros, como discípulos de Jesús, “Señor, enséñanos a orar” (Lucas 11,1), abriendo el corazón y acogiendo la oración del Maestro, en el que todas las oraciones llegan a su plenitud. Así, siendo hijos en el Hijo, podremos hablar a Dios, llamándolo “Padre Nuestro”.

lunes, 11 de julio de 2011

EUROPA LO NECESITA

    
    "Celebramos la fiesta de San Benito, Abad y Patrón de Europa. 
    A la luz de este Evangelio, mirémosle como maestro de la escucha de la Palabra de Dios, una escucha profunda y perseverante. 
    Debemos siempre aprender del gran Patriarca del monaquismo occidental y dar a Dios el lugar que Él espera, el primer lugar, ofreciéndoLe, con la oración de la mañana y de la tarde, las actividades cotidianas. 
    La Virgen María nos ayude a ser, según su modelo, “tierra buena” donde la semilla de la Palabra pueda dar mucho fruto."
Benedicto XVI, 10 de julio 2011

sábado, 9 de julio de 2011

UN TIEMPO PRECISO Y PRECIOSO

    
    ¿Qué tiempo hará? No nos referimos a la meteorología. Eso nos lo dan todos los días en la TV. En todos los canales. Y en la prensa. A decir verdad, la gente está muy pendiente del tiempo; diría que muy interesada por conocer el tiempo que nos espera. ¡Para qué! Pués para “matarlo” como dicen. ¡Qué pena! Aquí nos referimos a otro tiempo, a nuestro propio tiempo personal.
    Se dice y se repite machaconamente que no hay tiempo para nada, que esta vida es un agobio, que todo el mundo va corriendo, etc. 

    ¿Qué nos pasa con el tiempo? ¿Qué hemos hecho con él? ¿Se nos ha ido, se ha escapado? ¿O acaso le hemos perdido como la fe? ¡Pues parece que ni para creer tenemos tiempo! Nos hemos vuelto pobres, pobrísimos de tiempo. Si con la crisis económica se nos ha esfumado el dinero y el trabajo y la paz social, antes ya nos habíamos quedado sin tiempo. La sociedad de consumo ha consumido hasta nuestro tiempo. Tanto que ahora ya no tenemos de qué vivir ni tiempo para vivir. De este modo nos hemos convertido en veletas que giran y giran según de dónde venga el viento, sin que pueda decidir por sí misma el norte. ¡Y claro, estamos agobiados y desnortados! Por eso mismo despersonalizados y descristianizados. ¡Si, si, no nos enfademos!
     Carentes de tiempo no sabemos gozar. 
 
    Al llegar el verano, -tiempo de espacios abiertos, de luz y vitalidad, de días más largos y cálidos; tiempo de mayor holganza; tiempo para tener más tiempo-, es muy oportuno y más que nunca indispensable, para bien nuestro y de los demás, caer en la cuenta de aquellas palabras de la Escritura: “Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo. Esta sabia afirmación nos lleva a pensar que somos nosotros, cada uno de nosotros, quienes hemos de elegir qué hacer, cómo y cuándo hacerlo. Seremos sabios y cristianos, si clarificamos nuestra escala de valores: de lo más importante a lo menos, de lo principal a lo accesorio y secundario. 
 
    Desde ese momento empezamos a ser y a vivir como Dios quiere que vivamos. Cabe y es urgente preguntarse: 
             ¿qué estoy haciendo con mi tiempo? Y ponerse manos a la obra. 
            ¿Cómo estoy evangelizándome? ¡Es urgente! Tomo el Evangelio diario y lo rumio, lo oro, me lo aplico y me lo aprendo para vivirlo hoy. 
            ¿Cómo estoy asemejándome a Cristo? ¡Un tiempo muy precioso! Como Cristo tengo momentos para estar a solas con el Padre, mi Padre que tanto me ama. Le entrego mi pobreza y me vacío de mí. Acojo su amor, me lleno de él, descanso con él. Desde ahí es más fácil amar a los demás, verles con los ojos del Padre como hermanos queridos, dedicarles tiempo. Los otros, los más necesitados que yo, me necesitan: les doy mi tiempo, pues les debo amor. 
           ¿Cómo vivo la Iglesia, cómo intento ser Iglesia? ¿Me siento Iglesia? Participo en la Eucaristía, me uno a la comunidad, comulgo, adoro. Vivo el domingo como día pascual, dando alegría a los míos: familiares, amigos, enfermos. 
    ¡Me espera así un verano maravilloso! La Biblia, a renglón seguido del texto antes citado, añade: “Tiempo de nacer, tiempo de morir; tiempo de plantar, tiempo de arrancar”. O sea, es tiempo de reaprender a vivir, haciéndolo todo de una manera nueva: más serena, más auténtica porque más humana y más cristiana, como Dios nos enseña y pide. 
     De este modo, como quien juega, morimos a una vieja manera de vivir “matando el tiempo”, que es la mayor torpeza
     Verano: tiempo preciso y precioso, regalo de Dios puesto en las manos del hombre para gozar y disfrutar de otra manera más humana y cristiana. 
  
Ven a hacer Ejercicios Espirituales
 
y lo aprenderás.

miércoles, 6 de julio de 2011

EL FUEGO DEL AMOR

   
    En la historia religiosa del antiguo Israel tuvieron gran relevancia los profetas con su enseñanza y su predicación. Entre ellos surge la figura de Elías, suscitado por Dios para llevar al pueblo a la conversión. Su nombre significa «el Señor es mi Dios» y en consonancia con este nombre se desarrolla su vida, consagrada totalmente a suscitar en el pueblo el reconocimiento del Señor como único Dios. De Elías el Sirácida dice: «Entonces surgió el profeta Elías como un fuego, su palabra quemaba como antorcha» (Si 48, 1). Con esta llama Israel vuelve a encontrar su camino hacia Dios. En su ministerio Elías reza: invoca al Señor para que devuelva a la vida al hijo de una viuda que lo había hospedado (cf. 1 R 17, 17-24), grita a Dios su cansancio y su angustia mientras huye por el desierto, buscado a muerte por la reina Jezabel (cf. 1 R 19, 1-4), pero es sobre todo en el monte Carmelo donde se muestra en todo su poder de intercesor cuando, ante todo Israel, reza al Señor para que se manifieste y convierta el corazón del pueblo. Es el episodio narrado en el capítulo 18 del Primer Libro de los Reyes, en el que hoy nos detenemos.

     Nos encontramos en el reino del Norte, en el siglo IX antes de Cristo, en tiempos del rey Ajab, en un momento en que en Israel se había creado una situación de abierto sincretismo. Junto al Señor, el pueblo adoraba a Baal, el ídolo tranquilizador del que se creía que venía el don de la lluvia, y al que por ello se atribuía el poder de dar fertilidad a los campos y vida a los hombres y al ganado. Aun pretendiendo seguir al Señor, Dios invisible y misterioso, el pueblo buscaba seguridad también en un dios comprensible y previsible, del que creía poder obtener fecundidad y prosperidad a cambio de sacrificios. Israel estaba cediendo a la seducción de la idolatría, la continua tentación del creyente, creyendo poder «servir a dos señores» (cf. Mt 6, 24; Lc 16, 13), y facilitar los caminos inaccesibles de la fe en el Omnipotente poniendo su confianza también en un dios impotente hecho por los hombres.
    Precisamente para desenmascarar la necedad engañosa de esta actitud, Elías hace que se reúna el pueblo de Israel en el monte Carmelo y lo pone ante la necesidad de hacer una elección: «Si el Señor es Dios, seguidlo; si lo es Baal, seguid a Baal» (1 R 18, 21). Y el profeta, portador del amor de Dios, no deja sola a su gente ante esta elección, sino que la ayuda indicando el signo que revelará la verdad: tanto él como los profetas de Baal prepararán un sacrificio y rezarán, y el verdadero Dios se manifestará respondiendo con el fuego que consumirá la ofrenda. Comienza así la confrontación entre el profeta Elías y los seguidores de Baal, que en realidad es entre el Señor de Israel, Dios de salvación y de vida, y el ídolo mudo y sin consistencia, que no puede hacer nada, ni para bien ni para mal (cf. Jr 10, 5). Y comienza también la confrontación entre dos formas completamente distintas de dirigirse a Dios y de orar.
  
      Los profetas de Baal, de hecho, gritan, se agitan, bailan saltando, entran en un estado de exaltación llegando a hacerse incisiones en el cuerpo, «con cuchillos y lancetas hasta chorrear sangre por sus cuerpos» (1 R 18, 28). Recurren a sí mismos para interpelar a su dios, confiando en sus propias capacidades para provocar su respuesta. Se revela así la realidad engañosa del ídolo: está pensado por el hombre como algo de lo que se puede disponer, que se puede gestionar con las propias fuerzas, al que se puede acceder a partir de sí mismos y de la propia fuerza vital. La adoración del ídolo, en lugar de abrir el corazón humano a la Alteridad, a una relación liberadora que permita salir del espacio estrecho del propio egoísmo para acceder a dimensiones de amor y de don mutuo, encierra a la persona en el círculo exclusivo y desesperante de la búsqueda de sí misma. Y es tal el engaño que, adorando al ídolo, el hombre se ve obligado a acciones extremas, en el tentativo ilusorio de someterlo a su propia voluntad. Por ello los profetas de Baal llegan incluso a hacerse daño, a infligirse heridas en el cuerpo, en un gesto dramáticamente irónico: para obtener una respuesta, un signo de vida de su dios, se cubren de sangre, recubriéndose simbólicamente de muerte.

    Muy distinta es la actitud de oración de Elías. Él pide al pueblo que se acerque, implicándolo así en su acción y en su súplica. El objetivo del desafío que lanza él a los profetas de Baal era volver a llevar a Dios al pueblo que se había extraviado siguiendo a los ídolos; por eso quiere que Israel se una a él, siendo partícipe y protagonista de su oración y de cuanto está sucediendo. Después el profeta erige un altar, utilizando, como reza el texto, «doce piedras, según el número de tribus de los hijos de Jacob, al que se había dirigido esta palabra del Señor: “Tu nombre será Israel”» (v. 31). Esas piedras representan a todo Israel y son la memoria tangible de la historia de elección, de predilección y de salvación de la que el pueblo ha sido objeto. El gesto litúrgico de Elías tiene un alcance decisivo; el altar es lugar sagrado que indica la presencia del Señor, pero esas piedras que lo componen representan al pueblo, que ahora, por mediación del profeta, está puesto simbólicamente ante Dios, se convierte en «altar», lugar de ofrenda y de sacrificio.

       Pero es necesario que el símbolo se convierta en realidad, que Israel reconozca al verdadero Dios y vuelva a encontrar su identidad de pueblo del Señor. Por ello Elías pide a Dios que se manifieste, y esas doce piedras que debían recordar a Israel su verdad sirven también para recordar al Señor su fidelidad, a la que el profeta apela en la oración. Las palabras de su invocación son densas en significado y en fe: «Señor, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, que se reconozca hoy que tú eres Dios en Israel, que yo soy tu servidor y que por orden tuya he obrado todas estas cosas. Respóndeme, Señor, respóndeme, para que este pueblo sepa que tú, Señor, eres Dios y que has convertido sus corazones» (vv. 36-37; cf. Gn 32, 36-37). Elías se dirige al Señor llamándolo Dios de los padres, haciendo así memoria implícita de las promesas divinas y de la historia de elección y de alianza que unió indisolublemente al Señor con su pueblo. La implicación de Dios en la historia de los hombres es tal que su Nombre ya está inseparablemente unido al de los patriarcas, y el profeta pronuncia ese Nombre santo para que Dios recuerde y se muestre fiel, pero también para que Israel se sienta llamado por su nombre y vuelva a encontrar su fidelidad. El título divino pronunciado por Elías resulta de hecho un poco sorprendente. En lugar de usar la fórmula habitual, «Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob», utiliza un apelativo menos común: «Dios de Abraham, de Isaac y de Israel». La sustitución del nombre «Jacob» con «Israel» evoca la lucha de Jacob en el vado de Yaboc con el cambio de nombre al que el narrador hace una referencia explícita (cf. Gn 32, 29) y del que hablé en una de las catequesis pasadas. Esta sustitución adquiere un significado denso dentro de la invocación de Elías. El profeta está rezando por el pueblo del reino del Norte, que se llamaba precisamente Israel, distinto de Judá, que indicaba el reino del Sur. Y ahora este pueblo, que parece haber olvidado su propio origen y su propia relación privilegiada con el Señor, oye que lo llaman por su nombre mientras se pronuncia el Nombre de Dios, Dios del Patriarca y Dios del pueblo: «Señor, Dios (...) de Israel, que se reconozca hoy que tú eres Dios en Israel» (1 R 18, 36).

    El pueblo por el que reza Elías es puesto ante su propia verdad, y el profeta pide que también la verdad del Señor se manifieste y que él intervenga para convertir a Israel, apartándolo del engaño de la idolatría y llevándolo así a la salvación. Su petición es que el pueblo finalmente sepa, conozca en plenitud quién es verdaderamente su Dios, y haga la elección decisiva de seguirlo sólo a él, el verdadero Dios. Porque sólo así Dios es reconocido por lo que es, Absoluto y Trascendente, sin la posibilidad de ponerlo junto a otros dioses, que lo negarían como absoluto, relativizándolo. Esta es la fe que hace de Israel el pueblo de Dios; es la fe proclamada en el conocido texto del Shemá Israel: «Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6, 4-5). Al absoluto de Dios el creyente debe responder con un amor absoluto, total, que comprometa toda su vida, sus fuerzas, su corazón. Y precisamente para el corazón de su pueblo el profeta con su oración está implorando conversión: «Que este pueblo sepa que tú, Señor, eres Dios, y que has convertido sus corazones» (1 R 18, 37). Elías, con su intercesión, pide a Dios lo que Dios mismo desea hacer, manifestarse en toda su misericordia, fiel a su propia realidad de Señor de la vida que perdona, convierte, transforma.

     Y esto es lo que sucede: «Cayó el fuego del Señor, que devoró el holocausto y la leña, las piedras y la ceniza, secando el agua de las zanjas. Todo el pueblo lo vio y cayeron rostro en tierra, exclamando: “¡El Señor es Dios. El Señor es Dios!”» (vv. 38-39). El fuego, este elemento a la vez necesario y terrible, vinculado a las manifestaciones divinas de la zarza ardiente y del Sinaí, ahora sirve para mostrar el amor de Dios que responde a la oración y se revela a su pueblo. Baal, el dios mudo e impotente, no había respondido a las invocaciones de sus profetas; el Señor en cambio responde, y de forma inequívoca, no sólo quemando el holocausto, sino incluso secando toda el agua que había sido derramada en torno al altar. Israel ya no puede tener dudas; la misericordia divina ha salido al encuentro de su debilidad, de sus dudas, de su falta de fe. Ahora Baal, el ídolo vano, está vencido, y el pueblo, que parecía perdido, ha vuelto a encontrar el camino de la verdad y se ha reencontrado a sí mismo.
  
    Queridos hermanos y hermanas, ¿qué nos dice a nosotros esta historia del pasado? ¿Cuál es el presente de esta historia?
     Ante todo está en cuestión la prioridad del primer mandamiento: adorar sólo a Dios. Donde Dios desaparece, el hombre cae en la esclavitud de idolatrías, como han mostrado, en nuestro tiempo, los regímenes totalitarios, y como muestran también diversas formas de nihilismo, que hacen al hombre dependiente de ídolos, de idolatrías; lo esclavizan.
     Segundo. El objetivo primario de la oración es la conversión: el fuego de Dios que transforma nuestro corazón y nos hace capaces de ver a Dios y así de vivir según Dios y de vivir para el otro. 
     Y el tercer punto. Los Padres nos dicen que también esta historia de un profeta es profética, si —dicen— es sombra del futuro, del futuro Cristo; es un paso en el camino hacia Cristo. Y nos dicen que aquí vemos el verdadero fuego de Dios: el amor que guía al Señor hasta la cruz, hasta el don total de sí. La verdadera adoración de Dios, entonces, es darse a sí mismo a Dios y a los hombres, la verdadera adoración es el amor. Y la verdadera adoración de Dios no destruye, sino que renueva, transforma.

 
    Ciertamente, el fuego de Dios, el fuego del amor quema, transforma, purifica, pero precisamente así no destruye, sino que crea la verdad de nuestro ser, recrea nuestro corazón. Y así realmente vivos por la gracia del fuego del Espíritu Santo, del amor de Dios, somos adoradores en espíritu y en verdad. Gracias.